Hay un dicho muy extendido en cualquier fuerza de seguridad que dice más o menos así: “Un policía no se puede apreciar como tal sino nunca lidió con un borracho”. Expresado de otra manera, el agente en cuestión podrá haber disparado su pistola reglamentaria en más de una ocasión, haber apresado de modo espectacular a un delincuente e incluso haber recibido un balazo en servicio, pero si jamás atravesó esa situación le faltará algo clave en su currículum. El psicólogo Daniel Russo aborda esta problemática, entre tantas otras, en su libro “Cuidar a la Fuerza”, publicado recientemente por la Editorial La Docta Ignorancia, donde comparte sus conclusiones de decenas de entrevistas a uniformados, que logró mixturar con su experiencia como titular de la cátedra sobre drogas en la escuela de Cadetes de la Policía Federal. Además, el especialista fue director nacional de Capacitación en Adicciones en SEDRONAR durante la gestión de Rafael Bielsa y trabajó en el equipo de formación en la denominada Policía Buenos Aires 2.

– ¿Cómo llegaste a la elaboración del libro?

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– Es el resultado de mi tesis doctoral en un formato de ensayo para el Doctorado de Salud Mental y Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús. Es una temática que me viene martillando la cabeza hace muchísimo tiempo. En mi profesión de base soy psicólogo y empecé a estudiar interesado fundamentalmente por el tema de drogas. Quién era titular de cátedra en la UBA, Gregorio Kaminsky, nos invitó a quienes estábamos con él a participar de la carrera de Seguridad Ciudadana en la UNLa que se había recientemente abierto. Ahí empezó mi interés por el tema de drogas y un área que me fascinó de movida que fue el de la formación policial.

– ¿Cuál fue el punto de partida?

– Había una vacancia muy importante pero no solamente en la formación y en la capacitación sino en la comprensión del vector cuidado que implica la función policial. Me parece que la escena de alguien que está intoxicado en la vía pública con la cual los policías lidian muy frecuentemente, muestra un grado muy alto de esa distancia del cuidado. Generalmente, los policías cuando ven a alguien así no saben qué hacer. Entonces lo expulsan o lo evitan; y cuando no pueden hacerlo, porque hay algún vecino o una cámara de seguridad observando, intervienen mucho más cerca de la intuición que de un conocimiento estructurado.

– ¿El intoxicado es alguien vulnerable o representa un peligro?

– Es súper vulnerable. Una persona en la vía pública con sus estados afectados químicamente está a un paso de tener un accidente, de ser víctima de un robo o de tener algún tipo de inconveniente interpersonal. No significa que todas las personas intoxicadas lo tengan, pero abre un montón de puertas. Por lo general les cabe la mirada policial, que es común a la mirada de la sociedad, de desaprobación. Por eso la importancia de los contextos y momentos en que se produce la situación.

– ¿Cómo debería actuar el policía y qué es lo que realmente ocurre?

– Por un lado, cuando hay alguien afectado en su salud mental sea por tóxicos, o no, porque el policía no tiene forma de saberlo salvo algunas expresiones muy evidentes, lo primero que tiene que hacer es pedir apoyo y la presencia del SAME; contener la escena en el renglón más bajo de conflictividad hasta que venga el SAME y acompañar a los médicos para que hagan la revisación y eventualmente decidan si esa persona tiene que ser trasladada para un cuidado en un hospital. Esa sería la escena ideal y muy pocas veces sale redonda la jugada. Todo cambia cuando hay una agresión en curso, ahí el estado mental de una persona pasa a un segundo grado. Hay un borde muy delicado en nuestro país para determinar cuándo y cómo se utiliza la fuerza pública.

– En el libro se aclara que no fuiste por la opinión formal de la institución sino por las experiencias personales… ¿con qué te encontraste?

– En primer lugar, tuve la percepción casi unánime que para los policías el intoxicado en la vía pública no les compete, sino que es un tema de salud. En eso concuerdo con mis entrevistados: alguien borracho o drogado en la calle es un problema de salud y no de seguridad, salvo que esa persona esté desarrollando una acción violenta hacia un tercero o hacia sí mismo. El tema es que no hay psicólogos, médicos y trabajadores sociales caminando por la calle asistiendo a las personas que lo necesitan. El primer mostrador ambulante del Estado es la policía. Entonces, los tipos dicen “nosotros tenemos que intervenir en algo para lo que no tenemos ni herramientas legales, ni demasiado conocimiento procedimental, ni competencias para entender bien qué es lo que está pasando en la cabeza del otro”.

– ¿Entonces?

– Lo abordan de la manera más intuitiva o forzada, siempre sobre la cuerda floja. Se pide que haya colaboración y si no la hay están en un problema porque una persona puede negarse a recibir asistencia médica. El intoxicado no comete ningún delito, a veces ni siquiera una contravención. Entonces no tienen herramientas legales para intervenir. Ahí muchas veces van forzando la escena, empujándola en algún tipo de provocación sutil, y a veces no tan sutil, para que la persona reaccioné y se pueda establecer una resistencia a la autoridad. Lo que era un tema de salud pasa a ser un tema penal y son los policías ahora los que deciden lo que la persona va a hacer independientemente si quiere ser asistido o no: va a terminar siendo revisado a la fuerza por un médico y con una causa penal abierta. Esto no le sirve a nadie, ni a la institución y mucho menos a quién necesita ser cuidado y no castigado.

El libro “Cuidar a la fuerza – Sobre la intervención policial con personas intoxicadas por uso de drogas” se puede solicitar a través de las redes sociales de la Editorial La Docta Ignorancia.

