La tal Agustina Díaz, de 21 años –a quien la Brenda Uliarte supo agendar en su celular como «El amor de mi vida»– fue arrestada durante el anochecer del 12 de septiembre en su casa de San Miguel.

Poco después se conocieron algunos mensajes que ellas intercambiaron por WhatsApp: El más elocuente fue: ¿Por qué falló el tiro? ¿Cómo mandaste a este tarado?» También se viralizó una foto de su rostro. Tres días más tarde, la TV Pública puso en pantalla una imagen de esa misma mujer, captada el 31 de agosto en la ya famosa esquina de Juncal y Uruguay; o sea, un día antes del fallido ataque cometido allí por Fernando Sabag Montiel contra CFK.

El video que muestra a Agustina cerca del edificio de CFK.

Lo notable es que dicho registro exhibe un detalle muy significativo, sin que hasta este momento nadie reparara en ello: dos sujetos (uno con gorrita y barbijo; el otro, con aspecto de policía o «servis») que se arriman a Agustina, mientras ella charla con dos chicas. El de gorrita le susurra algo al oído y el de «pinta» policíaca relojea a su alrededor. Hasta que, de pronto, alza una mano para indicar que lo sigan. Entonces se aleja. Y las tres mujeres van tras él.

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Quien esto escribe envió una copia de aquellas imágenes al abogado de CFK, el doctor José Ubeira. Tras visualizarlas, su respuesta fue:

«Me parece sumamente llamativo el formato en el cual esta chica esta parada en la calle, y se le acercan aquellas dos personas. Este recorte lo voy a acompañar el día lunes o martes al tribunal para que se investigue quienes son esas dos personas que la llaman, y que están haciendo en la vereda. Tengo una fuerte sospecha sobre ‘servicios’ y el rol participativo, sobre todo por omisión, de la Policía de la Ciudad. A mí me preocupan mucho los días previos. O sea, lo que gesta el movimiento en la cuadra en función de aquellos ‘copitos’ que aparecen justo allí; los policías insultando al hijo de Kirchner; el señalamiento de Kicillof y compañía… ‘este tiene fueros y este no’. Y la gente que filman. ¿Entonces habría una serie de acuerdos? Ahora se suma una denuncia que voy a hacer con respecto a Víctor Hugo Morales y gente de C5N, donde un sujeto que hace manifestaciones de odio dice que ‘con la policía estamos cubiertos, porque la policía no nos jode’. Ese es el escenario».

En este punto conviene retroceder al 22 de agosto.

Ya caía el sol cuando miles de personas llegaban allí para expresarle su apoyo luego de que, en un memorable acting kafkiano, el fiscal federal Diego Luciani pidiera para ella, durante el juicio oral por las obras públicas en Santa Cruz, nada menos que 12 años de cárcel y su inhabilitación de por vida.

A pesar de que la multitud no exhibía belicosidad alguna, de pronto fue envuelta por un centenar de uniformados con cascos, escudos y machetes. Era la Policía de la Ciudad. Aquella aparición anticipó apenas por segundos, como en un paso de ballet, la llegada de una escuálida horda de provocadores. Ellos alternaban insultos y consignas macristas con el lanzamiento de piedras. Fue la señal para que los mastines humanos de Horacio Rodríguez Larreta pasaran a la acción. ¿Adivinen sobre quiénes? Aquello incluyó bastonazos a mansalva, gases lacrimógenos y arrestos de militantes kirchneristas. 

A continuación, bien vale repasar la escalada de violencia que precedió a la de aquel lunes, siempre protagonizada por los mismos grupos de choque: Revolución Federal (RF), Nación de Despojados (ND), Jóvenes Republicanos (JR), y Equipo Republicano (ER): el 4 de julio, disturbios frente a la Quinta Presidencial de Olivos durante una conferencia de prensa de Silvina Batakis; el 7 de julio, la instalación de una guillotina en Plaza de Mayo, y el 22 de julio, el ataque al Instituto Patria.

Pero aquellos no fueron tan virulentos como los del mes siguiente. 

El 3 de agosto, a la salida del Congreso de la Nación –durante la sesión especial en la que se aceptó la renuncia de Sergio Massa como presidente de la Cámara Baja–, una patota compuesta por 20 sujetos agredió con insultos y empujones al líder del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), Juan Grabois. «¿La sangre de quién va a estar en la calle? ¡Forro!», fue uno de los gritos que le dispensaron.

El 4 de agosto, aquellos mismos energúmenos golpearon la camioneta de Massa y otros autos que ingresaban al Museo del Bicentenario con motivo de su jura ministerial, además de atacar a un movilero de C5N.

El 18 de agosto se hizo la performance de las teas ardientes arrojadas a la Casa Rosada (Brenda estuvo presente). 

La batalla para mantener el vallado perimetral en torno al edificio en el reside CFK –el 27 de agosto– fue otro gran hito de la mazorca larretista. Esta, tal como Ubeira supo puntualizar, incluyó el «apriete» a Máximo Kirchner y el conato de agresión a Kicillof. Dicho sea de paso, el plan original para matar a CFK estaba previsto para ese sábado.

En definitiva, la actitud de la Policía de la Ciudad osciló –durante casi un mes y medio– entre la represión a quienes apoyaban a CFK y la inacción absoluta en los desmanes causados por los provocadores de ultraderecha.

Paralelamente, el plan del magnicidio de CFK se horneaba al calor de una fauna variopinta. 

El 28 de agosto resultó un gran ejemplo al respecto. Era un domingo inolvidable, dado que en la esquina de Juncal y Uruguay no faltaba nadie; a saber: Sabag Montiel en su puesto de copitos; Brenda pululando a su alrededor y Gabriel Carrizo (ahora detenido) no lejos de allí. También se encontraba Leonardo Sosa (el caudillejo de RF) y Gastón Guerra (el de ND). Al principio, entre el gentío; luego, gozando del paisaje callejero desde el ventanal de un departamento situado en el último piso del edificio de CFK. La anfitriona: nada menos que su «vecina libertaria», doña Ximena de Tezanos Pinto, ya en el rol de «puerta de acceso» al hogar de la vicepresidenta.

Así llegó al 31 de agosto, el día anterior al crimen inconcluso de Sabag, cuando hubo cinco nuevas presencias peligrosas entre la multitud: la buena de Agustina, sus dos amigas y los dos extraños sujetos que las abordaron.

En estos últimos puede estar la clave del secreto del millón. «