En cierto momento de su vida histórica –escribió Antonio Gramsci en los Cuadernos de la cárcel–, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. Esto significa que los partidos tradicionales, con la forma de organización que presentan, con aquellos determinados hombres que los constituyen, representan y dirigen, ya no son reconocidos como expresión propia de su clase o de una fracción de ella. Cuando estas crisis se manifiestan, la situación inmediata se torna delicada y peligrosa, porque el terreno es propicio para soluciones de fuerza, para la actividad de potencias oscuras, representadas por hombres providenciales o carismáticos”.

Cualquier persona que observe con cierto detenimiento el escenario político argentino puede percibir la presencia de varios –o todos– estos elementos operando en la coyuntura de los últimos años.

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Esa crisis orgánica es el producto del fracaso de las dos últimas grandes “empresas políticas” para las cuales se demandó el respaldo popular: la apuesta macrista que –ante el agotamiento del ciclo kirchnerista– prometió “volver a la senda del crecimiento” con una letra inicial de manual de autoayuda, pero una música final de neoliberalismo hardcore, y la del Frente de Todos que –ante la debacle y el ajuste infinito de Mauricio Macri– prometió una “reparación” que terminó en ajuste, pero por otros medios.

En esas situaciones perturbadoras, los partidos (o las coaliciones) se tornan anacrónicos o se momifican; pueden representar buenos documentos histórico-políticos de las distintas etapas del período reciente mientras repiten una terminología envejecida, pero ya no son vitales en el sentido político del término. Tienden a volverse disfuncionales a su época.

En sus respectivos relatos, los dos representantes más puros de la grieta argentina (Cristina Kirchner y Mauricio Macri) dejan de manifiesto la encrucijada: la vicepresidenta evoca –con una dosis fuerte de melancolía– un pasado que no puede volver en el marco de un presente que se le tornó innombrable (por eso se ha vuelto una administradora de silencios y mensajes cifrados) y el exjefe de la banda de los CEO lamenta lo que no pudo frente a toda la evidencia de lo que fue y observa con envidia al verborrágico Javier Milei en el que ve al outsider que alguna vez creyó ser durante su etapa de enfermedad infantil. Macri volvió como un muerto vivo a su coalición, en la que puede sobrevivir solo a condición de romperla, y Cristina promete que esta vez el dedo elector no se va a equivocar de nuevo. Pero un “error” que se repite tantas veces (y que tuvo varios nombres propios: Martín Insaurralde, Daniel Scioli, Alberto Fernández) deja de ser un error y se transforma en una tendencia: la lógica de hierro a la que conduce la astucia de la razón moderada.

Un inquietante trabajo de la consultora Poliarquía que circula entre el off y el on sentencia –en el marco de un desplome en la imagen de todos los referentes– que el dato político más destacado de la medición de mayo es el fuerte retroceso de la imagen de Cristina Kirchner. Su calificación negativa alcanza el valor más alto de toda su carrera política (60%), mientras que la positiva perfora su piso promedio del 30% y cae hasta el 25%. Mauricio Macri la acompaña manteniendo sus niveles de rechazo, pero con una imagen positiva que se desmorona hasta el 19%. Arrastran a todos y hacen muy complejo el famoso “trasvasamiento generacional”.  

Hasta ayer nomás, cierta politología celebraba que la Argentina venía procesando su crisis sin grandes convulsiones (que no era el Chile que despertó ni la Colombia que estallaba), que la “grieta” contenía políticamente lo que la economía estaba destruyendo. Pero la ausencia por ahora– de explosión no es sinónimo de “sana” estabilidad. Lo que implosionó en las almas rotas de la pandemia se exterioriza en una impugnación en general y hacia la grieta, en particular.

En este contexto, el mainstream periodístico y político destaca solo la reacción por derecha y en el mismo acto y por diversa razones –ninguna inocente– fogonea el ascenso de los libertarianos que viven su minuto de gloria y se sobregiran comprando ellos mismos la que venden. Los talibanes del consenso buscan salir del laberinto de la grieta atándola con alambre para el sueño eterno de una Moncloa a la carta. Pero las tendencias profundas fueron hacia la polarización, las fugas hacia los extremos y la impugnación a todo contiene elementos contradictorios, no todos equiparables a un giro unilateral hacia la derecha.

La crisis de representación leída desde la mezquina perspectiva del orden es siempre una catástrofe de dimensiones homéricas. Para quienes no quieren ni reír ni llorar, sino comprender –además de luchar–, la crisis también es un campo de batalla.