El documental reconstruye uno de los partidos más intensos de la historia del fútbol y el contexto político que lo rodeaba. México ’86, los dos goles imposibles de Maradona y un país buscando algo más que una victoria.

Así fue, más o menos, todo el proceso de hacer El partido, el documental que reconstruye el Argentina-Inglaterra del Mundial de México 86 —el partido de la Mano de Dios, el del Gol del Siglo— y que, después de presentarse en Cannes, llegó a los cines argentinos el 21 de mayo. Cabral y Franco son amigos desde hace más de diez años; los dos trabajan en publicidad, los dos son muy futboleros, y los dos se metieron en un viaje que duró años y del que, admiten, todavía no terminaron de salir.
Todo empezó con el libro homónimo de Andrés Burgo. Cabral lo leyó, se lo dio a Franco y le dijo: “Leelo, porque tenemos que hablar”. “Hay algo ahí que es como la Biblioteca de Babel de Borges: el partido lo condensa todo, es infinito”, recuerda. En un cumpleaños de Cabral, Franco le preguntó si no podían hacer un documental. Y ahí arrancó.
Desde las primeras charlas, lo que más atraía a Franco era la visión de su socio: intentar que la película estuviera a la altura de la premisa. “Nosotros hablamos de que es el partido más icónico de la historia del fútbol”, dice. “Para lograr eso había que buscar cierta objetividad, no quedarse en el argentinismo básico, y conseguir que el partido como evento se celebrara por lo que fue: algo que excede lo futbolístico, lo deportivo”. El deseo era tan ambicioso que rozaba el delirio: que la vea un estadounidense que no sabe nada de fútbol y se apasione: que la vea un “termo” de acá y diga que es la mejor película de fútbol que vio en su vida. Condensar todo en 91 minutos —los mismos que duró el partido— y que, a la vez, sea un viaje cósmico.
Para llegar ahí hicieron falta más de setenta proveedores de archivo. Hubo momentos absurdos, como cuando el embajador argentino en Túnez tuvo que ir a la casa del árbitro del partido a pedirle una foto. Ese tipo de gestiones. Y hubo imágenes que no podían creer que existieran. “Para mí hay algo que está encriptado en la película”, dice Franco, “un mensaje que no hay que poner en palabras”. La paloma del entretiempo es una de esas cosas: suena a fábula, pero es real, y para ellos define mucho el espíritu de lo que hicieron.
Una de las ideas más potentes que sumaron al libro original fue juntar a los jugadores de los dos equipos frente a una pantalla, mostrarles material preeditado del partido y filmar sus reacciones. Llevarlos en un viaje, hacer que revivan todo desde un espacio neutro. “No queríamos que fuera solo un documento”, dice Cabral. “Queríamos que excediera eso”. Lograrlo no fue sencillo. Cabral le mandó un mail al representante de Gary Lineker, se comunicó con Peter Shilton, el arquero inglés, pero el exjugador no quería saber nada. Fue Juan Pablo Sorín quien los ayudó a reunir a los del ’86. En paralelo, Cabral terminaba otra película y Franco trabajaba con los editores armando el archivo. Un equipo de archivistas coordinados por Andrés Levinson hizo un trabajo, dicen, tremendo.
Lo que sucedió en cámara cuando los jugadores se vieron entre sí, cuando ingleses y argentinos compartieron ese espacio después de cuarenta años, es algo que los directores no quieren revelar. “Están unidos para toda la vida esos tipos”, dice Franco. Y hay cosas que no quedaron resueltas: el conflicto de Shilton con la Mano de Dios sigue ahí, como una espina, cuatro décadas después. Pero la película no quiso resolver nada artificialmente. “Queríamos aflojar ciertas tensiones, humanizar a los personajes, nada más”.
La pregunta que les hacen seguido —si no estaban dándole demasiada trascendencia a lo que, al fin y al cabo, es un partido de fútbol— es una que ellos mismos se hicieron. La respuesta de Franco es directa: el partido condensa todo. Cualquier acto humano es político aunque no sea político. Argentina era veintidós tipos que cargaban con todo lo que el país estaba viviendo. Bilardo les decía que estaban representando a un país, y que si les iba bien era la gloria para siempre. “Eso es un cuento lindísimo”, dice Franco, “y también es real”.
Para Cabral, lo que está en juego en cada Mundial es algo parecido. Dice que se enganchó al fútbol de chico porque su abuela, que nunca veía nada, un día al mediodía estaba frente al televisor. Le preguntó qué miraba. “Un Mundial”, le dijo ella. “Los mejores jugadores de cada país se juntan a jugar con los mejores de los otros”. Le pareció increíble esa idea del juego como algo planetario. “Y después están los doscientos años de historia que están en las espaldas de esos jugadores, aunque ellos no lo perciban en el momento”, agrega. “Lo dice Lineker, lo dice Valdano. El primer tiempo fue medio aburrido, no pasaba nada, y eso es por el peso de la historia ahí, la tensión alrededor del Azteca”.
Ante la Mano de Dios, la película no toma partido. Dice, con cierta ironía, que en el fútbol hay justicia, como en la vida. No siempre. Para los ingleses el tema del cheating sigue siendo un asunto enorme. Para los argentinos era otra filosofía: así se juega el fútbol. “Distintas visiones del mundo puestas en juego en 91 minutos”, resume Franco. Lo que a Cabral le parece hermoso es que esa discusión no se cierra. En las canchas argentinas todavía se canta “el que no salta es un inglés”, y son canchas construidas por los ingleses; y a veces se lo hace mirando shows de bandas inglesas. “Hay algo medio absurdo en todo eso, y también algo muy humano”, dice. “¿Cuándo empieza un conflicto y cuándo termina? Eso es lo que me fascina”.
La invitación a Cannes llegó después de que Franco le mandara un mail a Thierry Frémaux sin conocerlo, sin adjuntar ningún link de la película, solo contándole lo que habían hecho. La respuesta fue: quiere verla, la ve esta semana. Frémaux vio en ella territorio, vio sanación de heridas, vio lo fabuloso de discutir el conflicto. Para Cabral, Cannes es una pequeña luz. “Que un holandés, un francés, alguien que no sabe nada de Malvinas ni del ’86 pueda apasionarse con lo que está viendo”, dice. “Ese era el deseo. Todavía no puedo creer que haya pasado”. «
De Juan Cabral y Santiago Franco. Con testimonios de Jorge Valdano, Gary Lineker, Oscar Ruggeri y Peter Shilton. En cines.
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