La actriz protagoniza "Carrera de fondo", la producción basada en la novela homónima de Nadine Lifschitz. La trama sigue a una mujer atravesada por la maternidad y una ruptura sentimental que la obliga a revisar su vida.

Con un soberbio manejo de la comedia y de cierto vértigo escénico que propone desde la dirección Mariana Chaud, Zylberberg mantiene al público aferrado a su relato, una historia que ella quiere contar sin ningún vicio de objetividad.
“Hace un tiempo una amiga me contaba que se juntaba con su (ex) pareja para hablar de cosas similares a las que se cuentan en la obra. Yo le dije: ‘Amiga, no está pensando nada, se quiere matar porque no se quiere quedar sin nada’”, explica a Tiempo la actriz, graficando uno de los núcleos de la obra basada en la novela homónima de Nadine Lifschitz.
La obra no trata solo de una separación, sino de poner al espectador en el punto de vista de una mujer que, mientras amamanta y cría a dos bebés, tiene que escuchar a su atento marido proponerle abrir la pareja. Y lo hacen de un modo sumamente interpelador y divertido.
-La separación es uno de los ejes de la obra, pero hay más. ¿Cuántas cosas supone esta carrera de fondo que cuentan?
-Las separaciones, las mutaciones de un vínculo, suelen ser carreras de fondo. Es un estado que no vira de un día para el otro, son procesos de largo aliento y uno tiene que saber dosificar. Cualquier mutación de un vínculo es agotadora y cambiante, uno tiene que estar a la altura, mantenerse cerquita de ese cambio. No hay que arrebatarse. Eso me parece que cuenta la obra y, un poco, también el título. Todos los vínculos mutan, no solo cuando terminan.
–La obra cuenta algo que fue contado varias veces. Pero hay algo novedoso en Carrera de fondo que tiene que ver con la potencia del texto y con la adaptación y dirección de Mariana Chaud, que le imprime un vértigo a las cosas y una voz muy personal a tu personaje.
-Coincido. Por supuesto que son lugares que revisamos permanentemente. Como empieza diciendo la obra, el amor y el dinero son los temas centrales de la humanidad. Entonces nos movemos alrededor de eso todo el tiempo. Pero es verdad que la obra es bien especial. Para mí habla puntualmente de una cosa que veo muchísimo en separaciones cercanas, en vínculos cercanos, y que no está tan conversada: relatos de separaciones del tipo “estamos en un proceso”, en los que uno quiere pensar y mientras tanto el otro va a acompañar ese proceso. Para mí todas esas cosas son bien mentirosas y bien dolorosas. El desamor suele esconder una gran cobardía. Creo que el personaje de Gadiel (Sztryk) deja de amar. Pero como le da mucho temor dejar de amar y enamorarse de otra persona, enloquece con todo ese miedo. Entonces aparecen los “cuando volvamos a estar juntos”, “si vos venís acá”, “abramos la pareja”. Son excusas para él mismo. Creo que es muy duro dejar de amar, pienso que es muy triste y hay que ser muy valiente para asumirlo. Hay que ser íntegro para dejar de amar. Hay que saber amar y saber terminar de amar bien, por el otro, porque eso también es querer.
-Es como cuando uno, para no quedarse sin nada, busca un trabajo antes de renunciar a otro.
-Exactamente. Ese temor es genuino y entonces se disfraza de confusión. Pero no es confusión, es cobardía. Por supuesto que nadie quiere renunciar a estar con sus hijos todos los días, a la comodidad de un hogar, a una economía compartida que funciona, a mil cosas que son las comodidades de una estructura familiar. Pero sin amor no son nada. Yo creo que la obra habla de esa cobardía en el desamor, que tanto duele. En la obra se agrega la particularidad de que tienen hijos muy chiquitos, y ese es un momento bien desafortunado para los planteos que hace esta persona.
-Es interesante el modo en que tu personaje explícitamente le dice a Gonzalo que ella es la que lo está contando a él, que hay una sola persona que enuncia, una sola protagonista, y que él mismo es solo la visión que ella tiene de él.
-Totalmente. La novela es un monólogo de ella. El personaje de Gonzalo como tal aparece en la adaptación teatral. Me parece un acierto absoluto porque está buenísimo que existan las escenas, que exista ese presente que ella relata. Siento que eso hace súper rica la obra.
-¿De dónde sacan la capacidad de reírse de ellos mismos?
-Creo que los dos son bastante patéticos. De todos modos, ella me parece más inteligente que él. Creo que piensa mejor las cosas.
-¿Ese juicio de valor no es muy subjetivo? Al fin y al cabo ella es la que habla de los dos.
-Puede ser, pero como está relatado, él parece una persona con los pensamientos más nublados. Ella está muy dolida y muy atravesada por una maternidad arrolladora, que no es un dato menor. La maternidad es una situación que te toma por completo. Y viene el tipo y le dice que quiere abrir la pareja a ella, mientras ella está dando la teta. ¿En qué está pensando el chabón? Es un egoísmo muy estúpido. ¿Cómo se te ocurre que voy a querer eso, abrir la pareja? ¡Para vos será!, porque yo gracias si puedo comer. Es para matarlo. ¿Cómo no lo pensaste 30 segundos, corazón?
