Federico Jeanmaire: "Creo que el gran lugar de la identidad es la lengua"

En Tacos altos el escritor narra la historia de una adolescente china que a los cinco años emigra a la Argentina, donde su familia instala un supermercado. Se trata de una indagación sobre la identidad, y también sobre la violencia y el pasaje a la adultez. El pueblo chino de Suzhou, y Glew, en la provincia de Buenos Aires, son los dos escenarios en que se despliega la trama.

"Creo que 'el' tema del siglo XXI es la identidad y que muchas de las cosas que van a pasar en este siglo tienen que ver con ella", dice Federico Jeanmaire, quien acaba de publicar Tacos altos (Anagrama), una novela cuya protagonista, una adolescente de 15 años, nacida en China y residente en Buenos Aires desde los cinco años, se pregunta, precisamente, qué es ser china, un interrogante que como todo el que indaga sobre la naturaleza de una esencia es difícil o quizá imposible de responder. "A mí me gusta plantearme preguntas para las que no tengo respuesta",  aclara el autor. La violencia y el pasaje de la adolescencia a la adultez también constituyen la materia de esta novela que se desarrolla entre el pueblo chino de Suzhou y Glew, en la provincia de Buenos Aires. El padre de la narradora adolescente muere en un incendio en su supermecado cuando se defendía de un posible saqueo y ella regresa a Suzhou junto a su abuelo paterno. Pero una inesperada propuesta de trabajo como traductora la hará regresar a Buenos Aires, donde sin haberlo previsto, terminará vengando la muerte de su padre. 

"Me gusta que los personajes vayan escribiendo lo que quieran escribir –explica Jeanmaire–. A veces toman decisiones que yo no hubiera tomado, pero los dejo, porque mi tarea es más seguirlos que imponerles cosas. Para poder escribir una novela tengo que ignorar qué va a pasar."

–La lectura de Tacos altos  produce  una sensación de extrañeza. Tiene una sintaxis rara y los verbos están en presente. ¿Cómo y por qué surgió este recurso?

–Surgió cuando tuve escritas una 20 o 30 páginas de la última versión. Antes había empezado otras versiones, con diferentes narradores. Cuando surgió la voz de esta adolescente, me di cuenta de que podía empezar a jugar con lo poco que sé del idioma chino y lo hice a través de los tiempos verbales. Lo disfruté mucho. Fue difícil porque uno maneja automáticamente los tiempos de los verbos, por lo que tuve que revisar mucho, porque siempre se me escapaban.

–¿Por qué te gustó tanto ese juego?

–Porque me gustan mucho las lenguas artificiales y he escrito muchos libros utilizando este tipo de lenguas, cada una con un sentido determinado. Por ejemplo, Miguel, una biografía ficticia de Cervantes, tardé tres años para escribirla en el castellano más parecido al del siglo XVI. En Montevideo, que tiene como protagonista a Sarmiento, también creé una lengua artificial que dado quién era Sarmiento y lo que significa, se parecía mucho a una contralengua sarmientina. Por un lado, era supercoloquial. Sarmiento es quien realmente produce el mayor cambio en la lengua literaria argentina, porque escribe a partir del coloquio y eso me interesa mucho. Por otro, lo coloquial de esa novela tenía un tono muy popular que Sarmiento jamás se hubiera permitido. En otra de mis novelas, Mitre, todos los personajes hablan de usted como hablaban mis abuelos. En el caso de Tacos altos el gran tema es la identidad y yo creo, quizá porque soy escritor, que el gran lugar de la identidad es la lengua. Mientras iba escribiendo, me di cuenta, además, de que ese recurso produce una duda. Hay momentos en los que no se sabe bien si lo que se narra ya pasó o está por pasar. 

–Mientras leía la novela no pude dejar de pensar en Zama, de Di Benedetto, porque allí él utiliza una lengua del siglo XVIII que también es artificial. 

–Qué lindo que me digas eso, porque para mí Zama es la mejor novela argentina. No lo había pensado, pero es cierto que tiene tres momentos entre los que ha pasado mucho tiempo y los tres se cuentan en presente. El lector debe reconstruir lo que ha pasado entre uno y otro. 

–En la novela también abolís el espacio, ya que transcurre en Suzhou y en Glew, pero hay un paralelismo de actitudes de la narradora que siempre está observando sentada.

–Toda la novela está trabajada sobre la influencia recíproca  entre la persona y el paisaje que habita. Por lo menos, tuve intención de trabajarla así. 

–¿Cuál fue el germen de esta novela?

–Siempre me gustó lo chino y me terminé de enamorar cuando frente a la casa en la que vivía con mi hijo, Juan, de cuatro años, pusieron un kiosco atendido por una pareja china, los dos de unos 20 años. Hubo unos días en que fui sin mi hijo porque estaba enfermo. Se las arreglaron para preguntarme por él, por cómo andaba. Por eso también para Juan el país que había que conocer cuando tuviéramos la plata era China. Por otro lado, en diciembre de 2013 hubo unos saqueos en el interior. Yo sólo encontré dos notas muy chiquitas sobre ese hecho que eran contradictorias: una decía que el chino se había dejado morir antes de entregar la mercadería y otra que no había podido salir. Cuando leí esas noticias, me puse a escribir la novela. Lo hice de muy diversas maneras, hasta que encontré la voz de la narradora. Cuando uno encuentra al narrador o al protagonista, encuentra la novela. 

