Desde la crisis de Siria de 2015, la Unión Europea ha fijado una política migratoria que con el tiempo se demostró como meramente declamativa. Tan solo la Alemania de Angela Merkel cumplió con menos del 50% del cupo de refugiados a los que se había comprometido. El común denominador de resto fue el incumplimiento.


El territorio de Libia es el ejemplo más dramático de la situación de miles de desesperados que huyen de conflictos bélicos, hambrunas o persecuciones. Según Philip Luther, director del programa Regional para Oriente Medio y el Norte de África de Amnistía Internacional, “las terroríficas condiciones en las que viven las personas migrantes, unidas a la cada vez mayor anarquía reinante y a los conflictos armados que asolan al país, ponen claramente de manifiesto hasta qué punto es peligroso vivir hoy día en Libia. Al no tener a su alcance vías legales que les permitan escapar y buscar seguridad, estas personas no tienen más remedio que ponerse en manos de traficantes, que las extorsionan, las someten a abusos y las agreden sin piedad”.
En simultáneo, la fuerza conjunta de Frontex vigila las aguas del Mediterráneo con la colaboración de los Guardacostas Libios, que se encargan de detener la embarcaciones, o apresar a los náufragos y confinarlos en los eufemísticamente llamados “campos de recepción” en territorio Libio.

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En este devenir xenófobo y europeísta, se implementaron otras dos iniciativas estratégicas. La primera consiste en reforzar la “Europa Fortaleza” por medio de controles en las fronteras exteriores de la UE, el cambio de la repatriación voluntaria a la repatriación forzosa y nuevas leyes para castigar a quienes den abrigo o trabajo a inmigrantes sin regularizar . La segunda es la creación de “refugios seguros” (campamentos que no necesitan cumplir con los estándares de la UE) en Estados “vecinos” como Ucrania y “regiones de origen” como África occidental, para permitir el retorno de migrantes forzados, que sufren pobreza y persecución, a campamentos en los países o regiones de las que están huyendo.
Al llegar a cualquier territorio de la UE se produce “la devolución en caliente” de los solicitantes de asilo a “centros de recepción cerrados” situados en uno o en dos Estados miembro donde se tramitarían sus demandas en base a un procedimiento que no debería tardar más de un mes.


Los solicitantes considerados necesitados de protección serían distribuidos “equitativamente” entre los países de la UE sin posibilidad de elección por parte del refugiado. Los llamados “migrantes económicos” son devueltos inmediatamente bajo los acuerdos de readmisión impuestos por la UE, o enviados a centros de detención en su región de origen. Mientras tanto, las fuerzas marítimas de Frontex, en colaboración con la Armada Libia, hacen lo imposible para que no lleguen a las costas Europeas.


Este accionar se complementa con la cacería de migrantes subsaharianos en tierras libias o en las embarcaciones que requisan cerca de las costas. Y se incrementa año a año tras los Acuerdos entre Libia y la Unión Europea de 2017, dirigidos a brindar apoyo logístico y formación a la guardia fronteriza norafricana, duramente criticada por organizaciones de Derechos Humanos que bregan por un trato humanitario a lo largo del Mediterráneo, convertido en una fosa común a cielo abierto. «