“Vivimos en una era de vigilancia, velocidad, pantallas, algoritmos, hiperexposición y deseo instantáneo. En este mundo, el fútbol ya no podía seguir siendo el mismo”, adelanta, en la contratapa, Postfútbol, libro del escritor y periodista chileno Juan Pablo Meneses, y ahí podría sonar Blade Runner (End Titles), canción de Vangelis, tan futbolera porque fue la intro del programa “Fútbol de Primera”. Meneses –57 años– se crió en el pasaje D de la calle Bocaccio, en Santiago de Chile, que “se transformaba en una cancha de fútbol, hoy un lugar donde nadie puede jugar porque tiene rejas por seguridad”, y con un padre que lo llevaba a ver a la Universidad de Chile y que era futbolista del Veneciano en el Campeonato Nacional Amateur, que “se ponía vendas en los tobillos y precalentaba”. Hoy, el Veneciano tampoco existe. No había chance entonces de que Meneses –cronista, autor de Una granada para River Plate y Niños futbolistas– escribiese en Postfútbol, que saldrá en marzo, un libro antifútbol. Pero sí ensaya, en él y acá, que el fútbol como lo conocíamos al menos hasta principios del siglo XXI, ya no existe.
–¿Qué es el postfútbol?
–Es todo un cambio de era; en él se traducen cosas muy específicas. El fútbol era un deporte colectivo y el postfútbol es un deporte individual. Ahora, se es hincha de jugadores, no tanto de equipos. De repente un jugador hace toda una carrera en distintos lugares y vamos coleccionando sus camisetas. En el postfútbol, lo que más importa muchas veces es todo lo que está fuera de la cancha. Los auspiciantes deciden dónde se juega. Una empresa llamada ISE, del conglomerado saudí Dallah Al-Baraka, compró los derechos de la selección de Brasil y tiene derecho incluso a poner a algunos jugadores. En Niños futbolistas, en 2013, ya había empezado con el postfútbol. Estaba empezando a cambiar todo radicalmente. Ahora es más común, pero sonaba a ciencia ficción que chicos de Latinoamérica fueran hinchas de equipos de Europa. O que hubiera chicos diciendo que su equipo contrató a tal jugador y que “ojalá pronto recuperemos la inversión cuando lo vendamos al extranjero”. En el postfútbol, los hinchas festejan las transferencias. Hubo hinchas de River que festejaron la transferencia de Mastantuono al Real Madrid. Y, al final, la discusión y el tira y afloja es sobre la transferencia para afuera de un jugador. El postfútbol se rige por todas las leyes de un mercado consumista. Y es mucho más que un negocio: es una nueva cultura, un nuevo deporte. El postfútbol tiene esa gracia: todo lo que toca lo transforma en una versión rentable y futurista del antiguo fútbol.
–En su anteúltimo partido, Boca estrenó en la Bombonera la tercera camiseta de 2026, una blanca, y River, una violeta en el suyo por Copa Argentina, porque existen acuerdos-imposiciones de Adidas, marca que los viste.
–Escenas 100% de postfútbol. Hay un capítulo entero que se llama “El fútbol cambió porque cambió la moda”. Cuando fui a Milán, ciudad de la moda, a lanzar Niños futbolistas traducido al italiano por el sindicato de jugadores italianos, me llevaron a un museo donde están todas las camisetas, porque la locura que hay viene de la moda. La moda tenía dos temporadas: otoño-invierno, primavera-verano. Ahora la moda dura un mes. Y con las camisetas, el postfútbol copia los cambios de la sociedad. Entonces resulta que ahora la moda inventó que haya temporadas instantáneas, que duren una sola vez, y el fútbol también la agarró. Barcelona tiene muchas camisetas que usó en un solo partido, como una que tiene el logo de los Rolling Stones para lanzar una campaña con Spotify. Esa camiseta también se transforma en un lanzamiento de moda, pero también en un objeto coleccionable. Al igual que en la moda, siempre se nos ha metido en la cabeza que lo importante es tener la última, pero la última cambia cada seis meses, y probablemente en un tiempo cambie una vez al mes.

–¿Qué te dice el Mundial que se vendrá?
