La Unidad Turística Chapadmalal está cada vez más cerca de volver a ser lo que fue en el momento de su máximo esplendor, hace décadas atrás cuando miles de turistas disfrutaban todo el año de sus instalaciones y las bondades de su entorno: bosques, acantilados y playas agrestes únicas, enclavadas entre las ciudades de Mar del Plata y Miramar. El complejo, destinado a Turismo Social, que llegó a ser el más grande de la región, recuperó gran parte de sus nueve hoteles y se prevé que para el año que viene todos estén en pleno funcionamiento. Más allá de este colosal objetivo, cada vez más palpable, quienes hoy visitan el lugar mantienen el mismo espíritu de antaño, cuando los viajeros de todo el país compartían sin los ruidos de la tecnología, la mesa, charlas, juegos y distintas actividades para contemplar la naturaleza, pero también el encuentro con el otro.

«Hasta fines de la década del ’90, apenas llegaban los contingentes, el encargado del hotel citaba en el hall a la gente después de la primera cena para armar la Comisión de Fiestas. Los mismos turistas acordaban el desarrollo de las actividades hasta el último día de la estadía: los bailes de recepción, de despedida, de disfraces, las competencias de tejos, de castillos de arena, de lo que sea. Todas las personas eran iguales», ilustra Antonio «Tony» Suárez, quien oficia de anfitrión del Museo Eva Perón, creado por iniciativa de Silvia Daria, una trabajadora ya retirada, quien le imprimió al lugar su «pasión partidaria rindiéndole honor a la Fundación».

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«La idea primaria del complejo surgió en el ’45 durante el gobierno del general Farrel y su ministro de Obras Públicas, el general Pistarini, quienes por decreto establecieron la construcción de una ciudad balnearia, conformada por tres hoteles, para obreros y empleados públicos», describe Tony y añade: «En el ’46, cuando Perón es electo presidente tuvo el buen tino de mantener a Pistarini y avanzó con esta obra y otra similar en Embalse, Río Tercero, Córdoba». Finalmente, en Chapadmalal se hicieron seis hoteles más y «su uso se extendió para todo el mundo, sobre todo para la gente de pocos o ningún recurso». A los dos años, la Fundación Eva Perón se hizo cargo de la logística y la provisión de todo; desde los muebles, vajillas y ropa de cama, hasta de los colectivos internos. «Se le daba al más humilde la mejor calidad”, continúa el especialista.

Foto: Eduardo Sarapura

Tony es chapadmalteco, su padre llegó al pueblo como agricultor y abastecía de papas al lugar; su madre era recepcionista en uno de los hoteles y atendía las llamadas de larga distancia. Tiene 63 años y está a punto de cumplir 40 como trabajador en el complejo. Hizo tareas de mantenimiento y desmalezado hasta que poco antes de la pandemia pasó al museo, situado en un sector del Hotel 5. En cuarentena aprovechó para terminar dos carreras en las universidades de Mar del Plata y Tres de Febrero: Turismo y Gestión Pública. «Me abrieron la cabeza. Ya amaba este lugar, pero me encauzaron los sentimientos. Entendí que un monumento natural es piedra sobre piedra muy bien puestas pero por si solas no pueden hablar. La divulgación y concientización queda en quienes amamos y conocemos esto, para trasmitir esta experiencia a quienes no hayan tenido la oportunidad de tener la bendición de disfrutar el Turismo Social», insiste.

En las afueras del Hotel 6 –recientemente inaugurado por el presidente Alberto Fernández y el ministro de Turismo Matías Lammens– y de cara al mar, se encuentra el último colectivo Mercedes Benz, modelo ’47, provisto por la Fundación Eva Perón que sobrevivió. Recorría las calles internas entre los nueve hoteles cargado de trabajadores, aunque también trasladaba turistas desde y hacia la estación del Ferrocarril en Mar del Plata, a unos 20 kilómetros. Con sus manos y en soledad, Daniel Colello, de 66 años, lo restauró hasta dejarlo tal cual operaba en la década del ’50, aunque sin motor ni palanca de cambio. La tarea fue complicada. Había permanecido arrumbado en el Hotel 3 durante 20 años. Las palomas, saqueadores y grafitteros lo habían estropeado. «Estaba todo vandalizado, los espejos y el parabrisas rotos. El techo abollado, habían estado saltando, tenía un daño importante. Estaba detonado», se lamenta Daniel, que está a cargo de Rezagos, donde va a parar todo lo que se rompe para que él lo vuelva a poner en funciones.

«Fueron 11 meses de trabajo, de mucho amor, un gran desafío. Antes que nada, me identifico como peronista. Para mí es como el corolario de mi vida», cuenta con la voz entrecortada este hombre que llegó a Chapadmalal en 2010, luego de haber cerrado su taller de chapa y pintura en Mar del Plata tras sucesivas crisis. Durante su apogeo, el pueblo tuvo 22 vehículos como este que iban y venían de una punta a la otra por la Ruta 11, hasta que dejó de haber presupuesto, repuestos y quedaron abandonados.

