El domingo 4 de diciembre, por la mañana, murió la Nona. Lo hizo en su ley: vio la misa del Papa Francisco por la RAI. Y murió. Venía de padecer enfermedades, el fallecimiento de uno de sus hijos, la pandemia casi en soledad. Nunca quiso dejar esa casa. Fue su principal sentencia, y la única premisa que le pidieron sus hijes al médico cuando en los últimos días no oxigenaba bien: que no se fuera de su casa. Era su encargo. Y se cumplió.

Siempre pensé a la Nona, a su familia y a esa casa de Punta Alta como un reflejo de la Argentina de mitad de siglo en adelante. El Nono luchó para Italia en la Segunda Guerra. Mandaron a su batallón a Sidi El Barrani, Egipto. Los ingleses los estaban esperando. Más de 20 mil prisioneros sin casi enfrentamiento. Eso fatalmente humorístico del vivir italiano. De ahí venimos.

Entonces, prisionero de los ingleses. Pasó por Palestina, la India, sobreviviendo a la malaria, a los guardias que vigilaban, mientras él y otros compañeros jugaban escondidos a las cartas, armaban una destilería clandestina de grapa y planeaban una fuga nunca concretada. El último tramo fue Australia, donde hacía tareas en una granja. Ya había terminado la guerra. Ahí lo liberaron. Decidió emigrar a una nación lejana en la que vivía una hermana, en el sudoeste bonaerense. Argentina parecía próspera, había un líder carismático, tierra de oportunidades, y su país natal estaba literalmente en ruinas.

Contrajeron matrimonio a distancia. La Nona aún allá. El Nono, ya acá, mandó un «poder» por barco para que su hermano lo represente en la boda por iglesia. Ella le escribiría luego por carta: «aunque no lo creas, ya estás casado». Y llegó su turno de cruzar el océano. Edificaron la casa en la calle Salta, que recién les asfaltaron 60 años más tarde. Ahí formaron familia. Cinco hijes que podrían haber sido siete si los mellizos sobrevivían en ese tercer embarazo. Después de eso los médicos le dijeron que no podía parir más chicos. Tuvo otros tres. Lo atribuyó a Dios y la fe. Lo que más encontraron en su casa una vez que se murió fueron rosarios y estampitas.

Durante años el Nono tuvo un criadero de pollos. Lo pensaba para cuando se jubilara. Llegaron a ser casi 500, pero en tiempos de Martínez de Hoz debió cerrarlo, cuando el ministro de Economía de la última dictadura cívico–militar impulsó la importación de huevos de Israel.

Con su primera hija

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Como casi todos en Punta Alta, el Nono entró a trabajar en la Base, de civil. De ahí guardó toda su vida una curiosa foto con otros compañeros de laburo alrededor de un “bicho de metal”, como le llamaban. Recién hace nueve años mis tíos descubrieron junto al director del Archivo Histórico de Punta Alta que ese bicho era un torpedo teleguiado a radiocontrol, de tecnología avanzada para la época. El Pulqui de la Marina en época del peronismo, cuando se pensaba un Estado activo sustituyendo importaciones. El equipo secreto que lo construyó se llamó Lofer. Parecía un nombre de espías, pero en realidad unía apellidos de sus dos creadores: Lorenzelli y Fernández.

Llegó a probarse con algo de éxito en aguas cercanas a Puerto Belgrano. La dictadura del ’55 lo desechó, lo desguazó, le compró material a Estados Unidos y nunca más se habló del tema. Esa dictadura que proscribió al peronismo. Hoy, tal como ayer.

Proyecto Lofer.

Esas analogías del pasado y el presente siempre me recuerdan a La Casa Desaparecida de Fito. La Nona tranquilamente podría haber sido de esas de «nunca me metí en política», de «leer Antena en la peluquería» o de «ese barrio tan tranquilo y tan callado». Pero le salieron dos hijos peronistas, y otra hija terminó con el cura del barrio, a la postre mi padre; cura tercermundista que junto a compañeros sacerdotes recibieron amenazas de la Triple A, persecuciones de los militares, alumnos de catequesis y amigos desaparecidos.

La parroquia a la que él llegó para hacerse cargo a fines de los ’60 dinamizaba al barrio. La armaron de la nada, todos aportando algo, ladrillo por ladrillo, los libros para la biblioteca, ciclos de cine, rifas, festivales, alfabetización. El fútbol como unificador. Hasta hoy se recuerda la campaña de 1972, cuando Defensores de Cristo Rey llegó a las instancias regionales de los Campeonatos Evita.

Llegar a lo de la Nona era también sentir el aire costumbrista. Ella bien temprano colgando sobre cañas en el patio las cintas de masa que iban a ser la pasta del almuerzo, o friendo milanesas en la cocina del cuartito de afuera. El libro para chicos con ese animal raro llamado Ornitorrinco. La Nona yéndose a misa después de preparar las tapas para los alfajores de maicena. El álbum de figuritas redondas de mis tíos que tenía a un jugador de Racing que a mis cinco años me resultaba gracioso: Guendulain. El calor sofocante del verano. La regada de flores al atardecer. La paz de la vereda. La pelota de goma. Las bicis de ruedas finitas y gigantescas. El aroma verde jazmín. Los rosarios. El tocadiscos. Sus vecinos también inmigrantes. El «gallego Serafín», que era valenciano. El almacén de la esquina. Sporting, el club del barrio, de los sectores populares, clásico de Rosario Puerto Belgrano de la Marina. Mirar con ella los partidos del Calcio del domingo a la mañana, y la Nona hinchando siempre por los del Norte.

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Los primeros días después de la muerte de su madre, mi vieja no respondía mucho los mensajes. Venía haciendo el duelo en los últimos meses pero la ponía mal no haber llegado a estar con ella en el momento final. El miércoles a la noche, mientras bañaba a Helena, recibí un mensaje suyo. Me mandaba fotos del patio de la Nona, con un mural en el fondo. Recién me enteré ahora, pero al arrancar la pandemia, después de la muerte de su hijo José, mi tío Juan le mandó a pintar el mural de las Tres Cimas de Lavaredo que ella veía desde su casa en Véneto, cuando era chica. Toda una vida podía resumirse en esa escena de la anciana de 91 años contemplando en su patio puntaaltense –con la cabeza y el corazón quedándose sin batería– la misma imagen que disfrutaba de niña a 11.969 kilómetros de distancia. Tal vez sea cierto que todo lo que hacemos de grandes es para conseguir eso que añoramos de niños y que no sabemos bien qué es.

Ya no quedan gallinas en el patio, ahora hay bisnietos, un Papa argentino, la Justicia vuelve a proscribir a la figura del peronismo. El sueño del país próspero suena tan utópico como cruzar el mar. “Los poderes organizan cuál será la repartija de los bienes de la época”, dice La Casa Desaparecida. Pero la parte que más me fascinó siempre de ese tema es cuando parece que se eleva, entonces Fito canta: “Y es posible que los hijos puedan cambiar lo que hicimos. Y la casa nunca más desaparezca”. «