–El Mundial 2026 será recordado como el primero 100% de postfútbol. El ensayo general vino en Qatar, pero fue físico, porque estaban todos los estadios juntos en Doha. Ahora vamos a estar desplegados en tres países, horarios y monedas diferentes. Muchas cosas se probaron antes, porque el de Rusia 2018 fue el primero donde se comentaba y se veía más por teléfono que por televisión. Ahora ya va a ser la locura. Después, el valor de la entrada ha ido subiendo cada vez más: el estacionamiento está en 1.500 dólares. Todas las transformaciones van a estar más exageradas. El show en las tribunas, que es toda una puesta en escena porque los que están en los estadios son extras del espectáculo. La llamada “pausa por deshidratación”. El problema que tenía el fútbol al llegar a Estados Unidos es que no había momentos para pausa. Parte del orgullo que había en el planeta fútbol era que no íbamos a hacer una pausa. Pero se terminó cediendo. El deporte también se ha convertido en una especie de reality show y tiene mucho que ver con el postfútbol.
–¿Qué te interesa del postfútbol?
–El postfútbol explica lo que vivimos. Hablamos de que el VAR anuló un gol por un centímetro. Y está todo el tema de la vigilancia. Pero resulta que salimos a caminar por una calle de Buenos Aires y nos graban 25 cámaras. Porque vivimos en un mundo de vigilancia. Ese mundo, el postfútbol lo lleva a la cancha. Pero no es que el fútbol inventó el VAR, sino que la sociedad de la vigilancia inventó el VAR. Hay un epígrafe de Juan Villoro en el libro: “El fútbol es un espejo distorsionado de la sociedad”. Porque nos sirve para decir que hay problemas con las barras. Pero son los mismos que hay en una zona de la ciudad. En Una granada para River Plate fui a la semifinal de la Libertadores 96 de la U contra River y nos apalearon los policías. Ahora me entrevistaron mucho después de que fuera la U a jugar contra Independiente. En esa época antigua, a nosotros la policía nos barrió a palo. En el momento actual, la policía desaparece, no participa en nada, porque son muchas veces problemas internos. Por eso el postfútbol es más individual. Antes nos peleábamos con otras barras; ahora nos peleamos hacia adentro. Hay tribunas enteras de tipos vestidos ni siquiera con las camisetas de los equipos que juegan, sino con la de Visa o Mastercard. Porque se ha llevado a la cosa definitiva del cliente como hincha. Fui a ver partidos al Mundial Sub 20 de Chile, el año pasado, y había tribunas con hinchas de tarjeta de crédito.
–¿Ya no se celebran los goles? Hay jugadores que no los gritan, sino que hacen un gesto, una mirada, y parecen que fueran postureos para un reel de Instagram, para TikTok.
–Los goles ahora no se celebran, sino que se explican. Los jugadores hacen un gol y están esperando que alguien se lo explique, que diga “sí, fue, no, no fue”. El VAR ha logrado que el árbitro sea el ser más inútil del planeta; su autoridad pasó a ser cero, cualquier cosa está puesta en tela de juicio. Pero en el Mundial que viene ya se va a usar la cámara del árbitro para la transmisión. Ahí el árbitro encontró un nuevo lugar: ser un trípode humano. Hay un capítulo que se llama “El fútbol cambió porque cambió el porno”. Los futbolistas empiezan a tener conciencia de que las celebraciones están teniendo cámara en el Mundial de Alemania 74, el primero con repeticiones. Es la época en que es furor la película Garganta profunda. Hay un paralelo en esta cosa de tener conciencia del cuerpo y de los movimientos y de las celebraciones y de los acercamientos. Y muchos avances que ha tenido la industria del porno son copiados por el fútbol, desde el pay-per-view para las transmisiones hasta algunos tiros de cámara. Hoy, si el futbolista no tiene redes, alguien que se las maneje, es una desgracia para su carrera. Los equipos compran jugadores y miran cuántos seguidores tienen. Gran parte de lo que convenció a Rosario Central de llevar a Vicente Pizarro, un chileno que tiene muchos seguidores, es que manejaba muy bien las redes, porque eso significa un engagement, el like para Central, la venta de camisetas o distintas actividades.
