Ningún fantasma puede frenar a Messi, que conduce la ilusión de la Argentina

El genio rosarino marcó el tercer gol y, con 54, alcanzó a Batistuta como máximo goleador histórico de la Selección. Higuaín (2) y Lamela, los otros tantos de la victoria.
18 de Junio de 2016

Sólo catorce minutos había jugado Gonzalo Higuaín al lado de Lionel Messi en esta Copa América hasta estos cuartos de final. Esa tal vez sea una buena manera de explicar la sequía que arrastraba el hombre que hizo más goles en una temporada en la historia del fútbol italiano. Apenas iban ocho minutos cuando llegó la conexión aérea en Bostón. Messi, en posición de ocho, levantó la cabeza y sacó el pase preciso con su zurda para que la diagonal de Higuaín se encuentre con la pelota justo en el pique. El Pipa le cambió la dirección al arquero venezolano y se sacó la bronca con el festejo nacional, postergado hace más de un año.

Fue un gol similar al de la Copa América de 2011, en Santa Fe, cuando ese mismo encuentro por el aire le dio el empate a la Argentina ante Uruguay. La sociedad, se sabe, no es nueva. Es lógico que entre dos de los mejores delanteros del mundo haya esa química. Pero es una muestra más de la verticalidad que intenta imprimirle Gerardo Martino a esta Selección que se parece poco a la que perdió la final en Santiago de Chile un año atrás.

Ayer era la primera presentación de Messi como titular en esta Copa. Estaba la duda de cómo se iba a sumar a esta versión madura del equipo, como la definió el propio Martino. A los 8 minutos ya estaba la respuesta. A los 28, el sello puesto: el Pipa aprovechó un error en la salida venezonala e hizo lo que no pudo ante Manuel Neuer, en la final del Mundial. Gambeteó al arquero y definió con el arco en soledad.

El Gillete Stadium de Foxboro vibró con la barba de Messi. La 10 argentina, con la cinta de capitán atada al bíceps izquierdo, tiene un significado especial 35 kilómetros al sur de Boston. Allí, en un estadio distinto a este que fue demolido en 2001, Diego Maradona gritó frente a una cámara su último gol en mundiales. Allí, en ese círculo central, la enfermera Sue Carpenter tomó de la mano a Diego para llevarlo al antidoping donde le cortaron las piernas.

Dos décadas y dos años después, Alfio Basile fumaba desde las gradas y miraba cómo Messi se escurría entre dos venezolanos y hace que todo el estadio se vuelva el mismo murmullo. El Coco estuvo en el banco de suplentes aquellas tardes del 94, cuando la ilusión argentina se llamaba Maradona. Ahora se llama Messi. No se trata de comparaciones sino de coincidencias: el 10, la cinta, la camiseta, la pelota, la zurda, entre otras cosas. Y, claro, Bostón.

Tuvo que pasar más de una hora para que el suelo yanqui vuelva a disfrutar del 10. Más allá de algunas pinceladas que trazó con su zurda el rosarino, no había mucho más que ese pase que abrió el partido a los ocho minutos. Pero a los 60 otra vez Argentina recuperó en la salida venezolana. Messi y Gaitán armaron una pared entre zurdos, que terminó con una definición con el sello del mejor jugador del mundo: caño y a cobrar.

No fue un festejo más. Desde anoche, Leo es junto a Gabriel Omar Batistuta el hombre que más goles hizo con la camiseta argentina. El Bati marcó 54 en 77 partidos; Messi en 111. Además se sacó la mochila de no marcar goles en partidos de eliminación directa con la Selección desde la semifinal de la Copa América 2007, en Venezuela. El 10 se volvió poner la ropa de pasador para que Erik Lamela marcara el cuarto y pusiera las cifras definitivas.

Se lo interpreta distinto a Messi en Estados Unidos. Es otro el código futbolero. Despierta distintos sonidos la zurda del 10. “Ohhh”, baja desde las tribunas del Gillete Stadium. Como si generara sorpresa con cada toque, ante un público que desde 1994 está en aprendiendo a ver fútbol. Se lo corea con otro ritmo que en el Camp Nou o que en el país. En un idioma diferente, pero se lo disfruta: es todo lo que se puede hacer con el hombre que mejor juega al fútbol en este planeta y que más goles marcó con esta camiseta.

La figura: Lionel Messi

El capitán de la Selección metió dos asistencias, marcó un gol y regaló varias pinceladas para levantar al público que pagó más de 1.500 dólares para verlo por primera como titular en la Copa.

Chiquito, un grande entre los tres palos

Se sabe que el puesto de arquero es ingrato: un error que cueste un gol en contra puede sepultar todo lo bueno hecho antes. Esa característica se potencia en el caso de un seleccionado como el argentino, en el que los delanteros brillan por peso propio. Sin embargo, más allá de las conquistas de Higuaín y el récord de Messi, ayer Sergio Romero se destacó por mérito propio: atajó un penal y tuvo un par de intervenciones clave en el momento en que Venezuela acechaba en busca del descuento.

El instante cumbre de Romero fue sobre el final del primer tiempo, cuando le atajó un penal a Luis Seijas. En ese momento el partido estaba 2-0 y si el delantero vinotinto convertía la situación se hubiera puesto complicada para la Selección. Sin embargo, Chiquito adivinó la intención del ejecutante, que en lugar de asegurar el disparo intentó picar la pelota (ya había hecho algo similar jugando para Independiente Santa Fe contra Huracán, en la final de la Sudamericana). Así le fue.

En rigor de verdad, la atajada de Romero fue una manera de compensar su error, ya que el mismo arquero había provocado el penal segundos antes, cuando se llevó puesto a Josef Martínez. Pero un rato antes el 1 de Argentina había tenido dos resoluciones para el aplauso. Primero cuando con la mano derecha desvió un remate a quemarropa de Rondón, después de un doble error de Mascherano, que perdió la pelota cerca de la medialuna, y Otamendi, que llegó tarde al cierre. Y enseguida, con una acrobacia, sacó por encima del travesaño un tiro de Fletscher que se desvió y tomó altura. Los reflejos y la decisión de Romero fueron pilares en los que también se sostuvo la clasificación de Argentina.

Estados Unidos, un equipo al ritmo de Dempsey

Estados Unidos clasificó por segunda vez a las semifinales de una Copa América. En la primera, en Uruguay 1995, perdió ante Brasil. Ahora tiene más de un argumento para soñar con la final. La localía es evidente, pero no menos es Clint Dempsey, la figura del equipo del alemán Jürgen Klinsmann, el entrenador desde 2011. Dempsey jugó siete años en la Premier League -seis temporadas en el Fulham, una en el Tottenham -, volvió al Seattle Sounders, la ciudad más futbolera de su país, y es ahora el comandante del ataque.

En el 2-1 por cuartos de final ante Ecuador, líder de las Eliminatorias sudamericanas, Dempsey convirtió el primer gol y asistió en el segundo a Gyasi Zardes. Arriba tendrá una baja sensible: Bobby Wood, de 23 años y de origen hawaiano, llegó a la segunda amarilla y se perderá el partido. Detrás, el mediocampista Michael Bradley funciona como un soporte a partir de la experiencia. El pelado Bradley llegó a jugar dos temporadas en la Roma de Italia. John Brooks, zaguero de 23 años, como Wood, es otra de las apariciones. Juega en el Hertha Berlín. En las semis del primer Mundial de la historia, en Uruguay 1930, Argentina derrotó 6-1 a Estados Unidos y pasó a la final. Ahora, otra vez, se cruzará en esa instancia. Difícilmente exista semejante diferencia.

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