Alemania está en plena transición. Olaf Scholz se convertirá esta semana en canciller y sucederá a Angela Merkel, la mujer al frente del gobierno durante 16 años. Sin embargo, el recrudecimiento de la pandemia y la posibilidad de una crisis sanitaria apuraron los tiempos del recambio. Las autoridades salientes y las entrantes se pasaron los últimos días discutiendo qué medidas adoptar para contener los contagios, y Scholz, que hace apenas dos semanas anunciaba su flamante coalición, entró prácticamente en funciones antes de asumir el cargo.

El virus pondrá a prueba el liderazgo del futuro canciller, que ya se pronunció a favor de la vacunación obligatoria, una respuesta que Merkel esquivó hasta último momento para preservar su legado. “Las cifras son alarmantes y el ministro de Salud saliente habla de una tragedia nacional. Nadie quiere cargar con el anuncio de un nuevo confinamiento. Y el 30% de la población no está vacunada porque la vacunación, para todos los casos, es libre y voluntaria”, explica Ezequiel Bistoletti, profesor de la Universidad Alice Salomon de Berlín.

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Cualquier decisión impopular relacionada con la pandemia podría arruinar la luna de miel de Scholz con los alemanes, algo que el líder socialdemócrata no está dispuesto a sacrificar. Tanto el nuevo canciller como sus socios de gobierno, Los Verdes y Partido Democrático Libre, acordaron un programa de reformas que necesitará de compromiso y audacia. Las propuestas, que van desde la reconversión energética hasta la legalización de la marihuana, implican un intento por superar el modelo de Merkel.

“Los cambios más positivos son el aumento del salario mínimo y el compromiso de que el 80% de la generación eléctrica provenga de fuentes renovables para 2030. El Ministerio de Economía quedará en manos de los liberales, por lo que habrá una continuidad con la política económica de Merkel. La política medioambiental es el principal conflicto ahora, porque los liberales quieren un plazo más largo para la transición energética y la descarbonización, a diferencia de los verdes”, apunta el doctor en Ciencia Política.

Scholz reservó para su partido los ministerios de Interior, Defensa, Vivienda, Trabajo, Salud y Cooperación Económica; los liberales, además de Finanzas, quedaron al mando de Justicia, Transporte y Educación; y los verdes, los segundos socios de la coalición, estrenarán un ministerio que combina Economía, Energía y Clima, y estarán a cargo de Familia, Medioambiente y Agricultura y Exteriores. Con este reparto, intentará mantener conformes a sus aliados. Es el primer paso para asegurarse una gobernabilidad sin turbulencias.

Scholz necesita afirmar su poder interno para proyectarlo al resto de Europa. Alemania seguirá ejerciendo una influencia considerable dentro de la Unión Europea y fuera de ella, en gran parte por su propio peso, aunque la diplomacia del nuevo gobierno trae novedades. Annalena Baerbock, líder de Los Verdes, será la cara de la política exterior alemana en los próximos años. Se trata de una figura menos proclive a tolerar los desplantes de los países del Este y con una visión menos pragmática que la de Merkel en relación con China y Rusia.

Daniel Gil Iglesias, politólogo por la Universidad Complutense de Madrid, señala que “este nuevo gobierno tiene cambios importantes con respecto a la defensa del estado de derecho”. “En el acuerdo de gobierno hay una postura mucho más dura hacia Polonia y Hungría y recoge la predisposición de Alemania para aplicar el mecanismo de discrecionalidad, es decir que, si no se cumple la normativa europea, la UE puede congelar los fondos que da a un país”, dice.

Además, considera a Baerbock “de las más atlantistas dentro de su propio partido”, al igual que los liberales, con “una postura más dura contra el gasoducto Nord Stream 2”. “Plasmaron su idea de exigir a Rusia que deje de intervenir en Ucrania, algo que Merkel no había hecho en términos tan duros”. Lo mismo sucede con China. “Es la primera vez que un acuerdo de gobierno alemán menciona a Taiwán, un giro importante si se tiene en cuenta que hasta ahora Alemania priorizaba las relaciones comerciales. El último gran impulso de Merkel en Europa fue el acuerdo de inversiones con China, que el resto de países rechazó. Tres meses después hay un gobierno que basa sus políticas en la defensa de los Derechos Humanos y en que China respete a Hong Kong y Taiwán”, subraya el analista.

A medida que la rivalidad entre China y EE UU aumentaba, Merkel proponía mantener a la UE al margen, y lo cierto es que Donald Trump ayudó bastante a deteriorar el vínculo estratégico con sus socios europeos. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca supone una reparación de las relaciones atlánticas, pero en el continente resienten la retirada de Afganistán sin consultar a sus aliados de la Otan, y el acuerdo defensivo de AUKUS con Reino Unido y Australia en el Pacífico.

Europa comienza despertarse, a centrarse en una agenda propia y a forjar una estrategia común, en sintonía con los planes de Scholz. “El consenso es que, con la marcha de Merkel, el liderazgo de Europa estará en las manos de Macron. Pero también veremos a Alemania como un motor de la integración europea, cuando bajo la administración Merkel era un freno. Scholz tendrá un liderazgo más en las sombras, subalterno a Macron, pero empujará para que la UE busque su propio papel en política exterior”, asegura Gil Iglesias. Este miércoles, cuando sea investido por los diputados del Bundestag, Scholz y su gobierno comenzarán a medirse con las expectativas que despierta esta nueva etapa política en Alemania.