–¿Viajaste a China?

–Cuando gané el Premio Clarín viajé a China con mi hijo, porque era el lugar que queríamos conocer. Estuve, además, tres o cuatro días en Suzhou,  pero lo gracioso es que nunca estuve en Glew. Cuando empecé a escribir la novela me planteé si ir o no, pero decidí que no porque prefería trabajar a partir de muchos lugares que conozco. Hay escritores que investigan mucho, pero yo prefiero imaginar. Me parece que la imaginación es una parte importantísima del hecho literario, por eso me gustó escribir un Glew que no conozco, inventarlo yo. 

–La protagonista habla en un párrafo de la escritura, dice, entre otras cosas que permite, que la utilización de palabras "lindas" que no son los que se usan en el habla. ¿Qué compartís de lo que dice?

–Traté de trabajar en función de la edad de la protagonista. Por mi experiencia personal y por ver el crecimiento de mi hijo, creo que la adolescencia es la edad dorada de la vida donde uno es más verdadero, cree más, se enamora más. Todo es importante, todo te cruza, todo te atraviesa. Se pone el cuerpo, se pone todo.Luego uno se va socializando y los comportamientos ya no son tan sinceros. Supongo que a los 15 años yo creía que la literatura era eso. Hoy pienso muchas otras cosas. 

–¿Cuáles? 

–Que la literatura es bastante más que eso, que es una discusión enorme de la que uno toma partido escribiendo. Hay peleas y uno tiene que luchar por aquello en lo que cree estéticamente. No sé si no me gustaría todavía creer lo que creía a los 15, pero el hecho es que ya no lo creo. 

–¿Conocés mucho de la cultura china?

–No creo ser un conocedor. He leído muchos libros, he viajado y trato de tener buena relación con los supermercadistas del barrio. A diferencia de lo que piensa mucha gente que cree que el pueblo chino es mucho más espiritual que el occidental, yo creo que es un pueblo tremendamente práctico con una visión de la vida bastante menos compleja que la occidental. Es una cultura atravesada por la superstición que es algo muy práctico.

–¿Práctico en qué sentido?

–Yo nací en un pueblo, Baradero. Mis abuelos vivían en el campo, y cuando yo tenía una enfermedad no me llevaban al médico sino al curandero. Mi abuela tenía 5000 cosas para que lloviera o para que no lloviera, para que pasara esto o lo otro. Por eso yo también estoy atravesado por esa cultura del interior de la Argentina. No hay supersticiones al pedo. Todas son para que te pase algo bueno o para evitar algo malo. Cuando en la novela el padre le explica a su hija cómo piensa defenderse dentro del supermercado si lo asaltan, le cuenta una historia del emperador Qin Shi Huang, que cuando siente que va a morir, en vez de hacerse construir una pirámide para que lo recuerden como lo hubiera hecho cualquier occidental o incluso un pueblo aborigen, crea miles de soldados de terracota para que lo defiendan, porque no sabe qué le va a pasar del otro lado. No quiere que lo recuerden, quiere seguir viviendo. Una mujer china, por ejemplo, nunca se hubiera sentado en el lugar en que te sentaste vos. Se hubiera sentado mirando al Este, porque tienen una relación con el Este que no olvidan en ningún momento, ya que implica muchas satisfacciones para la vida. Los chinos están atravesados por eso. Por ejemplo, hay edificios que carecen del piso cuatro porque tienen con él un problema similar al que nosotros tenemos con el 13. Los teléfonos celulares que tienen el número cuatro no se compran porque la gente no los quiere. La superstición no es para elevarse espiritualmente, sino para ayudarse a vivir. Yo escribí un imaginario chino personal. Me gusta escribir sobre lo que no sé contestar.

Fragmento inicial de una novela

Me cuesta el pasado. Y me cuesta el futuro también. Soy china, me defiendo siempre. Pero la profesora de castellano se enoja igual conmigo y entonces le pone una calificación a mi prueba que no es buena.

¿Soy china?

No sé.

Ahora no importa.

De cualquier manera, sospecho que hay un momento de la vida en el que cada hombre o cada mujer descubren quiénes son. Lo saben. De repente. Frente a una instancia crucial o frente a un hecho insignificante, da lo mismo.

Mi padre lo sabe.

Por supuesto que lo sabe.

Estoy convencida de que lo sabe. Pero cuando, en que instante, eso en verdad no lo sé. Puede ser durante aquel larguísimo último día de calor en Glew o puede ocurrir muchísmos años antes.

Yo, en cambio, todavía no sé quién soy.

Y, por no saber, ni siquiera sé si es que ya me convierto en una mujer o aún me falta un poco de tiempo, como repite cada vez que tiene oportunidad mi abuelo paterno.

Tampoco importa.

Más tarde o más temprano termino por ser esa mujer que anuncia, como una cuestión más o menos inminente, mi abuelo paterno. Cuentan los ancianos que hasta algunas raíces de ginseng se convierten un buen día en mujeres, ¿por qué no lo voy a hacer yo, entonces?

Y enseguida después de convertirme en mujer, espero, descubro quién soy.

Realmente quién soy.

Ahora, no me importa. Ni lo de ser mujer ni lo de saber quién soy. 

Fragmento de Tacones altos, de Federico Jeanmarie (Anagrama).

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