En 2016, en el marco de un debilitamiento laboral generalizado de todo el gremio de prensa, y que ya se avizoraba de características extremas, como todavía sucede, un grupo que tenía todos los números en la lotería de próximos despedidos y desocupados entendió, sin ser los primeros, aunque antes que muchos, que nadie se salva solo. Ayer, 24 de abril, se cumplieron cinco años de la nueva etapa del diario Tiempo Argentino, cuando llegó a los kioscos la edición 2061. Deben estar felices, y sentirse orgullosos, porque están paladeando un logro que tiene el sabor de lo que se obtiene desde la nada misma, esa nada dolorosa, casi insultante, que fueron para casi todos los años del macrismo en el poder.

Se dieron tiempo en tiempos muy difíciles. Honraron con devoción al “Por más tiempo” con que identificaron a la cooperativa. Entre ensayo y error, entre equivocaciones y aciertos, entendieron el valor de lo colectivo en acción, trabajaron con la conciencia de saberse y reconocerse, primero, trabajadores y recién entonces trabajadores de prensa. Hoy, transcurridos apenas cinco años, cualquiera de los integrantes del grupo está en condiciones de firmar un capítulo del libro de la autogestión periodística y sobre el significado profundo y conmovedor de haberse convertido en “dueño de sus propias palabras”.

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La distancia que media entre la antigua redacción de Amenábar 23, en Colegiales, a la nueva y actual sede en México 437, en San Telmo, semeja un camino continuo repleto de esfuerzos, aprendizajes, renunciamientos solidarios, experiencias nuevas, sorpresas agradables y no tanto y encuentros con desencuentros en las diferencias. En días como estos, cuando el efecto de la reconversión aventaja por algunos puntos al inevitable desgaste de cualquier acción, merecen brindar porque superaron lo peor. Pienso en los agravios de quienes –que no fueron pocos– los imaginaron de rodillas después de meses de incertidumbre, falsas promesas de pago y cheques rebotados. Nada pudo con ustedes: ni el lockout patronal, ni la agresión de la patota que llegó a romper todo, ni tampoco el ninguneo de sectores del poder político, de ciertos medios y de la Justicia, especialistas todos en mirar para otro lado.

De a poco se volvieron irrompibles y así recuperaron lo que les pertenecía. En el mientras tanto, con ayudas y prestaciones de muchos que antes habían transitado senderos similares (la gente del Bauen, la Gráfica Patricios, la revista MU, otras empresas recuperadas) se volvieron hábiles en una clase de tópicos que ninguna escuela de periodismo incluye en su plan de estudios o que solo de refilón es materia de sueños en las redacciones. Algo central fue la decisión de ir para adelante a pesar de no contar con el respaldo de los estatutos más conocidos o arraigados de nuestra actividad. Como si fuera poco, además de subsistir sin depender, también superaron otros desafíos. El principal: fueron conociendo los modos de hacerle frente al acoso de los superpoderosos, esos que aborrecen las actitudes independientes, aquellos que de un día para el otro tumbaron una buena y necesaria ley de medios y que, oh casualidad, son los mismos que cada tanto deciden el aumento del precio del papel prensa, recurso indispensable del que también un mal día se apropiaron.

Tiempo Argentino (sencillamente, Tiempo para favorecedores, canillitas y lectores) cumple 60 meses de actividad en modo cooperativo. Son desdichada memoria las palabras descalificadoras de quien los llamó “usurpadores” y las maniobras de los piratas de la pauta oficial que quisieron, pero no pudieron, dejarlos tirados en Pampa y la vía. El único cierre que vale es el que ustedes deciden varias veces al día en la web y cada sábado a la noche para la edición impresa. Permanecen, en cambio, como luminoso presente acciones memorables como la del 24 de Marzo de 2016, cuando ganaron (nunca más justamente utilizado este término) la calle con una edición especial de 35 mil ejemplares que en esa jornada tan especial volaron de las manos de vendedores de lujo como las Madres y las Abuelas de la Plaza o Víctor Hugo Morales. Parte de lo recaudado fueron los primeros pesos que muchos recibían después de meses de sequía.

Después vendría la afirmación de una línea editorial consecuente y reconocible, y el cuidado de lo mucho obtenido, hasta la edición impresa de hoy, que es la número 2323; la página web que, al ritmo de la época, crece en cantidad de visitas, además de tener millares de seguidores en las redes sociales más frecuentadas y los suscriptores, una fabulosa red de contención que tiene tanta importancia como la fuente informativa más indispensable y que con sus apoyos económicos hacen realidad lo que tantos anunciantes privados evitan. La impecable gesta (con gestión) de los iniciales ciento y pico de integrantes de la cooperativa, hasta los integrantes actuales, resultó inspiradora para muchos nuevos medios digitales, impresos, radios y audiovisuales que surgieron en estos años y que también cuentan con el apoyo de sus seguidores. Ahora el proyecto está en marcha y se renueva edición tras edición. Desde el temor a lo mucho desconocido y a lo que falta completar, los que hacen Tiempo Argentino entendieron que todo dependía de ellos mismos. Desde las limitaciones eligieron, con intransferible confianza y con autoestima XXL, ser otros. Eso sí: sin olvidar, sin perdonar, sin lujos, sin confundirse y, fundamentalmente, sin patrones.

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Soy lector de Tiempo Argentino. Cada domingo lo compro en el kiosco donde además, retiro Página/12 y Olé, siempre y cuando el día anterior haya jugado Racing. Desde el domingo 9 de julio de 2017 (en esa ocasión, con fotos del recordado Diego Paruelo), una vez al mes escribo una columna en la contratapa, como esta. Esa pertenencia es un honor para mí.

Feliz cumpleaños, amigos.