La actriz se pone en la piel de Clara del Valle en la adaptación televisiva de "La casa de los espíritus", la célebre novela de Isabel Allende. La producción cruza dictadura, memoria histórica y realismo mágico latinoamericano.

-¿Cuáles fueron los desafíos de componer a Clara, un personaje tan valeroso como etéreo y evasivo de la realidad?
—Leí la novela de Isabel Allende a los 17 años y me encantó. Es un ícono de la literatura mundial. Cuando me llamaron para interpretar a Clara tuve que hacer el trabajo de desprenderme un poco de la fascinación que me habían provocado tanto la novela como el personaje. Después de tantos años de actuar, es fácil entregarse a un trabajo organizado por el guion, las directoras, los directores y los showrunners, pero también sé que debo sumar algo propio, íntimo, de mi universo personal. Siempre necesito poner algo mío en los personajes. Cuando te apoyás en algo muy personal, terminás hablando en nombre de muchas mujeres. Lo hice en Blondi, en Belén y lo hago siempre. Parto de mi universo afectivo para llegar a algo universal. Pero, además, Clara es un personaje tan único que hay algo de su magia que te atraviesa como persona y lo único que podés hacer es dejarte poseer por esa energía.
-¿Qué opinás sobre la versión cinematográfica anterior de La casa de los espíritus?
—La película fue muy resistida, sobre todo por el público chileno. Yo no tengo nada contra esa versión: al contrario. Como no soy chilena, no hay una cuestión nacionalista que me moleste. Cuando se estrenó, agradecí que existiera y que estuviera interpretada por Meryl Streep y Jeremy Irons, dos actores que admiro muchísimo. Que ahora me convoquen para hacer un personaje que hizo Meryl Streep es muchísimo en términos profesionales. Clara no es como el Che Guevara, que sentimos más propio y de pronto lo ves interpretado en inglés por Omar Sharif y te da repelús. Igual entiendo a nuestros hermanos chilenos y la incomodidad que les generó una película filmada en inglés. Ahora sienten que se le hace justicia a la novela porque se filma en su idioma original y con intérpretes mayoritariamente latinoamericanos.
-La novela de Isabel Allende fue escrita en 1982. ¿En qué aspectos conserva su actualidad o cómo fue aggiornada la serie para hablar del presente?
—La serie interpela a la época actual en muchos sentidos. El gran villano de la historia, Esteban Trueba, es como Milei: un ser senil, machirulo, violento, prepotente, un viejo de alma que dice cualquier cosa contra quienes se oponen a su forma de pensar y reacciona con maltrato y agresión frente a todo aquello que no entiende. Por eso termina entregando a su propia nieta al abuso y a la tortura de la dictadura. Los discursos de odio contra el presidente socialista chileno que desembocaron en la dictadura son similares a los de Milei y sus secuaces, que dicen cualquier cosa sobre los comunistas, los “zurdos”, como los llaman despectivamente. La actualidad de la serie también aparece en el lugar que ocupan las mujeres. Son las figuras redentoras, las agentes políticas más capaces de transformar el mundo. Son generaciones de mujeres que se sostienen entre sí y dejan para las siguientes un legado de valentía y lucha por una sociedad más igualitaria.
-En este mismo sentido, ¿cuál te parece la importancia política de estrenar la serie en pleno auge de los neoliberalismos más crueles en América Latina y Estados Unidos?
—La serie aborda el pasado para interpelar el presente. Para todas y todos, y especialmente para las mujeres, es importante recordar de dónde venimos y a qué lugares no queremos volver: sistemas patriarcales, abusivos y profundamente desiguales. La ficción recuerda que los derechos tardan años en conquistarse y pueden perderse muy rápido. También es importante que la serie profundice el contexto histórico de la dictadura chilena, algo que en la película original estaba más desdibujado. En tiempos de discursos negacionistas y de quienes ponen en duda a los 30 mil desaparecidos, es necesario volver a mostrar cómo funciona el terrorismo de Estado. Cuando se pone en marcha una maquinaria represiva, la violencia termina alcanzando incluso a quienes la impulsaron. La serie recuerda que aquello que no se nombra ni se recuerda con precisión puede volver a repetirse. Actualmente hay gente muy ignorante. Son monos con navajas que terminan siendo peligrosos. Esteban Trueba también es un mono con navaja y es su propio accionar el que finalmente se vuelve contra él.
