Soy mexicana, peruano, brasileña, chileno, venezolana, boliviano,paraguaya, colombiano, francés, ucraniano, rusa, japonés, china, coreano, estadounidense, canadiense, española, italiano, inglesa, portugués, alemán, suiza…

Gracias a Dios no soy argentino porque así amé a Argentina no por mandato, sino porque se me dio la gana. Léanla, escúchenla, véanla: cómo no quererla, carajo. Qué alegría que no sea mi país; lo hice mío. Yo la banco a la Argentina desde el instinto y la gratitud. Quien se suma a esa ola mediática en contra de Argentina es porque no ha tenido la inmensa fortuna de vivir con ellos, entre ellos, haciéndote sentir en cada gesto que eres parte de su clan. Vengan acá, después juzguen. Soy su verdulera, a mí no me van a contar sobre racismo. Escojo Argentina porque somos bolitas, pero somos sus bolitas. Argentina tiene una cultura diversa, la gente de todo el mundo ha puesto algo de sí para construir este país. Sí, hay argentinos que discriminan, pero la mayoría abraza a sus morenos. Soy negra y jamás recibí tantos y tan bellos comentarios sobre mis cabellos rulos ni tanta ayuda como aquí. El racismo de ninguna manera define a los argentinos. Es un país maravilloso, abierto a todo aquel que quiera habitarlo. No fue colonizador, ni opresor. He vivido aquí tranquilo y feliz. Sí, me dirán chino, pero al fin y al cabo soy su chino y sé que me van a defender. Argentina me dio un lugar en el mundo, amigos, amor, abrazos, consuelo, sueños, esperanzas, luchas, aprendizajes. Tiene problemas, como todos, pero también una enorme calidad humana. Defiendo y defenderé siempre a la Argentina. Cada vez que veo su bandera o que escucho su himno, el pecho  se me llena de orgullo y de amor a su patria, y se me forma un nudo en la garganta. Es un lugar hospitalario que me ayudó a conocerme, aceptarme y a vivir en libertad. A cada paso encuentras a personas cálidas, acogedoras, humanas, solidarias y respetuosas. Nunca me hicieron sentir extranjera. Las redes amplifican el ruido, pero no reflejan la realidad. A los argentinos los conocemos de verdad quienes compartimos la vida con ellos, no quienes los juzgan desde lejos y a través de pantallas y mensajes manipulados por algoritmos. Cuando llegué, estaba llena de prejuicios. Crecí escuchando que los argentinos eran malos, soberbios y racistas, me habían enseñado a mirar este país desde la desconfianza, pero acá entendí que estaba completamente equivocada. Argentina me sorprendió, me cambió la vida, acá encontré oportunidades, personas que se volvieron familia, amigos en los momentos más difíciles y un hogar. Hay amores que no se explican, simplemente nacen. Y el mío por este país nació viviendo sus calles, conociendo a su gente y construyendo mi vida. Argentina me adoptó cuando no me debía nada, y yo la elegí con el corazón. Celebro sus victorias como si fueran mías. Sus dolores, tragedias y preocupaciones me son propias. Me enamoró su calidez, su gente, la literatura, sus paisajes, sus asados, el mate, los bombos, su historia y su dignidad, los juicios de lesa humanidad, las luchas feministas; sus Malvinas, porque fueron, son y serán argentinas; la educación y la salud públicas, la música. Su ciencia y su cultura. Messi y Maradona. Aprendí a vivir en medio de su perpetua incertidumbre. Acá todavía pasan cosas simples: preguntas una dirección y te ayudan; te quedas sin saldo en la SUBE y alguien te paga el viaje; necesitas cargar el celular y te dicen «dale, enchufalo»; entras a un café y terminas hablando con desconocidos como si los conocieras de años. La gente no está pensando si le sirves, si tienes plata, contactos o estatus. Muchos extranjeros pensamos lo mismo: Argentina tiene esa rara virtud de hacerte sentir en casa. Por eso la quiero tanto, porque en tiempos de individualismo, arribismo y relaciones por conveniencia, todavía hay lugares donde una amistad vale más que una tarjeta de presentación. Me hace feliz caminar por sus calles, viajar por sus provincias, admirar sus cielos, selvas, montañas, cataratas y glaciares, y hasta sus frías playas; comer asados, empanadas, choripanes, dulce de leche; bailar tango y chacareras, tomar vino y fernet. Aprender de su intensidad y su capacidad para reinventarse y reírse de todo, empezando por ellos mismos. La gente está dispuesta a conocerte y a quererte como eres. Es un país imperfecto, como todos, pero amoroso como pocos. Tal vez mi cara y mi documento no son argentinos, pero mi corazón sí, absolutamente. No sabía que Argentina me iba a dar un nuevo idioma y una nueva cultura; ahora es el olor de mi casa.

No somos de donde nacemos.

Somos de donde nos sentimos en paz.

Gracias, Argentina.

(Testimonios de personas migrantes publicados en redes sociales en una semana aciaga).