El estudio de la Iglesia católica es una materia siempre fértil en enseñanzas históricas y desafíos metodológicos. Tanto es así, que hasta existe una rama del conocimiento acaparada por los llamados “vaticanólogos”, también expertos en escaleras y protocolos pontificales, esenciales para entender un universo donde la forma es el fondo. Digamos que tenemos bastante material sobre el tema, nunca inocente, aunque al menos habilita una reflexión a mediado plazo.
Quizás asistimos en vivo y en directo al reencarrilamiento de la Iglesia Católica en las vías del Concilio Vaticano II. Recordemos que este “aggiornamento” fue lanzado en 1959 por el expatriarca de Venecia Angelo Roncalli apenas tres meses después de ser Juan XXIII. El objetivo es poner a la Santa Madre Iglesia al día de hoy, en tiempo y espacio. El trabajo fue continuado por Pablo VI, que concluyó el Concilio en 1965 y arbitró entre las interpretaciones. A este Papa Montini le sucedió Juan Pablo I, que duró poco. También era Patriarca de Venecia. Esa muerte inesperada abrió las puertas a todas las suspicacias y por allí entró el viento del norte. Quedaba clara la interna: por un lado la posición del “catolicismo en un sólo país”, sostenida por el Papa Wojtila y luego el Papa Ratzninger, de posiciones tan cerradas como conservadoras. Asunto complicado: la Ciudad de Vaticano cuenta con apenas 44 hectáreas. Tanta fe concentrada en tan poco lugar sólo puede engendrar sectarismo. El viento del sur, más cálido en esas latitudes, vuelve con la renuncia de Benedicto XVI, un hecho inédito en el papado: el anterior caso es de hace seis siglos. Es que al contrario del mar, las aguas más o menos tranquilas de la superficie de la Iglesia esconden oleadas submarinas que empalidecen tsunamis. Y nosotros apenas apreciamos la espuma. Es así como el Papa Francisco retoma las definiciones del Concilio Vaticano II, que a esta altura podemos decir que supone “el catolicismo permanente”. A prueba de ello el interés que concitó la Iglesia en sectores creyentes que estaban alejados, tanto como en agnósticos y hasta entre ateos. Quizás no hubo tantas conversiones, pero sí consideración. Y eso era lo importante. Existir extramuros.
Porque el mundo ya no era el mismo, ni con las mismas ideologías. La nada dejada por la posmodernidad que vació de sentido todo contenido -o de contenido todo sentido, sé igual- legó un campo casi libre para que el Papa Bergoglio retomase los lineamientos conciliares definidos, acorde a las características del tiempo que le tocó vivir. Un ejercicio de conducción política donde las reformas hacia adentro buscaban la legitimidad fuera de los palacios vaticanos, y donde las reformas hacia afuera supieron conseguir los cuadros competentes desde adentro. Como siempre, la perfección de la obra no puede ser observada por el artista, pues es en el legado que se reconocen las obras, incluso para los pontífices.
Después de algunos meses, León XIV factura una encíclica sobre la centralidad del ser humano. Repasa la Doctrina Social de la Iglesia, pues al futuro se entra con todo el pasado, y al mismo tiempo ataca el centro de la acumulación capitalista digital que parece dominar occidente, la llamada Inteligencia Artificial. Pero no lo hace contra las posibilidades, sino contra el manejo que ejercen de esa técnica las corporaciones monopólicas, es decir Silicon Valley. El Papa Probost es un norteamericano de Perú, que del natal Chicago quizás aprendió a reconocer las cartas marcadas, del altiplano para qué debería servir la Iglesia, y ahora que está en el Vaticano sabe que el trono sirve, pero no como mueble. La encíclica vale la pena de ser leída y discutida, para eso está.
León XIV sabe que los llamamientos que hace para desmilitarizar la Inteligencia Artificial no serán escuchados por los dueños. Pero tampoco caerán al vacío. Ahora tiene la oportunidad que la Iglesia construya desde un lugar que está desocupado en un mundo occidental inmoral, amoral o antimoral. O las tres. Es que la moral, de cualquier fe o sólo laica, ha desaparecido con las masacres en curso en Medio Oriente. De eso parece que no se puede ni hablar, sino como una virtud que ensalza los últimos avances tecnológicos de la IA en la tarea de vigilar, vejar y matar. Ya dijimos que cuando nada está prohibido y todo está permitido nos enfrentamos al infierno en la tierra, sobre todo en la versión digital libertaria. En esa perspectiva, consideramos que la Encíclica Magnifica Humanitas de León XIV no sólo es un triunfo de Jorge Bergoglio en la táctica sucesoria, sino que puede confirmar una victoria estratégica en la política de la Iglesia.
Habrá que ver y no tomar “tecitos”. Sabremos entonces si “la Mano de Dios” también habita los jardines vaticanos. «