– ¿Hay otras alternativas?

– En la policía es muy importante la cuestión de la experiencia como en cualquier oficio. Hay una línea divisoria entre los viejos y los nuevos. Esa demarcación es muy significativa en la fuerza. Hablé con policías nuevos y con quienes ya están dando la vuelta y el espectro fue muy amplio. Los que tienen más experiencia se quejan de los nuevos que son muy impulsivos, que van al choque. En cambio, ellos dicen que “al borracho hay que llevarlo de pico”. Esa expresión apareció muchas veces. A través del diálogo hay que bajarle los decibeles entendiéndolo, poniendo una cuota de empatía. No poniéndose en el mismo nivel. Hay una diferenciación que siempre está presente entre el uniformado y él no uniformado.

– ¿Los policías nuevos son más violentos?

– Los más experimentados ven en las nuevas promociones mucha inseguridad y un pasaje al uso de la fuerza muy rápido. Esto es lo que se pretende evitar. Un policía lo que quiere es terminar su servicio y volver entero a casa, la idea del justiciero no existe. Distinto es cuando notan que la persona está intoxicada con drogas ilícitas como la marihuana o la cocaína. Ahí cambia la percepción, ya no hay empatía porque presumen que el otro cruzó una línea porque consumir no es delito pero la tenencia sí. Entonces desde la perspectiva de la policía el consumidor está al borde de la ilegalidad. Las nuevas promociones tienen menos prejuicios que las anteriores respecto a esto.

– ¿Cómo juegan los prejuicios entendiendo que la mayor cantidad de detenidos por drogas es por consumo personal?

– Eso lo piden desde ciertas fiscalías o jefaturas policiales para engrosar los números. Los policías saben que esto se logra rápidamente de dos maneras: parando motos flojitas de papeles y la otra es con la 23.737, la ley de drogas. Es como ir a cazar en el zoológico, pero eso va fermentando un nivel de indignación muy alto con este tema porque los policías saben que no conduce a ningún lado, que no tiene ningún efecto y que esas causas movilizan un montón de recursos públicos sin sentido más que el de escrachar penalmente a la persona que agarran con un porro. Esto evidencia que la ley de drogas vigente es inaceptable en una sociedad dinámica como la nuestra. El poder político se tiene que poner los pantalones largos.

– ¿Cuál es el rol de la justicia?

– Lamentablemente, en este tema como en tantos otros, la justicia viene quedando como el gran titiritero. Los policías en su relato lo denuncian permanentemente porque sienten que es ella quien arma y desarma los procesos; y les va generando los marcos de referencia para actuar o no actuar, dejándolos siempre en una situación de offside, en el borde de no saber cómo actuar. La justicia es como un diafragma que va regulando el volumen de la intervención policial y mágicamente siempre queda fuera del foco. Los operadores judiciales son como una especie de mano invisible de la justicia.

La Provincia recogió el guante

En 2012, Daniel Russo estuvo a cargo de nueva Dirección Nacional de Capacitación de la Sedronar. “Lo primero que hice fue una guía para estos casos. En 2013 se publicó y sirvió de base para la Resolución 506 de la entonces ministra de seguridad, Nilda Garré, que son las pautas que los agentes de las fuerzas federales deben tener en cuenta a la hora de intervenir con personas afectadas en la salud mental en general, no sólo por drogas o alcohol”, explicó el especialista quien se quejó: “Hoy duerme el sueño de los justos. Todo ese volumen de información que, por supuesto, podía ser mejorado no tuvo demasiado rebote a nivel institucional”.

Así y todo, Russo se esperanzó: “soy optimista, sé que en la provincia de Buenos Aires hay cuadros que están trabajando a nivel técnico en la formación y capacitación con esta perspectiva y la sensibilidad de entender las prácticas de cuidado como prácticas propias de la policía. Esto va a llevar un montón de tiempo y esfuerzo, pero vale la pena. En algún punto los policías hasta lo confiesan ruborizados que les gustaría tener la formación que tiene un médico o un psicólogo para atender este tipo de situaciones”.

La Policía de la Ciudad, sus recursos y su preparación

El trabajo de Daniel Russo fue elaborado en las postrimerías de la creación de la Policía de la Ciudad, cuando a inicios de la presidencia de Mauricio Macri se unificó de manera compulsiva una de parte de la Policía Federal con la Metropolitana.

– La Policía de la Ciudad fue la última fuerza en crearse en la Argentina. ¿Está preparada para afrontar estas situaciones?

– Ninguno de mis entrevistados tenía la camiseta puesta. No se identificaban con la institución. Ahora bien, la Policía de la Ciudad, como ocurre con cualquier espacio institucional, es la representación del cuadro social, responde a la naturaleza de ese espacio geográfico tan particular que es la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un enclave que tiene presupuestos incomparables con el resto de las jurisdicciones cuyo territorio es bastante pequeño como para poder gestionarlo en el metro cuadrado, mano a mano con los vecinos. Los cuadros con más experiencias, al provenir de otras fuerzas encuentran como cierta distancia cultural con los nuevos miembros y esto se ve reflejado por el exceso de figuras a la resistencia a la autoridad. Ahí te das cuenta la baja capacidad en la resolución alternativa de conflictos. Por un lado, tiene niveles de profesionalización muy altos, escalas salariales que son la envidia de cualquier otra policía nacional, pero hay una brecha de mucha distancia entre los oficiales con más antigüedad y las formas de concebir el laburo de las nuevas promociones.