La poesía es volar; por Víctor Hugo Morales

Columna de opinión.
9 de Diciembre de 2017

Amor tatuado

en letra dolorida

juramentos

que se intervalan

en vas

venís

amor de acá

amor de allá

pero volvés

y está la herida

azul.

El contacto como lector con la poesía empieza en mi primer año del secundario, y en clase de literatura nos hacían leer la prosa y la poesía de notables escritores. Presumo de haber leído a Pablo Neruda muy temprano. Hay una influencia manifiesta. Ya en segundo año intentaba escribir algún poema: “Ya la lluvia ha cesado / y a lo lejos se refleja / el arco iris en colores”. Esa cosa de muchachito marcaba una intencionalidad y un sueño que tardó décadas de concretarse: aquello que leía con fruición.

Puedo hablar de poesía a partir de lo que he leído, me ha interesado, y lo que he intentado en otras etapas de mi vida hasta llegar a escribir mi propio libro sobre poemas de amor con una intención poética a partir de las historias que me contaron un montón de amigos. Los abandonos, los desencuentros, las angustias, el amor no correspondido, la soledad, el engaño. Con cada una de esas historias fui componiendo La herida azul (Colihue, 2017). Incluyo algunas, en esta columna. 

Amé el peligro

tu mirada de hombre ya jugado

mi rebeldía indefinible,

el roce de tu mano

escribo sin signos de interrogaciones

sin respuesta

desvelada de tus ojos fijos en el techo

de la celda

toqué los barrotes de mi cama

y palpité el deseo de hacer mía

tu causa.

Soy un gran lector de libros de poemas. Transité por los franceses, en particular por Victor Hugo y Charles Baudelaire. Bien joven leí L’Albatros. También los italianos: fui un buen lector del Dante, de Francesco Petrarca. Por supuesto, la poesía latinoamericana y la uruguaya. Tengo una cierta predisposición por poetizas, por Gabriela Mistral; el desgarro de Delmira Agustini; Idea Vilariño sobre todo en sus historias de amor convertidas en poemas que se refieren a su relación con Onetti; por supuesto Juana de Ibarburú; ciertamente Alfonsina Storni. 

También Julio Cortázar, claro y  omito otros que me gustaron mucho. Por otra parte, debo haber tomado contacto con Mario Benedetti en mis tiempos mozos. Lo primero que regalé a alguien que quería enamorar fue un poema que se llama “Táctica y estrategia”, que hablaba que la táctica es acompañarla, estar cerca y la estrategia es que, un día, sin saber cómo ni por qué, me necesites… Siempre me pareció extraordinario. 

También aprendí de Mario que en cuatro líneas se puede tener una enorme intencionalidad poética. No hay que contar grandes historias para escribir el deseo de sublimar la palabra, de hacerla más bella, de encontrarle la intencionalidad que fortalezca el ideal que todos tenemos de embellecer la vida. Lo hacemos a veces sin darnos cuenta en cada uno de nuestros actos. Cuando describimos una jugada de fútbol, por caso, los relatores pero también los espectadores, cuando hablamos de la curva de la pelota, o mencionamos cómo fue la línea recta del disparo, o la acción del arquero volando hacia un ángulo imposible… 

En todo esto hay una firme vocación de darle a la vida un poco de vuelo. La poesía es volar. Como describía Rubén Darío es tener un pájaro azul en la cabeza que hace lo posible por salir. Algunos consiguen sacarlo y es genial. Otros no consiguen otra cosa que soñarlo, de tenerlo dentro, esperando su oportunidad de salir a la luz. Así, cuando se encuentra el ingenio de la expresión poética, se ha llegado a la exquisitez de su vida interior. Nos relacionamos con lo escrito desde nuestra mente pero también desde nuestro corazón, sensibilidad, lo que tenemos aprendido como lector. Cuando nos identificamos con algo escrito, sentimos que nos estamos elevando como personas, que alcanzamos una exquisitez en nuestra vida. Como enriquecer el paladar: convertimos nuestro gusto que sólo reconoce el puré cuando somos bebés, en algo más sofisticado, y vamos enriqueciendo nuestras exigencias. Lo mismo sucede en el plano intelectual. 

Luego están los intentos propios. Escribí este libro como una forma de descanso espiritual frente a lo que está ocurriendo con mi vida periodística, en el país, en el mundo. Ante la amenaza de un cierto stress, mi forma de evitarlo es una elaboración personal o la búsqueda de la familia o los amigos, pero no siempre tenemos uno a mano. Muchas veces estamos solos. Para elaborar esa soledad y convertirla en algo positivo y no en un padecimiento, en la carga tan dura que tenemos en este tiempo, tan agredidos por las circunstancias políticas, económicas. Ponerme a escribir durante estos tres meses, fue tirar a la basura miles de intenciones, y quedarme con cien para el libro. Es algo maravilloso saber que además de los libros políticos, de los periodísticos, de las luchas que uno ha encarado en el lugarcito que ocupa en el mundo, en las librerías podré compartir con la gente mis sueños poéticos, mi intención poética. La poesía es el alimento más exquisito al que podemos aspirar: la prosa es el eje en nuestra vida de lectores. Pero la sublimación de esta forma de vivir es la poesía. 

De pie en

la belleza

temprana la puerta

cuando me voy

bella

en la puerta

al pie de la noche

cuando retorno.

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