Como nunca antes la juventud vive un momento de incertidumbre. Mientras el desempleo en esa franja etaria duplica al promedio general, otros miles tienen trabajos precarios, sin derechos cubiertos. La imposibilidad de mirar a largo plazo. Historias que reflejan una época.

Conseguir el primer empleo formal se volvió uno de los principales obstáculos para miles de jóvenes. Durante el primer trimestre de 2026, la desocupación alcanzó el 7,8% y entre los menores de 30 años subió al 15,5% en las mujeres y al 14,6% en los varones. La diferencia generacional es abismal: entre quienes ya superan esa edad, las tasas descienden al 6,2% y al 5,2%, respectivamente. Sin embargo, conseguir trabajo no siempre significa acceder a un empleo registrado ni empezar a construir una trayectoria que permita pensar a largo plazo, con aportes previsionales, cobertura de salud o derechos adquiridos.
Entre quienes sí consiguen trabajar, muchos lo hacen a través de changas, monotributo, contratos temporarios o empleos no registrados. A los 21 años, Alan Núñez todavía no logró acceder a un empleo formal: «En mi caso no es una elección. Estudio Psicología en la UBA y, por la poca oferta laboral, hasta ahora solo me tocó hacer changas y trabajos familiares». La historia de Alan es una de las tantas trayectorias laborales que empiezan por fuera del empleo registrado.
Si durante décadas trabajar también significó empezar a construir una futura jubilación, ¿qué ocurre cuando ese primer empleo formal nunca llega o cuando los aportes se vuelven una excepción? Alan ya empezó a hacerse esa pregunta: «Siento que hoy hay pocas oportunidades de conseguir un trabajo estable, sobre todo para los jóvenes. Pienso que puede afectar mi futuro y la posibilidad de jubilarme algún día».
Ingresar al empleo registrado dejó de ser el punto de partida de muchas trayectorias laborales. Para Hernán Letcher, economista y director del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), el crecimiento de la informalidad responde a “un mercado de trabajo expulsivo», donde cada vez menos personas acceden a un trabajo formal: «El récord de informalidad no me sorprende para nada. Era claramente esperable».
Esta primera lectura de Letcher encuentra respaldo en que “entre el primer trimestre de 2024 y el mismo período de 2026 se crearon 603.600 empleos no registrados, mientras se destruyeron 246 mil puestos registrados”, según datos del CEPA.
La dinámica, explica el director del Centro, empuja a muchos trabajadores hacia changas, empleos por cuenta propia o actividades informales como única opción de inserción laboral. Desde el oficialismo político y mediático se impulsa el «emprendedurismo» como figura que esconde la precariedad del trabajo formal actual, un proceso que ya venía ocurriendo desde mitad de la década pasada y que hoy llega a niveles inéditos.
Pero entrar al mercado laboral ya no es el único desafío. Para quienes consiguen trabajo, la pregunta pasa a ser en qué condiciones logran hacerlo y qué futuro puede construirse cuando los aportes son cada vez más discontinuos.
Ludmila Herrera, de 22 años, encontró en el tatuaje una forma de sostenerse mientras estudia la facultad. «Es un trabajo que yo elegí porque es el que más me conviene para tener disponibilidad horaria para estudiar tranquila», explica. Sin embargo, aclara que no imagina esa situación como un proyecto permanente: «Aspiro a tener un trabajo estable y formal para así poder jubilarme. No desearía cobrar la mínima, sería bastante complicado mi futuro».
El recorrido de Sofía Cambours muestra otra cara del mismo fenómeno. A sus 24 años ya trabaja en el ámbito de la Educación Física, pero nunca tuvo un aporte para su jubilación porque «la mayoría de las oportunidades que aparecen son en negro y mal pagas».
Asegura: «En la desesperación que uno tiene como joven de empezar a trabajar, es lo primero que encontramos y lo tomamos porque es eso o nada. Pero la realidad es que te ves muy desprotegido. Uno piensa en el presente y en las necesidades del día a día. Entonces eso queda un poco en segundo plano».
Detrás de esas historias aparece un dato que dejó de ser excepcional y se vuelve cada vez más alarmante. Así lo dice el propio INDEC: “En el primer trimestre de 2026, la tasa de informalidad fue de 44,2% y presentó un aumento de 2,2 puntos porcentuales respecto al mismo trimestre del año anterior”. En cifras, hoy casi 10 millones de personas tienen empleos informales: el nivel más alto de los últimos años.
«Creo que sí hay oportunidades de trabajo estables, pero depende de cómo uno vea la estabilidad», reflexiona Andrés Mannini, de 21 años. Su mirada introduce un matiz que atraviesa buena parte de las historias: el cultural, de la nueva generación. Además de cambiar las condiciones laborales, también cambió la forma en que muchos jóvenes entienden la estabilidad: «Hoy alguien puede tener un trabajo seis meses, cambiarlo y considerar que eso también es estabilidad. El trabajo está siendo muy de esta época: tomar algo y dejarlo rápido«. La generación short.
