El viejo héroe de las guerras de la independencia, aquel anciano de rostro firme que pudo ser para Zimbabue lo que Nelson Mandela fue para Sudáfrica, o tal vez ese dictador ciego de poder, represor y corrupto que sumió a su país en una de las peores crisis hiperinflacionarias de la historia.

Todo esto era Robert Mugabe, una de las figuras predominantes del siglo XX en la África Subsahariana, muerto este viernes en Singapur a los 95 años. Durante casi cuatro décadas gobernó esta república al sur del continente, desde la pujanza y el apoyo internacional hasta los cuestionamientos y críticas en buena parte del mundo.

La historia de Mugabe se emparenta con la de muchos otros líderes africanos en plena Guerra Fría y a lo largo del extenso proceso de descolonización. Al igual que en la vecina Sudáfrica, en la colonia británica de Rodesia existían políticas de segregación impuestas por la poderosa minoría blanca, pero, a diferencia de aquella, la discriminación estalló en guerra. Fue en 1965.

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A mediados de los 70, el joven Mugabe alcanzó el liderazgo de la Unión Nacional Africana de Zimbabwe (ZANU), agrupación autoproclamada marxista que encabezó los enfrentamientos. Tras quince años, la guerra terminó y nació la República de Zimbabue, con el flamante héroe nacional ocupando el cargo de Primer Ministro, con un discurso de reconciliación entre negros y blancos, de un futuro de unidad.

Su primera década en el poder fue sumamente positiva: la economía creció, se redujo notablemente el analfabetismo, aumentaron las exportaciones agrícolas, y Mugabe alcanzó tal nivel de apoyo que en 1987 modificó la Constitución para reemplazar el sistema parlamentario por uno presidencialista. A partir de entonces se convirtió en líder incuestionable y las denuncias por atropellos a los derechos humanos, represión a opositores políticos y constantes fraudes electorales llevaron a que muchas potencias le dieran la espalda.

Lentamente la economía zimbabuense decayó hasta que en 2008 la inflación alcanzó casi ochenta mil millones por ciento mensual. Al mismo tiempo, 95% de la población estaba desempleada y 80%, era pobre, mientras que el Índice de Desarrollo Humano llegó a ser el más bajo del planeta. El todopoderoso mandatario aprovechó la oportunidad para cargar las culpas sobre occidente y sobre los blancos, incluso llegó a decir: “Debemos seguir generando miedo en el corazón del hombre blanco, ese es nuestro verdadero enemigo”. En este contexto, Mugabe solía ser noticia cada 21 de febrero porque celebraba sus cumpleaños gastando un poco más que el año anterior y llegando a superar el millón de dólares.

A su retórica sencilla de responsabilizar al colonialismo europeo por cualquier mal se le sumaron discursos profundamente homofóbicos, la reivindicación de la misoginia y hasta la orgullosa autoproclamación como “el Hitler de nuestros tiempos”. Finalmente, a fines de 2017, con 93 años y tras 37 en el poder, sufrió un golpe de estado. Fue arrestado por pocos días y liberado tras un acuerdo: Mugabe renunciaría a cambio de diez millones de dólares y salario presidencial vitalicio. Las elecciones siguientes llevaron al poder a Emmerson Mnangagwa, hasta entonces vicepresidente, también miembro de ZANU y a quien el ya ex mandatario se negó a apoyar oficialmente, tal vez por rencor, por saber que su liderazgo le había sido arrebatado.

Cabe preguntarse qué lugar le guardará la historia a quien supo ser héroe y villano, quien creyó que una lucha tan digna como es la soberanía de su pueblo alcanzaría para justificar y justificarse de por vida. Mugabe podría haber sido un Mandela para Zimbabue y ser recordado como el líder que llevó a la unidad y a la reconciliación después de décadas de rencores. Pero no. Decidió enquistarse en el poder y suprimir cualquier disidencia.

Su muerte sirve para recordar que las glorias pasadas no bastan sin un correlato presente. Y es que Mugabe no fue el único prócer independentista devenido dictador en el continente africano. Quizás se deba a que nunca gastaron un millón de dólares en celebraciones de cumpleaños extravagantes, o que no alcanzaron cifras ridículas de hiperinflación, incluso puede que el problema sea que no usaran trajes tan pintorescos y coloridos como Mugabe, pero, mientras las cámaras hoy miran a Zimbabue, la Eritrea del ¿ex? héroe nacional Isaías Afwerki, el Camerún de Paul Biya o la Guinea Ecuatorial de Teodoro Obiang Nguema Mbasogo acumulan represión y atropellos a los derechos humanos. Mugabe presidió Zimbabue durante 37 años, al tiempo que Biya gobierna su país desde hace más de 44 y Mbasogo, más de 40. Si bien es cierto que estos viejos líderes rondan los 80 años, no debe bastar con esperar pacientemente a la publicación de obituarios en la prensa internacional para difundir sus historias, ni para conocer los pesares a los que son sometidos pueblos con bajísima esperanza de vida en nombre de glorias pasadas.

Menos aún, cuando se reivindica la discriminación más explícita, haciendo polvo una original causa justa y convirtiendo a aquel héroe de leyendas en el enemigo que decía combatir.