El cine como expresión y herramienta. Sí, pero sobre todo el cine como sala, un lugar y sitio de inmersión social y catarsis temporal con amplia concepción de lo lúdico también, ya que desde pibe, en sus espacios, me he reído, llorado, concientizado, enamorado. El cine fue para mí un claustro fundamental de educación y alimento espiritual, artístico. También, como todo un ciudadano de esta urbe hoy, como en casi todo el mundo, ya asiste al funeral de su fenómeno social. No me dejan mentir tantos espacios que contagiaban el agite cultural en las cintas de épocas, y que hoy, si no los ocupa un bingo, tal vez sean ya el búnker de una iglesia evangélica o de un supermercado, lugares a los que, sin embargo, no puedo separar de lo que significan en nuestra cultura: siguen siendo a su modo y devenir, un reflejo contemporáneo.
El pibe
Recuerdo enamorarme de Marina Magalí, saliendo del 25 de Mayo después de ver Nazareno Cruz y el lobo, casi corriendo a la hora de salida de su colegio secundario, unos días después cuando me enteré a cuál iba o dejaba ya de ir, ella con la fama a cuestas, al fin. Me acerco cerrando los ojos, divertido y pendejo a la joda al caramelero del cine Devoto, un sábado más de tantos, para una maratón de cine que en esos tiempos nos resultaba hot: nos ubicábamos en distintas butacas, separados entre nosotros y lo llamábamos, que chist que chast, al unísono para confundirlo. Obviamente no comprábamos ni una cajita de Sugus. La «Coca» Sarli, bajo sus tetas, nos salvaba del destierro en modo fellinesco.
El progre
El encanto de ser clase media, su pertenencia y legitimidad en el palo progre, espacio cultural en el cual el cine es un espejo amable y también incómodo para propios y extraños en Argentina, tiene mucho de ese tira y afloje; pero sobre todo lo más parecido a un corset que aprieta e interpela para dejar, como constancia, el paso de lo «mediopelo» apretado en modo crítico sobre las manifestaciones culturales.
Vi hace poco una película de los ’60: El vacío del amor (en italiano La Notte), dirigida por Michelangelo Antonioni. Film de culto que pintaba a la clase media de su tierra italiana, tan europea como mediterránea, llena de pretensiones y aburrimientos, contradicciones y cotidianeidad pintoresca. Pero claro que, en el trasplante, ese estilo que luego se adopta aquí a la criolla, en modo elegante y dulzón, alternativo y sofisticado, como para intentar reflejar vidas y relaciones entre ellas, sin atender el entorno ni el origen de una clase media baja o media, que ya no respondían a esos cánones. Me generaron una fastidiosa amplitud de relato social ajeno. Como, declamando ofuscado, mentara, Caetano Veloso. Y sin comparación, sobre una imprevista y sonora interrupción abrupta de un concierto propio en Brasil, que el bahiano diera luego de su exilio, y que ante un público hostil y militante de izquierdas, soltara: «Ustedes van a matar, siempre mañana, al viejo enemigo que se murió ayer». Por eso calculo que gran parte del cine argentino, heredero de esas posturas, y salvo honrosas excepciones a mi criterio en su mayoría, me aburrieron tanto…
Francella, su cara, sus ojos de cielo de europeo que cayera de los barcos sin querer, comparado mal por mí ahora con el mítico Marcelo, quien con su aura, su captación de ambiente, era la viva encarnación del ser… Y el otro fue siempre la coptación mediática y suave del votante antiperonista careta y finalmente feroz, un captador de público de portero buche ferviente y pleno de frivolidad que mandaría en cana a cualquiera de los personajes de Passolini que pintaran en la esquina de su casa. «¿Quién sabe que nos espera?», dice el magnate años ’60. Quizás nuestros privilegios serán pisoteados y quedará como una suerte de estigma a resolver fuera de parlamentos. El vacío de la clase media es la entraña de la nalga existencial como paleta que expulsa de pechito al osobuco de la falda.
Lo popular
Con la próxima anécdota, cierro esta crónica de amante despechado del cine, lugar que se escurre hoy, exitoso y familiar entre plataformas digitales. Tal vez sea yo sólo un mero navegante sin fortuna en las nieblas de un corazón agrietado que apenas deja asomar un yuyo verde atemporal y furtivo como tabla.
Fuimos aquella tarde juntos al cine con mi vieja a ver Sur, al centro. Partimos en un 115 desde el «más allá la inundación» que era Soldati (o es, ¿no se inunda más?) al Lorca. Cine que adoro y extraño en esta distancia geográfica actual que me lleva a estar en Zaragoza tan cerquita del Ebro y escuchando que por la calle pasa una comparsa de Cabezudos, en una escena buñuelesca. Pasa la formación por debajo ahora, saludándome un moro gigante.
La cosa fue que cuando en la cinta aparece por primera vez el Polaco, (lo deben recordar muy bien), mi vieja conmovida, a la vieja usanza barrial, se puso a aplaudirlo. Un burgués progre y pequeño pequeño que estaba al lado, la quiso hacer callar como espantado, como si mi vieja hubiera atentado contra el orden de la cinematografía mundial y perpetrado una injuria cultural, un caño al evangelio, casi como la de aquella feligresa del Ecce Homo cerquita de aquí, qué curioso, en Borja. Claro, mi reacción fue cercana a lo Gatica y el tipo tuvo que correrse a otra fila antes de que todo se desbordara y las aguas bajaran turbias por los pasillos…
Leones en el cine
Adoro ese entrañable silencio de cine. Lo incorporé a prueba de interrupciones caseras de living o dormitorio, cuando nos quedábamos en cuerpo a cuerpo esperando el religioso comienzo, y en la sala sólo se oían ventiladores y el sonido de la cinta por arrancar, que algún caramelo desenvuelto, que una tos pasajera (no había celulares que apagar). Solo el espacio como templo protector común transformado por un run run de copia, un noticiero, una publicidad, o un poderoso león que no es este que nos invade sin talento ni ensueño, una replica desgraciadamente humana que atenta contra el cine y el arte en general, rugiendo en la arena con un estertor ya inminente que se hace insufrible de ver y soportar por nuestros lomos penitentes en cada calle y en cada hogar donde la pantalla es una realidad sin interrupciones comerciales.
Volvamos pues al cine. Que no fue magia construirlo desde la primitiva cinta, pero si fue, es y será una industria impredecible de humanidad, y contiene lo mágico expuesto por artistas en todas sus facetas alumbradas por su ensamble irrepetible. Y que se distribuya por siempre en las mejores salas de la memoria.
Besos de esquina y abrazos de cancha.
