Venezuela intenta zafar de la guerra civil. Columna de Lido Iacomini

El integrante de Carta Abierta analiza la difícil situación del paìs bolivariano
3 de Agosto de 2017

Mucho se habla de la “grieta” que divide a la sociedad argentina. Venezuela muestra que no es un fenómeno sólo de Argentina y que se inscribe más bien en una actualidad que abarca buena parte de la Región sudamericana.

La “polarización” es otro rasgo común que pareciera acompañarnos. De un lado se ubican las derechas nativas y los intereses de la globalización financiera hegemonizados por los EEUU. Lo que tradicionalmente se llamó el imperialismo norteamericano y sus aliados nativos. Y del otro lado sectores populares, trabajadores, movimientos sociales y desde la política aquellos que se han identificado con la oleada transformadora arribada con el siglo y que, imprimiéndole un renovado latinoamericanismo, esbozó los contornos de la Patria Grande.

Estos son los protagonistas principales y habitantes de los territorios divididos por la grieta.

Grietas siempre hubo pero hoy están exacerbadas por la intensa campaña que dichos intereses desatan por recuperar el control que sintieron casi perdido durante los últimos 15 años.

La Argentina las conoció desde sus inicios, cuando la anarquía del año 20 del siglo XIX la acercó a la guerra civil. En realidad la guerra civil es la perspectiva de hasta dónde puede conducir la profundización de las grietas que dividen a las sociedades.

Los pueblos naturalmente rechazan esa perspectiva y son partidarios de la paz y especialmente cuando esa guerra puede ser entre hermanos. Venezuela hace al menos cuatro meses que vive en esa amenazante realidad. Los EEUU y la derecha parasitaria venezolana jugaron a polarizar a fondo su sociedad, desestabilizar al Gobierno bolivariano y demonizar su propia experiencia revolucionaria, no vacilando en agudizar los problemas económicos de la nación, graves porque son herederos de su debilidad monoproductiva y de la baja del precio del petróleo provocada por los EEUU para debilitar las economías de quienes considera sus enemigos endemoniados: Irán, Rusia y Venezuela.

La realidad ha demostrado que a quien pudieron infligirle el mayor daño es a la patria de Bolívar y Chávez. Pero no sólo el frente económico sufrió la embestida desestabilizadora. Diplomáticamente los EEUU, sirviéndose de funcionarios lacayos como el ex canciller uruguayo Luis Almagro, hoy su empleado al frente de la OEA y de los socios regionales Temer y Macri, han intentado expulsar de los organismos internacionales a Venezuela y condenar a Maduro. Hasta ahora los fracasos sucesivos en la ONU y la OEA no lo han detenido en su empeño digno de mejor causa.

Buscan la condena diplomática que encubra el golpe o si cuadra la invasión, para lo cual es necesario enfatizar al máximo la demonización del personaje.

El tercer frente ha sido la intensa campaña mediática, claramente visible en nuestro país en Clarín, La Nación y todo el sistema televisivo.

Las fotos publicadas esta semana por Clarín de los disturbios callejeros provocados por los agentes entrenados por la “oposición” tenían epígrafes que decían por ejemplo, “la juventud opositora” ó “la resistencia democrática” y mostraba imágenes de jóvenes encapuchados, con casco y máscaras antigas que de tratarse de manifestantes en nuestro país no dudarían en llamar “grupos terroristas”, como realmente son.

Es que éste es el cuarto frente que mantuvieron abierto: el de la acción desestabilizadora directa, esbozo militar en dirección a la guerra civil, apañada por toda la reacción y alimentada por la CIA casi sin disimulo. Más de cien muertos fueron provocados por la acción directa y desestabilizadora.

