Entre la protección de las voces disidentes y el barro de las legiones de trolls, el dilema sobre el anonimato digital expone cómo las grandes corporaciones monetizan la degradación del debate político actual.

Desde entonces, las cosas no han mejorado. De vez en cuando, el debate acerca de la identidad en las redes sociales suele resurgir a nivel global, cual monstruo del Lago Ness o nuestro Nahuelito. En efecto, existen posiciones que reclaman terminar con el anonimato en redes, en particular en X-Twitter. Piensan que la catarata de insultos, amenazas y calumnias que abundan son propiciadas por la impunidad que impera en tal red. Por supuesto que es la caja amplificadora de cuanta noticia falsa (fake-news) pueda imaginarse, la cuna de muchas operaciones políticas e incluso es usada para comunicaciones gubernamentales. Hasta hay gobernantes que abren una red propia, como la Truth Social de Trump. Que viene a querer decir “verdad social”. Qué paradoja. Qué cool.
Otras opiniones defienden el anonimato en las redes. Consideran que la preservación de la identidad en Internet es una de las formas de libertad que permite la expresión de opiniones disidentes frente a amenazas totalitarias. Ese anonimato protegería a los periodistas, a los militantes, a las opiniones de cada uno. Para ello existen herramientas como el Virtual Prívate Network (VPN) permiten la deslocalización de la dirección IP (Internet Protocol) que cada uno tiene en la compu o en el celular, sin olvidar The Onion Router (Tor), un sistema que combina capas de encriptación con despistes de localización que, como las capas de cebolla que evoca, hace difícil sino imposible encontrar quién hace que cosa. Y como la cebolla, también hace llorar. Porque también es a través de los mencionados sistemas que se despliega la cibercriminalidad -así le dicen- donde se trafican drogas de todas las categorías, armas de todos los calibres, personas de todas las edades. También se propalan ideologías de extrema derecha. Quien lo hubiera pensado. Bienvenido a la dark web, donde todo está permitido y nada está prohibido. ¿Acaso no es la libertad libre? ¿O vale la pena mantener el anonimato de la red a ese precio? ¿Es deseable o siquiera posible impedirlo? ¿Quién decide?
Valga aquí la evocación de Sir Thomas Gresham (1519-1579), uno de los primeros financistas ingleses, conocido por observar que en igualdad de condiciones en el mercado si existiesen dos monedas en simultáneo “la mala moneda echa a la buena”, por la razón que se prefiere atesorar en la divisa percibida como más confiable y gastar la que se considera de menor valor. O dijo algo parecido. Todas precauciones tomadas, quizás podamos comparar esa “Ley de Gresham” en el campo de las redes: la mala palabra echa a la buena, la mala web desplaza a la buena red. Ponga usted “que bello es vivir” en X-Twitter, y apenas algunos amigos o cinéfilos le responderán, en recuerdo de la película de Frank Capra con James Stewart. Pero publique “hay que matar a todos los gordos” y entonces saltarán los pasados de peso contra aquellos que esgrimen flacos argumentos. Pronto acudirán otros en tropel que no saben del asunto pero opinarán con seguridad de expertos. Muchas más interacciones. Es es una de las maneras que tienen las corporaciones para monetizar el lazo social mediatizado por la red, y convertirlo a usted en una personalidad digital conocida, aunque anónima y acaso repugnante.
Por cierto, Eco decía que tal cosa “no depende de la tecnología, sino de la capacidad crítica de quienes la usan (…) el problema es reconocer la fuente y evaluar su autoridad.” Este es el caso contra el anonimato en las redes. Al otro extremo, los demasiado conocidos por vivir de la imagen que venden en Internet, conocidos como influencers, también hablan de todo con amplio desparpajo. ¿Será otra forma de anonimato, ser quien no se es? En China, por ejemplo, se les exige a estos comunicadores contar con formación acreditada en los temas que tratan. Es un paso. ¿Deberían las cuentas en redes responder al nombre real de la persona? Quizás la responsabilidad ayude a mejorar la calidad del debate que dicen proponer los dueños de las redes, en vez de rebajar la política y adorar a “salvadores sin pasado”, como diría Bergoglio. Aunque no será tanto negocio. Es que el anonimato propicia la impunidad. Pasa a ser una expresión de poder escondido atrás de un avatar pocas veces ocurrente. Es un debate que hace a las tecnologías, las prácticas sociales, los contextos culturales que no concluirá en breve. Por el momento urge desarrollar y potenciar el pensamiento crítico en todas las áreas, que es el filtro más seguro para cuidarnos como personas y como sociedad. No será fácil, pero hagamos eco de las palabras de abogado y patriota irlandés James Philpot Curran (1750-1817), quien afirmó en 1790 que “la eterna vigilancia es la condición con la que Dios otorgó la libertad al ser humano; si esa condición no se cumple, entonces la esclavitud será de inmediato la consecuencia de ese crimen al mismo tiempo que será el castigo”. «
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Es bandoneonista, compositor y ocasional cantor. Cree en la intuición, el cambio y la noche…