El dilema está retratado de modo excepcional por William Golding en su obra maestra El señor de las moscas. La historia es conocida: un grupo de chicos, que rondan los 11 años, van en un avión hacia su viaje de egresados. Hay un accidente aéreo en el océano. Los adultos mueren y los chicos nadan hasta una isla perdida de la Polinesia. Entonces empieza la puja por cómo organizar a los sobrevinientes. La disputa se desarrolla entre dos personajes centrales: Piggy, un gordito que usa lentes, y Ralph, un muchacho rubio y delgado. Piggy defiende la cooperación, ponerse de acuerdo, cuidarse unos a otros. Ralph intenta imponer su supremacía sobre el resto, divide al grupo entre los que estaban dispuestos a cazar, dominar la isla, y los que no. Ralph termina dividiendo a los sobrevivientes y Piggy muere.  

El debate sobre las restricciones a la circulación por la expansión de los casos de Covid-19 es vivir la novela de Golding. La pandemia es la isla desierta en la que los argentinos fueron arrojados y disputan el modo de sobrevivir a una situación excepcional.

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Hay personas como Pablo Avelluto, exministro de Cultura de Macri, que por su aspecto podría representar a Piggy. Sin embargo, su espíritu, que es lo importante, es el de Ralph. Avelluto expresa a muchos. Son los que proponen la supuesta rebeldía de no respetar los horarios con los que se busca aminorar la vida social, principal foco de contagio, y reunirse en grupos de 50 y con las ventanas cerradas para hacerle fuck you, con el dedo, al presidente. Son los que critican todo lo que se haga y viven inventando una mentira tras otra, una campaña de terror psicológico.

Una de sus abanderas es Patricia Bullrich. Se la pasó semanas diciendo que faltaban vacunas porque el gobierno nacional centralizaba las compras. Mentira. Nunca estuvo prohibido que las provincias negociaran vacunas. Los primeros pasos para el acuerdo con Rusia los dio el gobierno de Axel Kicillof. El diario La Nación y Miguel Pichetto tendrán ahora más excusas para seguir diciéndole “el soviético”. La mentira de Bullrich se instaló tanto que Santiago Cafiero decidió desmontarla esta semana. Aclaró que nada impide a los distritos negociar vacunas.

El ministro de Salud porteño, Fernán Quirós, que apeló a la racionalidad, dijo que no tenía sentido encarar esa gestión porque no hay dosis disponibles en el mundo. Con bastante lógica, reconoció que tiene mucha más fuerza para negociar el Estado nacional que la CABA. Sin embargo, a las pocas horas fue desmentido con un off the record por su jefe político, Horacio Rodríguez Larreta. El alcalde hizo circular en los medios, para que Patricia no pueda seguir corriéndolo por derecha, que la Ciudad está conversando con laboratorios internacionales, incluso Pfizer. Falso. Es imposible para la CABA darle a Pfizer las garantías legales que pide. Solo puede hacerlo el Congreso nacional o el presidente con un decreto. A menos que Larreta esté pensando en impulsar que Buenos Aires sea una ciudad-Estado independiente de la Argentina, una especie de Singapur.

La pandemia, como ocurrió con los chicos arrojados a la isla desierta en la novela de Golding, hizo aflorar lo mejor y lo peor de la condición humana. Las enfermeras que se juegan la vida por 45 mil pesos mensuales; los médicos de las terapias intensivas que siguen aunque el cuerpo y el alma ya no tengan fuerza. Del otro lado, el ala dura del macrismo, que es un sector político, social y mediático, que se impuso sobre el resto del antiperonismo, y que apuesta al fracaso de las restricciones, de la vacunación, de todo. Se ha escrito en esta columna varias veces, pero hay que repetirlo: apuestan a una catástrofe sanitaria, a una pila de muertos. 

El libro de William Golding tiene un final pesimista sobre la condición humana. Ralph se impuso, Piggy murió. El tránsito de lo que queda de la pandemia no tiene por qué ser como El señor de las moscas. La mayoría de los argentinos, incluidos los jóvenes –lo indican todos los sondeos–, está dispuesta a respetar nuevas restricciones para cuidar a la tribu. Si ese espíritu se impone, lo que falta de la pesadilla del Covid será menos trágico. Y en octubre-o noviembre-habrá un voto castigo a la oposición.