Luego de unas tres horas de debates, la Unión Europea (UE) desconoció la elección presidencial desarrollada en Bielorrusia y amenazó con sanciones contra los dirigentes del gobierno de Alexandre Lukashenko. La situación en ese país se tensa cada vez más luego de los comicios realizados el 9 de agosto, en los que según las cifras oficialesm el presidente, que lleva 26 años en el poder, ganó por 80%. Varias manifestaciones opositoras fueron reprimidas por fuerzas policiales en un contexto delicado para la estabilidad regional: si bien Lukashenko suele mostrar relaciones ambivalentes con Moscú, para Vladimir Putin la caída de ese gobierno puede dejar al país en manos de grupos más cercanos a Occidente en una nación de lazos indisolubles con Rusia. Con el agregado de que sería un nuevo avance sobre territorios de la antigua Unión Soviética que amenazan la seguridad de la Federación Rusa.

Para gran marte de los analistas de la región, el Kremlin teme un nuevo Maidán, por el movimiento que en 2014 terminó por voltear al presidente Viktor Yanukovich en Ucrania en 2014. Pero marcan también alguna diferencia notable: Bielorrusia es un país hermanado con los rusos donde no hay un sentimiento rusófobo.

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En Ucrania, hay un sector de la población que rechazó a la URSS desde sus inicios a tal punto que apoyaron sin dudar la invasión nazi. Herederos de esos sectores dieron el golpe que llevó al poder a fuerzas neofascistas que contaron con apoyo de la UE, la OTAN y EEUU. Así se puede entender la recuperación de Crimea por parte de Moscú y el levantamiento del oriente ucraniano prorruso -Donbass y Lugansk- contra el gobierno de Kiev.

Es evidente el interés de esos mismos actores que intervinieron en Ucrania para tomar posiciones en Bielorrusia. Y también la preocupación de Putin, que no quiere un dolor de cabeza en sus fronteras.

Las relaciones entre Moscú y Minsk, con sus vaivenes, son sólidas, aunque Lukashenko se ganó algún que otro tiró de orejas por mantener cierta ambigüedad en su intento por abrirse a Occidente.

Desde su primer gobierno, en 1994, el mandatario ganó por casi unanimidad. Bielorrusia mantiene instituciones y hasta ritos de la ex URSS. Incluso las empresas públicas en manos del estado. Con Rusia integra una unidad que no llega a la anexión pero a nadie escapa que tiene pocas posibilidades de existencia a no ser por el intercambio con la potencia que comanda Putin.

En las elecciones del 9 de agosto, Lukashenko ganó por 80% de los votos y quedó en segundo lugar Svletlana Tihanóvskaia, actualmente refugiada en Lituania, según sus partidarios, obligada por las amenazas de la KGB bielorrusa. Aunque parezca insólito, con este resultado no son pocos los que ven una merma en el apoyo a Lukashenko que facilita el cuestionamiento a su legitimidad.

Al darse a conocer el resultado, la oposición logró imponer el discurso de que hubo un fraude fenomenal, al que se prendieron los medios internacionales y especialmente en Europa, que mira con cierta apetencia la posibilidad de ensanchar sus propias fronteras.

Hubo marchas que fueron reprimidas con dureza por las autoridades, lo que aumentó el descrédito del gobierno. Allí es donde se cuela la imagen de lo que ocurrió en Kiev, donde Yanukovich vio licuarse su poder a medida que aumentaban las manifestaciones y las fuerzas policiales comenzaban a actuar.  

Lukashenko, en tanto, mantuvo conversaciones con Putin para asegurarse de ese delicado flanco de apoyo. “Acordamos que, de solicitarlo, brindará ayuda para garantizar la seguridad de la República de Bielorrusia”, dijo Lukashenko a la agencia oficial de noticias bielorrusa BelTA.  Desde la capital rusa, se informó que confían en una pronta solución a la crisis política.

Desde España, a su vez, el Partido Comunista local advirtió que la situación en Bielorrusia obedece a “un viejo plan de Washington y Bruselas para desestabilizar el país” con el apoyo de Polonia, Lituania y Chequia, “enarbolando la supuesta defensa de la libertad y la democracia que han utilizado, a conveniencia, en otras ocasiones”.

Desde 1991 varias naciones dejaron de formar parte de la Federación Rusa, condinuadora de la URSS. Entre ellas destacan Georgia, Ucrania, Kirguistán, Moldavia y Kazajistán.  Estratégicamente para la OTAN sería una buena noticia poner una pica en Bielorrusia, ese pequeño territorio de poco más de 200.000 kilómetros cuadrados entre Ucrania, Polonia, Lituania y recostada sobre el margen occidental de Rusia.

Lukashenko cambió su gabinete, se reunió con autoridades rusas para analizar los pasos a seguir y afirma que no renunciará ni llamará a nuevos comicios. “No puede haber 80% de falsificaciones”, argumentó, para agregar que “incluso cuando esté muerto, no permitiré entregarles el país” a los grupos que, según él, siguen directivas de occidente.

Un comunicado conjunto señala que los primeros ministros ruso y bielorruso “Mijaíl Mishustin y Román Golóvchenko discutieron tareas específicas relacionadas con el aumento de la cooperación comercial y económica ruso-bielorrusa y la profundización de la cooperación en la energía, la industria y otras esferas”.

Una cumbre extraordinaria de la UE en Bruselas rechazó este miércoles el resultado de las elecciones y prometió sanciones a los dirigentes de Minsk, a los que acusa de “violencia, represión y fraude electoral”.

Poco antes del encuentro en Bruselas, Svetlana Tijanovskaia, joven lideresa opositora de 37 años, había llamado a los europeos a rechazar el resultado “falsificado” de las elecciones presidenciales.  “La gente que salió a defender su voto en las calles de sus ciudades en toda Bielorrusia fue brutalmente golpeada, arrestada y torturada por el régimen, que se aferra desesperadamente al poder”, destacó.

Un día antes, la UE había reclamado a Putin que presionara a Lukashenko para abrir canales de diálogo con la oposición. La canciller alemana, Angela Merkel se quejó de que el líder bielorruso no le había querido atender el teléfono.

El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Seguei Lavrov, fue el que catalogó la situación de un modo más abarcativo. “Los europeos quieren inmiscuirse para promover sus intereses geopolíticos en la disputa por el espacio post- soviético”.