–El noruego Martin Ødegaard, del Arsenal líder de la Premier, se entrena con realidad virtual para mejorar su “escaneo”. ¿Cómo interviene la tecnología?
–Cada vez hay más entrenadores jóvenes, de las nuevas generaciones, que hablan mucho de métricas. La métrica tiene que ver dentro de la cancha, pero también fuera, incluso con los montos de las transferencias. El postfútbol son las cifras y cómo se desglosa la propiedad de un jugador. Hay un capítulo que tiene que ver con la inteligencia artificial. La cantidad de entrenadores que están preparando los planteles con IA es impresionante. La primera que reconoció que preparaba a su equipo con IA es una entrenadora de un equipo de mujeres en la liga de Estados Unidos, Laura Harvey, del Seattle Reign. La NWSL es una de las ligas más fuertes del mundo en mujeres. Ella reconoce que empezó a usar IA para mejorar su planteamiento, porque insistía en jugar con cuatro atrás, y, al analizar las alineaciones de los otros equipos y los resultados, empezó a jugar con tres pero con volantes que subían, y empezó a tener mucho mejor resultado… Se generó todo un debate. Nunca pensé que me iba a pasar después de haber hablado tanto tiempo del tráfico de niños futbolistas: fui padre, y Pascual, mi hijo de 5 años, fanático, de repente agarró un día la pelota, no la soltó más y quería jugar. Lo llevé a probarse a la U. Es más recreativo, pero me gustó mucho, y lo cuento en el capítulo de inteligencia artificial, que el entrenador le explicase que era un deporte en equipo y que había que dársela a los compañeros, porque él había jugado solo, en el departamento. Le explicaba cosas del fútbol que ya no existen: que hay que pensar en los compañeros. Eso cada vez pasa menos en los futbolistas profesionales. Se ve en la competencia que hay en los vestuarios, cuando ganan alguna copa, por qué teléfono es el que graba, porque no puede llegar cualquiera y grabar. Ahí se ha generado todo un nuevo código de vestuario.

–El postfútbol encierra a las apuestas.
–Y más. Con los “tokens” uno puede comprar fichas de un jugador y ser parte de él, y si invierto y juega bien, aunque juegue contra mi equipo, voy a salir ganando porque se transforma en un activo. El apego a un equipo no tiene mucho peso comparado a la posibilidad de ganar algo de dinero. Y las apuestas es un megatema, pero no las inventó el fútbol. Estamos en un mundo donde ya todo se está apostando. Hay apuestas sobre cuánto se demora una ballena en ir de tal lugar a tal otro, de cuánto se demora en que se salga un pedazo de hielo del Perito Moreno. En ese mundo donde en el fondo estamos esperando un milagro, aparece el fútbol y potencia todo. Para el Mundial de Alemania 2006 vivía en Buenos Aires y escribía para Clarín un blog sobre el Mundial. Dije: “Vamos a apoyar a Argentina”. Se veía muy chupamedia; entonces aposté todo mi sueldo a que Argentina era campeón. Lo dije en el blog. ¿Cómo tuve que hacer para apostar? Fue una locura, tenía que ir a tal parte, después entrar a una web, poner una tarjeta de crédito, pero no cualquiera. Ahora es lo más fácil del mundo. Hago clases de periodismo y hace un tiempo unos alumnos saltaron en clase porque había habido un gol en una liga de Chipre. Muchos me hablaron de que no hay nada mejor que gane tu equipo si además le apostaste: se vive una sobredosis de la droga químicamente pura más deliciosa. “Más dulce que la miel”, me dijo uno. El problema es que después no te puedes bajar. La ludopatía está desatadísima. A Arturo Vidal no lo menciono como un futbolista, sino como un postfutbolista. Llegó al extremo de poner una casa de apuestas, “Juega con el King”, y jugar un partido donde tú podías apostar por él y se hizo expulsar, y podías apostar si a él lo expulsaban. Lo tuvieron que parar. Está bien que se note, pero ya tampoco tanto.
–Más de la mitad de los clubes de la Premier son de holdings de Estados Unidos. Y en Chile dominan las sociedades anónimas. ¿Cómo es ese fútbol privado?