A más de 900 kilómetros de distancia, en Chaco, Agustín Sandoval, de 39 años, demuestra que esa incertidumbre no desaparece con el paso del tiempo ni con un título universitario. Es arquitecto y trabajador independiente. Reconoce que las certezas que antes parecían asociadas al ejercicio de una profesión actualmente resultan cada vez más difíciles de alcanzar: «Hoy no hay posibilidades laborales que te den una mínima estabilidad. No sabés cómo va a ser el mañana».
Además, reflexiona: «Esta es una economía no apta para imprevistos. No te enfermes, no le escuches ningún ruidito al auto…». Esa economía ajustada y falta de certezas lleva a fenómenos sociales que se agravan, por ejemplo la mayoría llega a los 30 y no puede independizarse de sus padres.
En Corrientes, Sebastián Fruto, de 38 años, trabaja como jardinero algunos días de la semana mientras termina la escuela secundaria y proyecta abrir una verdulería. «Antes estaba solo y trabajaba para mí. Ahora tengo una compañera y sé por qué me gustaría progresar», cuenta. Y reconoce que «antes no me generaba nada, pero hoy sí me interesa el tema de la obra social, del monotributo y del aporte jubilatorio».
Para Eugenio Semino, defensor de la Tercera Edad, ambas generaciones están más conectadas de lo que parece. «Los viejos somos el espejo que adelanta para el joven, y el joven es el espejo que atrasa». Sebastián ya empezó a mirarse en ese espejo: «Mañana voy a ser un anciano y no tener aportes es como decir: ‘¿para qué tanto trabajo si al final nada te sirve?'».
«La dinámica del mercado laboral es que una persona puede pasar de un empleo registrado a una changa o a un trabajo por cuenta propia». Para Hernán Letcher, de CEPA, ese recorrido dejó de ser una excepción y se convirtió en una característica del mercado laboral actual: «Se reivindica la idea de que lo mejor es ser autónomo». Aunque advierte que esa mayor autonomía muchas veces convive con vínculos laborales más inestables y con menor protección.
También cuestiona los cambios recientes en la legislación laboral. «El incentivo está dado para que vos no registres al personal, así que era obvio que iba a subir la informalidad», sostiene.
Para el economista, estos cambios no son aislados: «Es parte de la política del gobierno de construir o convertir a la Argentina en un país al estilo Perú».
A su entender, detrás de la expansión de la informalidad también existe una discusión sobre el modelo laboral y previsional que se busca consolidar.
¿Qué futuro jubilatorio le espera a quienes hoy trabajan en la informalidad? El largo plazo se vuelve una quimera en tiempos de precariedad. Difícil proyectar si se trata de sobrevivir al presente.
Para Eugenio Semino, defensor de la Tercera Edad, el problema excede el aumento de la informalidad o los aportes discontinuos. A su juicio, el mercado laboral cambió más rápido que el sistema previsional y eso obliga a discutir cómo sostener la seguridad social en un escenario muy distinto al que le dio origen.
«Hay que dejar de pensar en el fordismo y ver cómo financiar desde otro lado la seguridad social –plantea–. Los modelos productivos han cambiado. Va a haber cada vez menos trabajos registrados en términos formales». En ese contexto, considera que seguir pensando la jubilación únicamente a partir de trayectorias laborales continuas deja afuera a una parte cada vez mayor de trabajadores.
Semino sostiene que esa transformación también modificó la relación entre generaciones. «Hoy los jubilados se mueren de hambre, porque lo que llamamos ‘sistema previsional’ en Argentina es un sistema de subsidio a la vejez, y los jóvenes no saben qué van a hacer de su vida», afirma el especialista en personas mayores.
Según explica, esa situación ya tiene efectos concretos sobre el mercado laboral, que se extiende más allá de la jubilación formal, lo que hace que también haya más demanda de personas para menos puestos laborales disponibles. «Está pasando desde hace tiempo que la persona que se va a jubilar viene a ver cómo seguir trabajando porque sabe que, si cobra la mínima, es un tiro en la cabeza. La tasa de sustitución real es del 50%, por lo tanto, busca trabajo para mantener su pequeño estándar de vida durante su jubilación. Lo más llamativo es que hoy hay una tensión donde ese viejo le está sacando el trabajo al joven, porque no se generan nuevos empleos en Argentina».
Meterse en el mercado formal requiere en la mayoría de los casos contar con estudios y formación. Eso hoy también está en baja. No hay programas en Educación de Nación, por lo que queda supeditado a cada jurisdicción, mientras se asfixia a las universidades y se recortan becas y sube el transporte. La brecha social vuelve a crecer: acceden los que más tienen.
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