“El viejo mundo se muere.
 El nuevo tarda en aparecer.
Y en este claroscuro surgen

los monstruos”.

(Antonio Gramsci,

Cuadernos desde la cárcel).

En un ejercicio de curiosidad motivado por el avance de las políticas neofascistas, el hallazgo del ensayo de Georges Bataille La estructura psicológica del fascismo en la Feria del Libro ofreció una guía teórica para abordar las sombras de la ultraderecha contemporánea.

El análisis de Bataille, gestado en la convulsionada década del ’30 del siglo pasado, trasciende su contexto original para explicar por qué, casi un siglo después, diversos sectores sociales se cristalizan bajo liderazgos carismáticos y transgresores. La tesis central sostiene que la clave del fenómeno no reside únicamente en la economía, sino en una construcción psicológica profunda que moviliza afectos que la racionalidad liberal suele ignorar.

Bataille, en 90 páginas, propone una división fundamental de la sociedad en dos dimensiones en tensión permanente. Por un lado, la sociedad homogénea como el reino de lo útil basado en la producción, el intercambio calculado teniendo al dinero como su símbolo máximo. En este esquema, el individuo es apenas una pieza funcional y productiva. Es un mundo que busca el orden, la conservación del capital y que, por definición, excluye cualquier forma de exceso o violencia. Sin embargo, es precisamente en esa exclusión donde el germen del fascismo prospera. Por otra parte, lo heterogéneo que representa la otredad. Todo aquello que la sociedad productiva rechaza por inútil, desde los desechos y la basura hasta la locura, lo sagrado y lo erótico en el sentido más amplio. Estos elementos provocan reacciones afectivas intensas, se atraen y rechazan a la vez.  Es el fascismo, según Bataille, que irrumpe cuando estas fuerzas heterogéneas quiebran la tediosa homogeneidad social para reorganizar el orden bajo una lógica afectiva y violenta.

Se puede advertir en esta lectura que el discurso (neo) fascista actual se estructura de manera binaria, una lucha mística del bien contra el mal. En el escenario argentino, esta dialéctica se encarna en las llamadas fuerzas del cielo enfrentadas al maligno en la tierra, al populismo y al kirchnerismo. Aquí, es donde la estructura dual de lo heterogéneo se vuelve evidente. Existe un polo superior (imperativo y puro) representado por el líder, y un polo inferior (miserable e impuro) donde se arroja y ubica al enemigo.

El líder, sea la figura histórica del Duce, el Führer o las versiones contemporáneas como Donald Trump o Javier Milei, se presenta como un ser completamente otro, un soberano que rompe la legalidad establecida. También, ejerce una atracción hipnótica y mística sobre las masas, absorbiendo a la sociedad productiva a través de una afectividad de corte militar disciplinatorio. Bajo este influjo, el individuo se niega a sí mismo para convertirse en un instrumento ciego de la voluntad del jefe. En el otro extremo, la heterogeneidad baja sirve para proyectar todo lo que la sociedad considera una amenaza, como el migrante, el comunista, el populismo o las diversidades sexuales. Al situar al otro en el terreno de lo irracional y lo impuro, el neofascismo logra desviar la discusión política hacia fronteras morales e identitarias que no admiten oposición.

Las lecturas contemporáneas de intelectuales como Alberto Toscano y Rahel Jaeggi aportan a esta perspectiva. Toscano introduce el concepto de fascismo tardío, señalando que, a diferencia del fascismo histórico que reaccionaba ante amenazas revolucionarias, el actual surge de una nostalgia por la certidumbre y una homogeneización disfrazada de diferencia. Por su parte, Jaeggi observa que crisis globales como la pandemia hicieron visibles grietas profundas en el capitalismo. Ante la parálisis de la discusión democrática, la crítica legítima al sistema se mezcla con afectos irracionales y teorías conspirativas. G. Bataille  advertía sobre este peligro, cuando la homogeneidad se desintegra, los elementos disociados buscan válvulas de escape en formas imperativas radicales en lugar de salidas emancipadoras.

El fenómeno discursivo adquiere matices distintivos según el continente y su historia. En América Latina (Bukele en El Salvador, Kast en Chile o los Bolsonaro en Brasil), el discurso se asienta en una paranoia anticomunista, la lucha contra la ideología de género, la estigmatización del joven marginal y marrón, o el político populista como lo heterogéneo impuro. En cambio, en Europa y EE UU (Orbán, Le Pen o Meloni), el eje es la xenofobia y el racismo, donde el inmigrante, especialmente el musulmán, es visto como la amenaza principal a la homogeneidad cultural y étnica.

Un elemento singular de nuestra era es lo que se denomina el fascismo cosplay. Líderes como Milei o Trump utilizan la ironía en las redes sociales para desplazar los límites de lo que se puede decir. De este modo, el odio circula de manera eficiente bajo la máscara de un consumo irónico, permitiendo que ideas radicales penetren en la cultura de masas de forma casi imperceptible.

La advertencia de Bataille es clara, si la sociedad se reduce solo a su función productiva y económica, se abre el riesgo de que el malestar sea aprovechado por líderes que prometen una unidad falsa. Esa unidad se basa en la exclusión sádica del otro. El (neo) fascismo no es solo un régimen político sino una respuesta sociológica y psíquica con una adhesión afectiva y religiosa de las masas a su líder. 

La crítica social hoy tiene la urgencia de abordar estas mediaciones psicológicas para ofrecer alternativas democráticas y constructivas. Es imperativo evitar que los derechos sociales sean sacrificados en el altar de la autoridad absoluta y la discriminación, comprendiendo que el monstruo que surge en el claroscuro se alimenta de nuestra incapacidad para imaginar un orden que no se base exclusivamente en el cálculo, la especulación y el dinero. «