En las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, una expedición humana llega a Marte y aterriza en un pueblo idéntico al de sus tripulantes. Allí encuentran a sus padres, madres y familiares muertos, creen que es un milagro pero en realidad son los marcianos disfrazados. “¿Qué arma podrían usar contra nosotros?”, se pregunta uno de los astronautas, “telepatía, hipnosis, distorsión de la realidad”. Los marcianos, poderosos y hábiles en el juego del engaño, confunden a los humanos, se disfrazan de lo que no son, adquieren falsas formas que representan el bien, el amor, lo políticamente correcto –son, en apariencia, humanos hospitalarios y generosos- y así logran asesinarlos por la noche. “¿No sería espantoso y terrible descubrir que todo esto es parte de un inteligente plan con el que pretenden separarnos, vencernos, suprimirnos? ¿Estaremos jugando con algo peligroso?”.
La campaña anti-Argentina que desencadenó el Mundial demuestra de manera burda dónde estamos parados: en un mundo estupidizado y carente de pensamiento crítico, donde la distorsión de la realidad, la manipulación del discurso y la inversión de roles -el que detenta el poder se disfraza de víctima para atacar y destruir al vulnerable-, son las armas con las que intentan rompernos, o por lo menos domesticarnos, volvernos sumisos, calladitos. Así la derecha adopta como propia la palabra libertad y la vuelve eslogan, el odio de los países colonialistas se disfraza de progresismo, y la envidia de los cobardes nos acusa de atrevidos.

El poder castiga la desobediencia: un pueblo empobrecido del sur de Latinoamérica no puede tener la valentía de sacar una bandera a la cancha –una bandera improvisada, hecha con una sábana de hotel y pasada de contrabando- y dejar al descubierto del mundo entero el conflicto de Las Malvinas. Claro, no es sólo fútbol, no hay ingenuidad ahí, no son once varones “termos mononeuronales” corriendo detrás de una pelota y ya. Es la potencia de los cuerpos en movimiento, cuerpos fuertes, mestizos, hermosos que desafían las reglas para hacer justicia poética en cuero, húmedos y brillantes de transpiración después de darlo todo en un partido que era mucho más que un partido, riéndose en la cara de la prohibición y las buenas costumbres de los que pretenden ser patrones del mundo. Es la representación del coraje. La Scaloneta eligió desobedecer y abrazar a la memoria colectiva, insistir en la alegría popular, en la ilusión. ¡Civilización o barbarie!, gritaron del otro lado, los indignados de peluquín. Y nosotros, medio desnudos y salvajes, nos volvimos a reír.
Y qué orgullo, qué fiesta ser argentina. Qué fiesta el juego, lo imprevisible, la revancha política-histórica que nos dieron, que nos dimos, la rebeldía, la fuerza del deseo que arrasa al poder y al intento sistemático de destruirlo todo. Qué hermoso fue volver a ver las calles del país llenas de bailes, canciones y fernet. Gente joven, gente vieja, rubios, morochas, marrones, chicos, chicas, trans, distintas clases sociales, géneros y colores, todos mezclados. La gracia del pueblo le ganó una vez más a la represión y al negacionismo de su gobierno. Qué fiesta los desvíos. Qué alegría la posibilidad de un nosotros otra vez, lleno de fuerza y belleza, así de vivo. Eso es lo que castigaron, eso es lo que no se podía permitir. Claro, algo raro pasó, no iban a dejar que todo esto fuera gratuito. Lo que no pudieron prever fue que la campaña para aniquilarnos disfrazándose “del bien” sólo iba a volvernos más fuertes y más argentinos que nunca. Más irreverentes, más orgullosos, con la argentinidad al palo. Que vengan ahora los falsos progres bienpensantes a pedir perdón, los pasados por lavandina, los ricos del mundo, los apostadores de diván, los xenófobos enmascarados, esos que nada saben de pasión, barro, riesgo y amor. Que vengan, y que no nos importe, que les demos una vez más la espalda, porque no necesitamos su consentimiento ni su aprobación. El gesto de los jugadores fue enorme, desafió las prohibiciones, desafió los discursos que hacen de este mundo hermoso, un mundo roto; y lo mejor de todo: nos despertó del letargo. ¿Y ahora qué? ¿Qué vamos a hacer con este precioso y salvaje cuerpo colectivo de 46 millones de personas que no dejamos de cantar «Por Malvinas / Por el Diego / Por la última de Leo»? ¿Adónde va esa fuerza, en qué la vamos a convertir?
Es una época confusa, hay que andar alertas porque nada es lo que parece. Las redes sociales y las discusiones anónimas, bidimensionales, plagadas de trolls y de falsos humanos, extreman los discursos de odio, la estupidez y la mentira. En La Odisea, la hechicera Circe transforma a los guerreros que vuelven a Ítaca en cerdos, mostrando así su verdadera naturaleza. En el mundo del revés, los países históricamente racistas nos acusan a nosotros, tercermundistas de fronteras abiertas, de ser segregacionistas; las potencias que forjaron su poder gracias a la sangre y el sudor de sus colonias, gritan ahora que representamos el mal sobre la tierra. “Jamás convertí a nadie en cerdo. / Algunos hombres son cerdos, yo les di / aspecto de cerdo”, escribe Louise Gluck en el poema «El poder de Circe». “Estoy harta de este mundo vuestro / que permite al exterior disfrazar el interior”. «