–Chile siempre ha sido un laboratorio de proyectos hipercapitalistas. El golpe de Estado del 73 fue un poco por eso. Las universidades privadas partieron de acá. En Estados Unidos siempre han existido, pero han tenido cierta regulación. En Chile, sin regulación, hay un millón de universidades privadas, pensiones privadas, y eso llegó al fútbol. La U tiene un dueño, pero nadie sabe quién es porque es un fondo privado y hasta puede ser Colo Colo el dueño de la U. El equipo que juega ahora no es la U, sino que es “Azul Azul”, como se llama la sociedad anónima. Los fondos de inversión son pieza clave del postfútbol. Hay muchos de Estados Unidos, pero también de Qatar, de Arabia Saudita. Y en todos los grandes equipos europeos. Una de las gracias de las sociedades anónimas la dice la palabra “anónima”: se pueden manejar los intereses sin que se sepa muy bien qué hay detrás. De repente hay jugadores que pasan por siete equipos en dos años y son todos equipos de los mismos dueños. En Chile, la mayoría del fútbol y de los equipos está manejado directamente y abiertamente por los representantes. Son los dueños de los equipos.
–Chile se ausentará por tercer Mundial consecutivo. El Bichi Borghi alertó sobre un fútbol chileno cooptado por las sociedades anónimas. Y contó que un dueño de un club le dijo: “¿Para qué voy a invertir en un chico de 12 años si solo quiero estar dos o tres años?”.
–Si sale alguien relativamente bueno, se lo llevan, desaparece. Hay un capítulo que se llama “El fútbol cambió porque cambió el narco”, que tiene mucho que ver con el poder que tomaron los representantes, que se adueñaron de las partes. Es el mismo modelo que ha seguido el narco. Eran tipos que eran la mitad de una cadena, porque los representantes no eran nada, eran los que juntaban a uno con el otro y hacían el negocio, intermediarios. Pero los “facilitadores”, como les dicen en México, terminaron quedándose con los carteles. Y en el fútbol se siguió la misma lógica. Son los dueños de todo. Antes nosotros sabíamos que eran los narcos. En Colombia sabíamos que estaba Pablo Escobar, los hermanos Ochoa. Hoy no se sabe y hay más tráfico que en esa época, pero está todo más atomizado. Y eso también ha pasado en el fútbol con las sociedades anónimas, con los representantes.

–“El inicio del postfútbol está directamente ligado a la historia de Messi”, escribiste.
–Messi es culpable de casi todo, no por él, obviamente. Es la piedra fundamental de este cambio de era. Hizo creer a la industria que era muy fácil ir a un país en Sudamérica, a una ciudad como Rosario, a un barrio pobre, a una familia pobre, agarrar un chico que era bueno, comprárselo en pocos miles de euros y que, en no muchos años, cueste cientos de millones. Lo que no sabíamos era que es un caso único. El Villarreal de España fue y compró un club en el barrio de al lado de donde vivía Messi, como pensando poner una planta para que se hagan bien los tomates. En Brasil, gran exportador de jugadores y de promesas, hay una especie de granja de laterales, porque se convencieron en Europa de que los laterales brasileños eran los mejores del planeta, con Cafú y Roberto Carlos y Marcelo. Hay academias en Brasil donde sólo enseñan a jugar de lateral, como si se estuvieran preparando piezas para un motor. Messi aceleró los procesos con el tema de los niños futbolistas. Pero el fútbol cambió porque cambió la economía. Antes funcionaba en base a cosas concretas. Me compro un auto, un departamento, lo vendo. Ahora la economía funciona en base a especulaciones y a futuro. Entonces venden jugadores infantiles en millones de dólares, y el tipo a los 15 años está jubilado porque era malísimo. En el libro cuento la historia de Pipi Nakai, un japonés de 9 años que fue contratado por el Real Madrid después de que saliera Niños futbolistas. Lo seguí. Pipi tiene hoy 22 años, juega en la quinta división de España, y a partir de su historia hablo de cómo el fútbol ha acelerado los procesos, y en mucho de eso tiene que ver Messi.
