Tras el fenómeno de "Bebé Reno", Richard Gadd vuelve con la miniserie feroz. Entre la tragedia, el humor negro y una violencia perturbadora, construye uno de los relatos del año.

En Hombre a medias, Richard Gadd, que saltó a la fama a nivel global como creador de Bebé Reno, se suma a esta ancestral tradición que comienza con Caín y Abel al centrarse en el turbulento nexo afectivo entre dos hermanos escoceses unidos -y separados- por algo más que la sangre (que no comparten) o el hecho de haber crecido juntos en el hogar de madres lesbianas de sectores populares y, en tanto tales, obligados a ser familia. En efecto, desde la adolescencia hasta la adultez, el aparentemente tímido y desvalido Niall Kennedy (Mitchell Robertson y Jamie Bell) y el brutal y salvaje Ruben Pallister (Stuart Campbell y Richard Gadd) pueden ser -según el momento en el que se encuentren- tan pronto el lado oscuro, la contracara, la némesis, la aspiración existencial o el complemento del otro y, frecuentemente -quizás siempre-, la persona que más aman y más odian a lo largo de sus breves vidas.
Allá donde las ficciones suelen respirar y absorber la superficialidad o el simplismo que hacen al aire de los tiempos, Gadd, nuevamente en calidad de creador, guionista y protagonista, presenta situaciones, personajes y sentimientos complejos, para nada maniqueos y difíciles de encasillar. Así, por ejemplo, lejos de axiomas falaces y reduccionistas tales como “si duele, no es amor”, Gadd nos enfrenta a los sufrimientos, las impurezas y las bajezas inherentes al cariño y a los procesos de autodestrucción y violencia extrema propios del ser humano como fruto de vulnerabilidades, traumas, imposibilidades, represiones, mandatos familiares y sociales y carencias afectivas. A su vez, como en Bebé Reno, pero de diferente manera, tiene una capacidad magistral de interpelar al espectador y hacerlo oscilar entre la maldad y la bondad de sus personajes, obligándolo a tomar posiciones incómodas y encontradas.
El punto de partida de Hombre a medias es el enfrentamiento a golpes, el duelo físico y desigual entre Ruben y Niall nada menos que el día de la boda de este último. A partir de esa escena, la ficción busca rastrear el origen de ese conflicto y se remonta a fines de los ’80 del siglo XX, a los orígenes de la relación, cuando un adolescente Niall, víctima de acoso escolar, es obligado a compartir hogar con un Ruben recién salido del reformatorio. Desde entonces y a lo largo de tres décadas, sus vidas estarán unidas indisolublemente y alcanzarán tanto cúspides de encuentros afectivos (Ruben defiende a Niall del acoso de sus compañeros de curso y Niall hace los exámenes que posibilitan que Ruben continúe sus estudios) como rivalidades y competencias que llevan a dilemas éticos y actos de daño físico y vehemencia inusitados entre sí, contra sí mismos y para con los otros.
Entre tantas cuestiones que aborda la ficción, hay un hincapié puesto en lo que esperan las sociedades patriarcales y machistas de un varón hegemónico y, junto con ello, en las dificultades de explorar otras formas de vivir las masculinidades o de que los varones puedan explorar sus ternuras o sexualidades alternativas a la heterosexualidad. En ese sentido, Hombre a medias profundiza en cómo operan vulneraciones de derechos estructurales tales como el abuso sexual contra las niñeces, las pedagogías de la crueldad presentes en las crianzas de los varones y las dificultades de asumir abiertamente una existencia gay a fines del siglo XX y principios del siglo XXI para los sectores sociales provenientes de la clase obrera.
En el ámbito local, fue el inefable Jorge Luis Borges con el cuento «La intrusa» -llevado al campo cinematográfico por el director Carlos Hugo Christensen en 1979- quien llevó al extremo los enfrentamientos fraternos, las competencias y las tensiones sexuales lindantes con el incesto presentes en las relaciones entre hermanos. Por su parte, Gadd parece haber plasmado en su miniserie la versión gay, trash, drogona y contemporánea del amor entre esos otros hermanos de la vida, Catherine y Heathcliff, de Cumbres borrascosas, a la vez que plantea, como en la novela de Emily Brontë, la eterna utopía humana de vivir al margen de la cultura y la civilización, y libre de las ataduras sociales, siguiendo los impulsos eróticos, tanáticos y violentos de la salvaje naturaleza. Asimismo, aparecen descritos los costosos riesgos de asumir la eterna rebeldía como respuesta a la misantropía.
Excepcionalmente interpretada por los cuatro actores que encarnan a los protagonistas en sendas etapas de la vida -mención de honor para Gadd y para Jamie Bell, en un claro guiño que prolonga o resignifica la historia ficcional de la emblemática Billy Elliot-, siempre vibrante, con un guion acorde con la profundidad de la historia que narra, una violencia desbordada no apta para cardíacos y con el defecto de unos personajes femeninos que alcanzan escaso desarrollo, Hombre a medias se erige como una de las series más importantes, originales y controvertidas del año. Sin dudas, la más pasional y con un final a la altura de la genial Duelo al sol, el clásico western romántico también basado en Caín y Abel y encarnado por las interpretaciones de Gregory Peck, Jennifer Jones y Joseph Cotten en 1946.
Creada y escrita por Richard Gadd. Con Richard Gadd, Jamie Bell, Mitchell Robertson y Stuart Campbell. Disponible en HBO Max.
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