Foto: Eduardo Sarapura

Foto: Eduardo Sarapura

Foto: Eduardo Sarapura

Una sinfonía distinta

Yamila Oviedo, de 44, también está íntimamente vinculada con el complejo. Su madre es la responsable general de todos los hoteles, cargo que también ostentó su padre. Estudió hotelería en Mar del Plata y desde 2015 está a cargo del Hotel 2.

Ella, al igual que sus vecinos y compañeros, pueden dar fe de cómo un colectivo similar al restaurado por Daniel la llevaba todos los días al jardín de infantes durante su niñez. «Todo esto lo mamé de chica. Me gusta este trabajo porque es diferente a cualquier otro. Todos los días son distintos. La hospitalidad, recibir a los turistas, me gusta escuchar y trabajar con la gente», puntualiza.

La mujer, como el resto de los entrevistados, destaca que la gran mayoría de los 10.000 visitantes por día que solía haber en los tiempos dorados no hubieran tenido jamás contacto con el mar de no haber estado aquí. «Ha venido gente que no tenía baños en sus casas. Acá conocieron lo que era un sanitario», subraya la responsable del Hotel 2 y precisa: «Viene gente de todas las provincias y todos se van muy agradecidos. Disfrutan y la pasan bien. No tenemos tele en las habitaciones. Sólo lo básico, pero es tan cálido que el turista se va encantado».

Yamila recuerda que la última vez que vio a los nueve hoteles funcionar a full fue en los Panamericanos del ’95. Después, todo fue en picada y llegó a estar apenas a un 5% o 10% de su capacidad. «Desde que asumieron las actuales autoridades del Ministerio de Turismo notamos un gran cambio. Se empezó a restaurar y poner en valor a todos los hoteles. Se ve de nuevo el turismo», esgrime. Tanto el Hotel 1 como el 2 hacía más de 10 años que no abrían sus puertas durante todo el año como se logró en este 2022. Habían sido refaccionados y acondicionados para atravesar la pandemia, por eso fueron los primeros en contar con la renovación de la calefacción, el cableado eléctrico, la construcción de baños para discapacitados y ascensores, entre otras comodidades.

«La visita del presidente y del ministro es muy importante para nosotros. Es clave recibir ese apoyo. Lammens estuvo acá unas cinco o seis veces. Es la primera vez que un ministro viene y se pone a disposición de los trabajadores», resume Yamila que trabaja hace 17 años en el lugar.

«Yo viví el hermoso fenómeno de transculturación donde todos disfrutábamos del Turismo Social, que es muy especial y expresivo, porque la gente acá expresa lo que siente: grita, se entusiasma, se abraza con el vecino, el compañero de mesa, en esas mesas largas donde se comenta lo que pasó en la playa. Es un combo perfecto de emoción y alegría. Todo eso queda acá. Nosotros los empleados lo vivimos, a veces estoy cortando el pasto, sacando yuyos, en el silencio de agosto que no hay nadie y miro para el mar porque me parece que siento el grito de los grupos cuando entran al agua. Es una sinfonía muy distinta a la que se escucha en otros lados», se emociona Tony.  «

Foto: Eduardo Sarapura

Personas con muchos derechos vulnerados

Carolina Trifiletti y Marcelo Reynal son de La Plata y funcionarios bonaerenses. Ella es jefa del Departamento de Turismo Social y él es el coordinador del área. Están a cargo de dos grupos de mujeres jóvenes, de una Casa de Convivencia y de una Casa de Abrigo, que se hospedan en el Hotel 2. Muchas de ellas es la primera vez que realizan un viaje de ocio. A pesar de la llovizna que no da tregua, ambos están contentos con la visita: “He venido otros años y los complejos están mucho mejor. Hay entretenimientos para los chicos. Siempre hay algo para hacer. Las chicas no conocían el mar, con lluvia y todo lo conocieron. La felicidad que tienen es enorme. Tienen un pasado y un presente bastante feo”, indica Carolina.

“Las personas que solemos traer tienen muchos derechos vulnerados”, acota Marcelo, quien se emociona al recordar que conoció el complejo en el ´88 cuando fue guardavidas “durante el auge del Turismo Social, en el gobierno de Antonio Cafiero, donde había grupos aquí, pero también en Mar del Plata, Sierra de la Ventana o la Isla Martín García”.

“Haber tenido la oportunidad de ver estos hoteles llenos y volver ahora y ver cómo se están poniendo en valor me enaltece el corazón”, concluye Marcelo.

 

Foto: Eduardo Sarapura