-¿Cuánto de carrera de fondo tuvo tu trabajo para hacer este personaje, que pasa por estados, situaciones y etapas de su vida y que te requiere también bastante esfuerzo físico?
-Es loco lo que pasa siempre armando las obras. Ensayamos en un lapso bastante corto de tiempo, pero intenso, todos los días. La novela es híper literaria y cuando la leí me pregunté cómo íbamos a hacer ese texto, cómo iba a hacer carne esta novela. Es muy hermoso el proceso, cómo se te va metiendo en el cuerpo y en las palabras y así se transforman en escenas. Porque la adaptación es bien fiel a la novela. Mientras íbamos diciendo esas palabras, se armaban debates entre nosotros o nos contábamos situaciones similares. Para mí eso que nos pasaba a nosotros le pasa al público. Se te vienen imágenes concretas de personas que pasaron por cosas muy similares, o recuerdos y puentes que uno hace con otras situaciones. Así va apareciendo la energía de lo vivo y un día es una obra que tiene una potencia que quince días atrás no le veíamos. Son procesos que a veces me resultan difíciles de relatar porque me cuesta determinar el momento en el que sucede esa magia, ese momento en el que las palabras se hacen carne y estás emocionado en una escena, generando imágenes totales con muy pocos elementos.
-En un momento de la obra le consultan a tu personaje cuáles son sus principales inquietudes. ¿Cuáles son las tuyas?
-Uy, acerca de la vida me hago 100 preguntas por día. Soy insoportable, muy de poner en duda mis propios pensamientos. Cambio de opinión, siempre sobre una base esencial. Creo que es muy bueno preguntarse, no estacionarse en las ideas. En este momento de la vida me pregunto cosas que no me preguntaba a los 25 años, porque las preguntas cambian un montón a medida que una va creciendo. Mis preguntas acerca de la vida en general tienen que ver con aquello que hace que uno pueda ser feliz. Es lo que busco y las voy renovando año a año y día a día, porque hay que ser feliz. Cueste lo que cueste. Yo, siendo más grande, veo la vida más corta. Es loco, pero es algo que me pasa ahora. Más joven, uno tiene la sensación de que la vida es eterna. Ese infinito ya no lo tengo más. Me desespera porque me encanta la vida. Entonces estoy en una búsqueda permanente de la felicidad. Y esa felicidad cambia de forma, porque la vida es también una carrera de fondo.
Dramaturgia y dirección: Mariana Chaud. Actúan: Julieta Zylberberg y Gadiel Sztryk.
Jueves a las 20 y viernes a las 22, en el Teatro Picadero, Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857 (CABA).
El año pasado Zylberberg volvió a lucirse a nivel popular con su caracterización de Yiya Murano. ¿Cómo será asumir un personaje de este tipo, una asesina serial que fue a la vez una suerte de estrella de los medios? “Me divertí horrores haciendo Yiya. Hicimos una comedia sobre una asesina serial. Creo que eso es bárbaro”, comenta.
Construir un personaje tan singular dista de ser una tarea sencilla: “Fue muy complejo, porque era una persona que no tenía afectividad. El acercamiento fue bien lúdico. Me acordé de cuando era chica y estudiaba teatro. Había un ejercicio que consistía en agarrar una prenda o algún elemento y, a partir de eso, ser un personaje. Agarré los lentes, por supuesto, las tetas grandes, las uñas y estaba ahí. Eso, bien teatral, me permitió pensarla. Era una psicópata, pero no iba por ahí acuchillando gente».
Zylberberg quedó sorprendida por la vida de Yiya: «Tenía amigos, tenía amantes. Entonces busqué su encanto, porque vivimos rodeados de psicópatas encantadores y por eso caemos en sus trampas. Me ocupé de que fuera divertida y bien mandona con las amigas. Eso me permitió encontrar equilibrar algo divertido con una asesina”.
Julieta Zylberberg comenzó en la industria audiovisual con Magazine For Fai, un programa de culto desarrollado por Mex Urtizberea en la década del ’90. Desde entonces participó en más de 50 producciones entre cine, series y televisión.
Confiesa que la situación actual de la producción audiovisual en la Argentina la sacude profundamente. “Es terrible. Esta decadencia a la que nos quieren llevar es muy dolorosa. Creo que va a pasar, pero igual nos va a costar un montón remontarla. Un cineasta argentino muy cercano a mí, Federico Tachella, acaba de ganar la Palma de Oro con una película mexicana. Es terrible y es decadente. Lo vivo irritada y preocupada, porque no entiendo qué necesidad hay de hacer algo tan patético. Uno no puede dejar de pronunciarse, de luchar todo lo que se pueda por lo que uno cree. Estamos en una auténtica carrera de fondo, atravesando un momento de una política con un nivel de crueldad aterrador. Así está el cine y nuestra sociedad. Estamos viviendo una película de terror”.
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