¿Cómo se relacionan el Mundial, Trump y las deportistas trans?

Por: Juan Bautista Paiva / Ludmila Fernández López

Los cuerpos de las atletas que compiten en los Juegos Olímpicos siempre han sido algo a controlar. Las extremas derechas usan al deporte para la batalla simbólica.

En marzo de 2026, el Comité Olímpico Internacional (COI) anunció su “Nueva política en la protección de la categoría femenina en el deporte olímpico”. En pocas palabras, se trata de la exclusión total de los Juegos Olímpicos de toda deportista que tenga alguna diferencia respecto del estándar de feminidad fijado por la institución. La medida no solo afecta a las mujeres trans, sino que todo indica que va a incidir sobre aquellas diagnosticadas con hiperandrogenismo, como la boxeadora argelina Imane Khelif, conocida en los Juegos de París 2024 a partir del hostigamiento digital que la envolvió.

Luego de varias décadas con la testosterona como protagonista en la regulación de la participación femenina, ahora la estrella son –otra vez– los genes. El índice de testosterona (un dato corporal que puede ser modificado) ya no fija los límites de elegibilidad, por lo que queda descartada la opción de recurrir a un tratamiento endocrinológico para descender los niveles hormonales y, así, poder competir. A partir de esta nueva norma, todo lo determina la presencia o ausencia del gen SRY. De esta manera, para las personas nacidas con dicho gen, la normativa se traduce en un veto de por vida.

Esta primacía de la genética no es inédita en la historia olímpica. Desde 1968 hasta fines de siglo, las atletas eran requeridas de someterse a un test que detectaba “el sexo verdadero” en los cromosomas. Para los Juegos de Sídney 2000, esta técnica fue abandonada tras varios escándalos. El más resonante fue el de la saltadora española María José Martínez Patiño, quien fue apartada de las pistas –y se le retiraron todas las medallas– tras serle detectada, en un test, una información cromosómica asociada históricamente al sexo masculino. Tras años de pelea y escarnio mediático, Martinez Patiño logró demostrar que su composición genética no la convertía en un hombre, y que el sexo/género de una persona es mucho más complejo que un solo dato aislado emergido de un test. En 1988, la española ganó la batalla, sus marcas fueron restituidas y pudo volver a correr, pero su carrera ya se había arruinado. Casi cuarenta años después, la dirigencia olímpica vuelve a inclinarse por la requisa genética para aprobar la feminidad de las competidoras. ¿Por qué?

En abril de 2025, asumió la primera presidenta mujer en la historia del COI. La ex nadadora olímpica, Kirsty Coventry, ya había anticipado como promesa de campaña que en su mandato iba a “proteger la categoría femenina”. Este posicionamiento puede leerse como respuesta a lo ocurrido durante los Juegos Olímpicos de París 2024, cuando se etiquetó falsamente a Imane Khelif como una mujer trans que aprovechaba su supuesta ventaja corporal para lastimar a sus oponentes. Entre los atacantes se encontraban referencias de la extrema derecha global –entre ellos, el presidente argentino Javier Milei–, quienes canalizaron su hostigamiento político contra la comunidad trans a través de denuncias contra el aparente “wokismo” del COI, que habría permitido competir a una boxeadora trans. Esto era falso. Khelif no es una persona trans. La discusión real en torno a ella tiene que ver con sus niveles de testosterona, etiquetados bajo el diagnóstico de “hiperandrogenismo”, condición que pone en zona de exclusión a un conjunto de mujeres a lo largo y ancho del mundo, en especial, a africanas y asiáticas, aunque hayan nacido con genitalidad femenina y sido criadas como mujeres.

Dos años después, es una realidad que no podrán participar de las competencias olímpicas las mujeres que se encontraron con la barrera del hiperandrogenismo al momento de acumular victorias en alguna prueba y, por consiguiente, levantar sospechas en el imaginario donde ninguna mujer ha de destacarse demasiado. Un caso emblemático fue el de la sudafricana Caster Semenya, campeona olímpica en carreras de pista y víctima de sucesivas exclusiones y reincorporaciones a lo largo de su trayectoria profesional. Semenya se cansó de explicar que nació y creció como una niña. Su porte fuerte, su voz grave y el hecho de ser lesbiana no la ayudaron a convencer a la opinión pública ni a la dirigencia, aunque esta última insista en que solamente se basa en evidencia científica para determinar las exclusiones. En este panorama, tampoco podrá participar ninguna mujer trans, salvo que aceptara hacerlo inscripta en la rama masculina de su especialidad, situación que a todas luces resultaría violenta y que ya ha sido señalada con preocupación por la ONU y otros organismos de derechos humanos que monitorean la cuestión.

La nueva política de elegibilidad no es ajena al escenario geopolítico global. El mundo hoy transita por una escalada de la conflictividad bélica. Según los datos ofrecidos por el Programa de Datos sobre Conflictos, los enfrentamientos entre distintos Estados se incrementaron de forma exponencial, alcanzando registros inéditos desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, el COI afronta múltiples desafíos sensibles, como la discusión por la reincorporación de atletas rusos y bielorrusos luego de más de cuatro años del inicio de la guerra ruso-ucraniana, las demandas por parte de atletas para dejar atrás el amateurismo en el olimpismo o las denuncias por organizar mega eventos que dañan el medio ambiente, como los próximos Juegos de Invierno 2030 en Los Alpes.

En este tablero global, las autoridades olímpicas (al igual que la FIFA) se alinearon ideológicamente con la gestión de Donald Trump. Una muestra de esto se materializó cuando, apenas dos meses después de la orden ejecutiva del primer mandatario para prohibir la categoría transgénero del deporte femenino universitario, el COI anunció su nueva política de elegibilidad femenina. Un lineamiento político donde, por momentos, las fronteras institucionales e ideológicas parecieran difuminarse con tal de garantizar sus negocios en Estados Unidos.

Este escenario abre toda clase de interrogantes. ¿Qué ocurrirá con las atletas que no se ajusten a los requerimientos de estos nuevos mecanismos de control? ¿Van a quedar descartadas, aunque lleven una década preparándose para representar a sus países en la contienda olímpica? ¿El futuro del olimpismo estará condicionado por las agendas de la ultraderecha en su «batalla cultural», y los pánicos morales contra la diferencia que desde aquí se fabrican? ¿Qué va a pasar con las agendas de la diversidad en las que el COI se ha sabido embanderar hace no tanto tiempo?

Las historias de Martinez Patiño, Caster Semenya o de Imane Khelif confirman que no es demasiado relevante para las normativas si se pertenece o no a la comunidad trans. Lo que en verdad parece importar es alentar el miedo a la diferencia y promover un único modelo válido de feminidad. En tiempos donde las extremas derechas ven en el deporte un espacio central desde donde dar la batalla simbólica, y con una continuidad de mega eventos alojados en el país de Donald Trump, seguiremos teniendo noticias de este estilo.

Ludmila Fernández López es comunicadora social, divulgadora y Doctoranda en Ciencias Sociales (CONICET-UNQ). Publicó el libro “Performance de género en el deporte de elite. Caster Semenya y la vigilancia sexo-política”. Juan Bautista Paiva es doctor en Comunicación, docente e investigador especialista en los estudios del deporte y la comunicación/cultura.

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