Por estos días las calles angostas de Bogotá suelen estar húmedas. Es temporada de lluvias y en cualquier momento irrumpe un tenue aguacero que ahuyenta al sol abruptamente. En las calles de Bogotá se entremezclan múltiples olores de las comidas al paso: arepas, mazorca asada, pan de yuca, mangos, café y más café… Pero hoy lo que más se huele es a esperanza. Este domingo no hay una elección más: la sensación térmica política pronostica la ilusión de un cambio de época.

Me lo hace saber doña Ruby, una morena que vino desplazada del Cauca por la guerra y vende arepas en la esquina, que decidió ir a votar por primera vez porque “ahorita tenemos a Francia, que es una de nosotras”. Francia Márquez es la candidata a vice de Gustavo Petro, una reconocida lideresa afro, feminista y ambientalista. El sueño colectivo se trasluce también en la sonrisa ancha de Johan, un pibe de 21 que me señala el ojo que perdió en la represión de la revuelta del año pasado -que dejó unos 70 manifestantes asesinados- y me asegura que “los pelaos (jóvenes) que estamos asqueados de la política corrupta y la policía criminal vamos a votar por Petro”. Lo ratifica Jairo, un mototaxista morrudo del que me agarro fuerte y le pregunto que por qué tan rápido: “Parcero, hay que gozar la vida, aquí la vaina está jodida, si no te matan de bala te matan de hambre. Ojalá venga un gobierno distinto y se acabe tanta violencia”. También hay voces del otro lado de la grieta colombiana. Como la de Eustasio, un viejito que atiende un local deportivo y que votará “a cualquiera menos a Petro, porque estamos mal pero no queremos ser como Venezuela”.

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Las elecciones de este domingo podrían parir un nuevo ciclo histórico: nunca hubo acá un gobierno que no sea de derecha. Petro y Francia, la fórmula del Pacto Histórico (una amplia coalición del progresismo, la izquierda y los movimientos sociales) encabeza todas las encuestas, aunque para evitar el balotaje debe superar el 50% de los votos. Parece difícil pero no improbable.

El segundo lugar lo pelean dos candidatos de derecha: Federico Gutiérrez, del uribismo gobernante, y Rodolfo Hernández, un empresario de 76 años que se vende como outsider con un discurso anti-corrupción y en sus redes se presenta como “viejito pero sabroso”; muchos lo comparan con Trump por su fortuna y su retórica incendiaria.

Si Petro no gana en primera, será clave quién sea su rival. Contra “Fico” Gutiérrez llegaría mejor parado, pero Hernández tendría un techo más alto, por eso se analiza que los sectores de poder lo están levantando para reconfigurarse con un liderazgo sin rostro uribista.

Otros factores en juego en la contienda electoral -y el día después- tienen que ver con los niveles de fraude que se presenten, la posibilidad de una mayor participación (nunca suele votar más del 50%) y la actitud que tomen las Fuerzas Armadas y los grupos narco-paramilitares ante un eventual triunfo de Petro.

Necropolítica de Estado

La violación sistemática de los DDHH se volvió política de Estado desde el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948; el Bogotazo abrió el período conocido como “La Violencia”, que en una década dejó unas 300 mil muertes y fue el prólogo de la conformación de las guerrillas y el conflicto armado más extenso de Latinoamérica. El bloque de poder se alimentó de la guerra para edificar una democracia restringida, simulada, en la que cualquier pensamiento crítico corría (y corre) peligro de muerte.

Con el miedo como instrumento disciplinador, la oligarquía colombiana siempre se las arregló para bloquear cualquier proyecto alternativo. La irrupción del negocio del narcotráfico y el paramilitarismo consolidó este entramado de violencia estatal y paraestatal sobre el cual se asentó el “neoliberalismo de guerra”. Además de Gaitán, otros cuatro candidatos presidenciales fueron asesinados en las últimas décadas.

El pico de violencia actual tiene su matriz en el incumplimiento de los Acuerdos de Paz firmados en 2016, la disputa por las zonas que dejó las FARC tras la desmovilización, la diversificación de los grupos criminales y la impronta bélica del gobierno uribista, expresión política que cristaliza la alianza entre la élite terrateniente, el empresariado y el poder narco-paramilitar. Un esquema directamente asociado al rol geopolítico de Colombia (mayor productor de cocaína del mundo) como principal aliado de Estados Unidos en la región (el mayor consumidor).

Ese es el otro elemento central de la particular historia colombiana: la ininterrumpida subordinación de su política exterior a Washington. Desde la secesión de Panamá en 1903, pasando por su rol en la creación de la OEA, el Plan Colombia, su protagonismo en el asedio contra Venezuela hasta su reciente inclusión en la OTAN. Con siete bases militares en su territorio, Colombia es el centro de operaciones del Comando Sur, lo que también le garantizó el silencio de la “comunidad internacional” ante la violencia política sistemática.

Al otro lado del miedo

Tras el triunfo del Pacto Histórico en las legislativas de marzo, que torció por primera vez la correlación de fuerzas, se incrementaron los ataques y amenazas. En los actos, Petro y Francia debieron dar sus discursos dentro de un barril blindado y cubiertos por escudos antibalas. La fuerza criminal es escalofriante: sólo este año se registraron 44 masacres y fueron asesinados 79 líderes y lideresas sociales y 21 exguerrilleros que habían firmado la paz.

Un informe de la Misión de Observación Electoral advirtió que esta fue la campaña más violenta en 12 años, con 747 acciones armadas, y que un tercio de los municipios está en riesgo por factores de violencia. Hasta hubo un “paro armado” del grupo criminal Clan del Golfo en 11 de los 23 departamentos del país que impidió la circulación y provocó la muerte de 26 personas, en una triste demostración de su extenso control territorial.

Pero ese régimen atraviesa hoy una fuerte crisis de hegemonía. Un malestar social que se escuchó con fuerza en las calles el año pasado y que tiene su eco en el probable triunfo de Petro y Francia.

Se sabe que las clases dominantes tienen una gran capacidad para reciclarse y recomponerse. Se teme que la derecha no acepte la derrota y apueste a embarrar la cancha. Pero nunca como ahora estuvo tan cerca la posibilidad de torcer la historia, porque, como rezaba una pancarta en las calles de Bogotá, “al otro lado del miedo está el país que soñamos”.