El tesoro escondido en el corazón de La Plata

Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes, es el guionista de La obra secreta, película en la que documental y ficción se cruzan para recorrer la Casa Curutchet, única obra en América latina del arquitecto suizo Le Corbusier.
27 de Enero de 2018

El estreno de La obra secreta desnuda lo poco que la Argentina conoce sobre sus tesoros culturales. Ambientada en la Casa Curutchet, única obra del arquitecto suizo Le Corbusier en América Latina, el film dirigido por Graciela Taquini, precursora el videoarte en el país, y guión de Andrés Duprat, se encarga de divulgar la existencia de este tesoro escondido en el corazón de La Plata, al que su creador definió como "una pequeña obra maestra de funcionalidad y diseño". 

La película se mueve en tres planos. En el primero un joven arquitecto auto-retirado y fanático, intrepretado por Daniel Hendler, lleva adelante visitas guiadas por la casa, revelando sus maravillas ocultas. En el segundo el propio Le Corbusier recorre La Plata en la actualidad y sus conceptos contrastan con el perfil de la ciudad moderna. En el tercero la protagonista es la casa.

"Mi vínculo con Le Corbusier y con esa casa es enorme y antiquísimo. El mismo está novelado a través del personaje de Hendler, aunque quiero creer que no soy tal 'loser' como él", dice Duprat con una sonrisa. Además de ser guionista de La obra secreta y de todas las películas que dirigió su hermano Gastón junto a su socio Mariano Cohn, entre ellas El hombre de al lado (también ambientada en esta casa) o la reciente y exitosa El ciudadano ilustre, Duprat es el director del Museo Nacional de Bellas Artes, cargo que ganó por concurso en septiembre de 2015. "Nací en La Plata, ahí estudié y me recibí de arquitecto y viví a tres cuadras de la Casa Curutchet, así que toda la vida pasé por delante de ella. Para un estudiante de arquitectura tener una obra del arquitecto más grande del siglo XX ahí nomás pero no poder entrar, porque estuvo cerrada todo lo que duró mi carrera, era un pecado", continúa. Aunque la casa sigue siendo de los parientes de Pedro Curutchet, el cirujano que la encargó a fines de la década de 1940, ahora se la puede visitar, ya que fue alquilada al Colegio de Arquitectos de la Provincia de Buenos Aires, que instaló ahí su sede y organiza diariamente visitas guiadas. Le Corbusier dirigió la obra por carta desde su estudio en París y Curutchet se encargó de respetar sus indicaciones. Pero el arquitecto suizo murió sin conocer su pequeña obra maestra sudamericana. "El lado positivo de eso es que quedó este registro epistolar en el que Le Corbusier da consejos de cómo debe ser la casa y explica por qué hizo esto o lo otro", se conforma Duprat.

–Suena lógico que la casa se construyera en una ciudad joven como La Plata, más afín a las ideas de Le Corbusier, y no en Buenos Aires que siempre se miró en el espejo de París.

–Es cierto. Cuando vino en 1929 acá le mostraron con orgullo la Facultad de Derecho y Le Corbusier casi se muere. Le pareció un espanto que se hiciera eso a fines de los '20. En cambio los brasileros agarraron esa modernidad e hicieron Brasilia, tal vez porque tenían a dos discípulos de lujo como Oscar Niemeyer y Lucio Costa. Brasilia es la concreción de las ideas de Le Corbusier. 

–¿Por qué los Curutchet casi no vivieron en la casa?

–Yo la curtí bastante y para mí es perfectamente habitable. Lo que pasa es que se volvió famosa y dejó de cumplir con la función de hogar. La gente se paraba enfrente y miraba para adentro porque sabían que tenía algo importante. Los más osados entraban en plan fetichista, aprovechándose del concepto de planta baja libre, y les afanaban las canillas para tener un recuerdo de la casa, aunque las canillas no las había diseñado Le Corbusier. 

–¿Es decir que la reja que tiene hoy no es original?