Cuando Nicolás Maduro toma la iniciativa de convocar elecciones para marchar hacia una Asamblea Nacional Constituyente abre una perspectiva política, no muy clara en sus inicios especialmente porque presuponía que su viabilidad dependía de un alto grado de apoyo social, oscurecido por la violencia cotidiana, el accionar político de la oposición y la campaña mediático opositora generadoras todas de temores en la población e incertidumbre en la mayoría de los observadores.

Desde ese momento los intentos norteamericanos recrudecieron en virulencia en todos los frentes, buscando con claridad el levantamiento de la iniciativa constituyente. Por eso la concreción de la elección, con el alcance hasta ahora visualizado, constituye en sí un primer éxito.

Aún con los disturbios previsibles se llevó adelante y fue posible observar a un sector de la población mensurablemente importante participar con un grado de decisión encomiable. El nivel de participación anunciado es también muy significativo dadas las circunstancias actuales, se hizo evidente que la derecha miente cuando afirma que el gobierno de Maduro está interiormente aislado y permite mantener la expectativa sobre un curso favorable de los acontecimientos.

Esto no despeja ni mucho menos la difícil situación porque siguen vigente condiciones internacionales vastamente desfavorables para el chavismo: Brasil y la Argentina en manos de feroces neoliberales, EEUU sin un rumbo previsible de la mano de un Donald Trump que ni siquiera logra estabilizar su frente interno y sigue tributario de las derechas, Rusia y China cuyos gestos amigables distan de tener la consistencia en oro necesaria para remontar la crisis económica y cuyas urgencias políticas orbitan demasiado lejos.

Los movimientos progresistas de diversos pueblos europeos son una reserva estratégica, pero en lo inmediatos no son gobierno y además el liberalismo dominante tiñe al populismo latinoamericano con una interesada demonización. Es una incógnita como seguirán los próximos pasos y de difícil pronóstico la situación, pero todo parece indicar que en estas condiciones no habrá ni caída ni derrocamiento sencillo del gobierno de Maduro, sostenido ahora por una consolidada alianza del pueblo y las fuerzas armadas.

Tampoco es previsible que ni la derecha venezolana ni sus aliados internacionales dejen de conspirar ni de encaminarse hacia la guerra civil. La polarización y la grieta existen y desarticularlas se impone, pero no basta la voluntad si no están las condiciones. Si Maduro logra que la Constituyente vaya abriéndose paso, dotando de política a este proceso quizás haya futuro pacífico. Sino el fantasma de la guerra civil se agiganta. Ya que difícilmente el movimiento bolivariano se entregará sin luchar.

El contenido de la Constituyente no es tema menor. Lo que los últimos años muestran es que las expectativas demoliberales fueron demolidas por los mismos demoliberales quienes quisieron torcer en su beneficio las ventajas de un sistema que funcionó para ellos en la medida que eran democracias tuteladas desde Wassington.

Los avances, aún a medio camino, de la participación popular, la autonomización de la política y el desarrollo de los movimientos emancipatorios fueron contestados por la derecha con una liquidación del republicanismo (la divisoria de poderes, la independencia de la justicia, el golpismo parlamentario, la manipulación mediática, etc).

Esta situación deriva en una crisis aún no resuelta agravada por la inviabilidad del sistema económico neoliberal, las políticas de ajuste y el predominio de la especulación financiera sobre la actividad productiva. Si los golpes militares y el terrorismo de Estado llegaron en su momento al agotamiento y dieron lugar a las democracias tuteladas que fueron rebasadas por los movimientos populares, las respuestas reaccionarias en marcha actualmente erosionan las perspectivas de las democracias liberales: ¿hacia qué tipo de regímenes políticos irán nuestras naciones para resguardar la voluntad de transformación nacional y el poder popular? ¿Son tolerables las constituyentes que se hagan éstas preguntas?

Lo cierto es que si bien el movimiento social se desarrolla por oleadas no es cierto que el movimiento sea estrictamente pendular. No recorreremos los caminos fallidos del pasado y nuevas soluciones deberán buscarse para los nuevos (¿nuevos?) problemas.

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