-¿Cuáles te parecen las principales diferencias entre la novela y la serie?
—Una de las diferencias centrales está en el tratamiento de Esteban Trueba. Hace poco vi a Isabel Allende en una rueda de prensa y una periodista le preguntó si odiaba al personaje. Ella respondió que le inspiraba más pena que odio. Creo que en la novela hay una mirada más compasiva hacia él, un hombre desmesurado que no sabe amar como corresponde. En la serie, en cambio, encarna de manera más directa un sistema patriarcal caduco y vetusto. Además, es el único personaje interpretado siempre por el mismo actor, Alfonso Herrera, una decisión artística muy significativa.
-¿Cuáles son las escenas que más te conmovió interpretar o que te resultan centrales para entender a Clara?
—Me conmueve mucho la escena en la que Clara recupera algo de sí misma después de que su marido la golpea y le vuela los dientes. Cuando vuelve a colocárselos, recupera también cierta dignidad y el control de su vida. Era una escena muy delicada porque había que mostrar cómo alguien transforma el dolor en fortaleza y compromiso social. La Clara joven, que interpreta espléndidamente Nicole Wallace, está presa de un destino que debe cumplir. Después de sufrir violencia de género, Clara transforma toda esa energía en compromiso con los demás. Otra escena que me conmueve es la del funeral de Clara, con las flores flotando alrededor de su cuerpo.
-Después de Blondi y Belén, ¿cuáles son tus próximos proyectos?
—Estoy trabajando en varias cosas a la vez. Voy a actuar en una ficción y pronto se estrena una película de la que todavía no puedo hablar. Además, estoy escribiendo mi tercera película y pensando la cuarta.
-¿Cuánto hubo de preparado y cuánto de espontaneidad en tu discurso tras ganar el Premio Goya por Belén?
—Lo tenía escrito y preparado de antemano. No sabía si iba a ganar, pero sentía que, si sucedía, no podía desaprovechar ese minuto frente al micrófono. Siento la responsabilidad de denunciar lo que hacen estos nuevos gobiernos neoliberales. No digo que sea obligación de todos los artistas, pero si una tiene un lugar desde donde puede decir algo, para mí sería absurdo no aprovecharlo. «
Miniserie de ocho episodios. Guion y dirección de Andrés Wood y Francisca Alegría. Con Alfonso Herrera, Dolores Fonzi, Nicole Wallace, Maribel Verdú y Fernanda Castillo. Disponible en Prime Video.
Con La casa de los espíritus, Isabel Allende ofreció una de las versiones más populares del realismo mágico latinoamericano, un movimiento que tuvo su auge en los años sesenta con autores como Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier y Juan Rulfo.
-Tenemos un presidente que se vanagloria del ajuste y la represión y usa una motosierra como símbolo. ¿Cómo imaginás que sería construido como personaje dentro del realismo mágico?
—Descreo un poco de la idea de realismo mágico. Creo que es una etiqueta creada para que Europa pueda explicar ciertas formas de vida latinoamericanas. La magia tiene que ver con nuestras raíces, nuestras tradiciones y la forma en que vivimos la cotidianeidad. En muchas familias existen mujeres con intuiciones premonitorias, sexto sentido o saberes vinculados a lo espiritual, y eso convive naturalmente con la vida diaria. Son formas de pensar ajenas al pensamiento supuestamente racional europeo o estadounidense. Hay que conectar con esas dimensiones del ser humano que no parecen racionales y que, sin embargo, tienen un fuerte poder afectivo y subversivo. En relación con el gobierno actual, prefiero hablar de un “realismo absurdo”. Lo que vivimos es tan insólito que parece una pesadilla.
-¿Cuál es la función política del cine en tiempos del realismo absurdo?
—Siento que el cine es un lugar de resistencia. Hay que filmar con urgencia, no sólo por necesidad personal sino también para sostener a los equipos técnicos. El cine devuelve memoria e identidad: nos recuerda quiénes somos. En tiempos de turbulencias políticas y discursos absurdos, el cine funciona como refugio y como espejo. A veces parece agotador luchar contra algo tan brutal, pero los gobiernos pasan y los pueblos quedan. Mientras tanto, hay que seguir haciendo cine de manera urgente.
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