–Lo dijo Juanma Lillo, ex asistente de Guardiola en el Manchester City, durante Qatar 2022: “Hemos globalizado la metodología hasta el punto de que se ha colado en la Copa del Mundo: si hicieras que los jugadores de Camerún y Brasil se cambiaran la camiseta en el entretiempo, ni te darías cuenta”.
–En un mundo cada vez más autoritario, el fútbol es cada vez más autoritario, y entonces no hay espacio para los distintos, para el tipo que sea más creador o que lo vea de manera distinta; hay espacio para el que cumple las métricas, para el que pasa a llevar la vigilancia, que está con las cámaras. Todo eso termina teniendo una repercusión más allá de lo que pensamos, porque terminan siendo todos más uniformes, y efectivamente los jugadores, los equipos, juegan cada vez más parecidos, y no hay tanta sorpresa, tampoco. La sorpresa está en otro tipo de cosas, en un problema entre barras o si en una transmisión tal le mandó un saludo a alguien. Las sorpresas están en otros lados, no en el juego mismo, porque en el juego está totalmente aplacado cualquier signo de diferencia.
–“No tengo idea cuántos años le quedan al fútbol como tal. Si esos chicos que nacen hoy, donde todo es más rápido, van a ver un partido de una hora y media. Ojalá no se termine nunca. Y si va a pasar, nosotros no vamos a estar: un día no se va a jugar más, o lo jugarán virtualmente”, analizó Pablo Aimar. ¿Vos tenés idea?
–Vamos rumbo a un deporte donde no va a importar tanto el resultado, porque todo lo que está alrededor es lo que importa. En el fútbol formativo o en los futbolistas amateurs siento que aún hay un espíritu que ha desaparecido totalmente en el postfútbol. En los Mundiales, con todas esas cosas del folclore, se vive la esencia, pero pasado el Mundial y todo eso, es como que estamos viendo todos los partidos. Hoy con las apuestas uno puede ver un partido de Chipre, de Estados Unidos, de África; hay fútbol todos los días y en todo momento en la televisión, y sigue siendo un deporte del que sabemos muy poco: cómo se hacen los negocios y negociados, cómo se deciden cuántas camisetas se van a sacar por año, por qué se compran jugadores medio acabados pero que venden, las publicidades… El fútbol es parte de mi ADN. Nos hemos acostumbrado a esa frase: “Están matando el fútbol”. Y de repente la hemos transformado, porque el postfútbol es seguir matando el fútbol, consiste en matarlo. “¡Pero cómo hacen esta nueva regla horrorosa!”. Me costó mucho entender en qué momento específico pasamos de tener tres a cinco cambios. Pero tiene que ver por la velocidad, el ritmo, por toda esta cosa de que es más mecánico.
–¿Hasta qué punto “el fútbol es una extensión de la vida”?
–Todo lo que vemos que pasa en el fútbol, lo podemos decir, llevarlo a nuestra vida diaria. Costó tanto que se aceptara el VAR, pero nunca cuestionamos tanto que nos llenaran de cámaras. Es más, nos convencimos de que era bueno, y hay barrios que hacen marchas. “¡Queremos más cámaras, queremos más cámaras!”. Y eso ni siquiera lo analizamos, no cuestionamos a este Gran Hermano que a todos nos vigilan. El streaming siempre tiene que tener una nueva serie, y los equipos siempre tienen que tener un nuevo jugador, un nuevo nombre. Ya no nos acostumbramos a uno que queremos: el que se queda mucho tiempo puede ser muy bueno, pero ya estorba. Tiene que ser todo un flujo del mundo, y por eso este postfútbol es una extensión del mundo en que estamos viviendo. En la portada del libro dice: “El deporte que explica nuestra época”. Pero hay muchas cosas que me atraen y, desde un lado torcido, son atractivas. Me sorprende que mi hijo sepa que Mbappé juega en el Real Madrid; tiene cinco años y ya sabe. O sea, él tiene en su cabeza todo un escenario global que nunca tuve, y me parece interesante. La contraportada del libro lo dice claro y grande: “El fútbol ha muerto. ¡Viva el postfútbol!”. Porque es lo que tenemos. No es un libro sólo melancólico, sino que muestra toda la adrenalina que tiene ahora el fútbol, y es atractivo, como es atractiva la adrenalina.