–No, claro, la reja la tuvieron que poner después. Pensá que Le Corbusier era suizo y tenía otra idiosincrasia (risas). Antes de eso la mujer de Curutchet quería poner cortinas porque no se bancaba la exposición. Pero la casa es formidable, desconocida dentro de la obra de Le Corbusier y, para mí, más lograda que muchos de sus trabajos famosos, como La Ville Savoye, que es como un plato volador en medio de un parque enorme. Es mucho más complejo resolver una casa como la Curutchet en un terreno pequeño, con doble geometría y en un contexto urbano. 

–En contra de esas dificultades que produjo para ser habitada, cinematográficamente la casa es extraordinaria.

–Es muy fotogénica y tiene eso que Le Corbusier llamaba transparencia longitudinal. Por ejemplo: en muchos puntos donde podés pararte contra la medianera del fondo y aun así ver la plaza al frente y cien metros para adelante. En El hombre de al lado eso era lo que tensaba la relación entre esos dos vecinos que se peleaban por una ventana.

–Dijiste que se trata de una obra desconocida dentro del trabajo de Le Corbusier, pero también es un patrimonio poco conocido en Argentina.

–En Argentina y en La Plata. Es verdad, no está puesta en valor desde nosotros mismos. Uno de los comentarios habituales cuando estrenamos El hombre de al lado era de gente sorprendida porque no conocía su existencia. Y nos quedamos con ganas de hacer un documental sobre ella. Ese fue el origen de La obra secreta, que no es un documental pero cumple con el objetivo de ilustrar.

–Pero tiene la virtud de que se la puede pensar como documental oblicuo o ficción atravesada por lo documental.

–Yo había escrito el guión para un documental pero le faltaba pimienta. Le Corbusier es un personaje controvertido, sobre todo por su coqueteo con el régimen de Vichy o con Mussolini. Para mí no es que su pensamiento fuera cercano al de Hitler ni a ningún fascismo, sino que era un tipo que quería llevar a cabo su obra, que en la arquitectura es muy difícil. En todo caso se puede decir que era brillante, egocéntrico y además un poco inescrupuloso a la hora de conseguir sus objetivos. Creo que es eso lo que lo hizo meter la pata y expresar adhesiones tibias a gobiernos totalitarios. 

–¿Es más fácil separar lo político de la obra en un arte como la arquitectura, esencialmente formal, a diferencia de la literatura o el cine donde los conceptos se expresan de formas más literales?

–Puede ser. Hay cierta arquitectura a la que se denomina fascista que es formidable, porque para ciertas tipologías ese carácter pragmático y racional es lo mejor que hay. Quizás no para una vivienda, pero la estación de trenes de Roma, Termini, es formidable y es un proyecto de arquitectura fascista. La arquitectura del modernismo se da en un contexto de posguerra, con esos conceptos como La Máquina de Habitar que hoy son fácilmente criticables, pero hay que mirarla bajo la lupa de esa Europa destruida. Era una solución para resolver las necesidades de la gente en el mínimo espacio. 

–El personaje de Hendler es fanático de Le Corbusier, una especie de monja de clausura encerrada con su dios en esa casa que es un claustro abierto.

–Para mí la película tiene algo del universo de Polanski, porque nunca sabés si lo que ocurre es una construcción de este loco, que repite eternamente los logros del otro mientras espera que eso se resuelva, porque si no es la cárcel. Me gustaba la idea del discípulo atrapado en la genialidad del otro. Este arquitecto que renunció a su oficio para dedicarse todos los días a conducir visitas guiadas en las que hasta repite los chistes un trabajo enajenante.

–¿Qué aporta la presencia de Le Corbusier recorriendo las calles de La Plata actual?

–Ese elemento fantástico me dio mucha gracia, porque me parece picante confrontar los textos de Le Corbusier con lo que es la ciudad contemporánea, que fue para un lado muy distinto. Porque Brasilia quedó como una cosa de utopía hecha realidad, pero las ciudades son otra cosa que fue más para el lado de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) que para los postulados del movimiento moderno. Hoy conviven un cartonero con un edificio de 50 pisos y un chalet al lado. Por eso tiene su gracia escuchar los postulados de Le Corbusier y contrastarlos con esa realidad. «

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