Corría 1931. En Argentina, el gobierno del general Agustín Pedro Justo transitaba los inicios de lo que la historia llamaría la Década Infame, el primero de una larga sucesión de golpes de Estado y administraciones civiles subordinadas al poder militar que marcarían al país durante gran parte del siglo XX. En esos años, el geólogo estadounidense Charles Edwin Weaver recorrió la Cuenca Neuquina y reunió observaciones sobre las formaciones rocosas de la región. Ese trabajo sería publicado en 1931, cuando describió con rigor una unidad geológica a la que dio el nombre de “Vaca Muerta”, en referencia a la Sierra de la Vaca Muerta. Su potencial energético sería reconocido recién décadas más tarde. Pero ese sitio que es el futuro de la Argentina, también tiene su pasado.
Estamos en 2016. Investigadores del Museo de La Plata, perteneciente a la Universidad Nacional de La Plata y al CONICET, siguen trabajando sobre esa misma formación desde perspectivas tan distintas como complementarias. Entre ellos, tres especialistas continúan hoy esa tarea, a pesar del desfinanciamiento sistemático que atraviesa la ciencia pública argentina: recortes en el CONICET, en la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación, y en las universidades nacionales.
Cuando la mayoría de las personas escucha el nombre Vaca Muerta, piensa en petróleo, gas y dólares, en el marco de una economía que los necesita con urgencia. Pero la historia verdadera de esa formación comienza hace aproximadamente 150 millones de años, en el Jurásico Tardío, cuando en en el lugar que hoy ocupan parte de las provincias de Neuquén y Mendoza no había estepa ni cordillera: había un mar.

En aquella época, la fragmentación del supercontinente Pangea había dado lugar a grandes cuencas sedimentarias. Una de ellas, la Cuenca Neuquina, recibía aguas del océano Pacífico en épocas en las que la Cordillera de los Andes todavía no existía y albergaba un mar interior profundo, tranquilo y con muy poco oxígeno en el fondo. Esas condiciones resultaron ser la clave de todo.
«El fitoplancton es la materia orgánica más productiva que tiene el planeta –explica Georgina Erra–. Como son millones de partículas microscópicas, tienen mayor biomasa que todos los bosques». Esas algas unicelulares y microorganismos realizaban fotosíntesis en la columna de agua, morían y se depositaban en el fondo junto con sedimentos muy finos arrastrados por las corrientes. La baja oxigenación del fondo impidió que la materia orgánica se degradara; de tal forma que capas y capas de ese material se fueron acumulando durante millones de años.
«No es que primero se depositó el fitoplancton y después el sedimento», aclara Javier Echevarría. «Es todo junto. Como una lluvia continua de fitoplancton muerto y sedimento muy fino, mezclados, que caen al mismo tiempo y forman una roca». Esa roca oscura, compacta e impermeable es lo que hoy se llama Formación Vaca Muerta.
Con el paso del tiempo, los movimientos tectónicos fueron enterrando esas capas a grandes profundidades. La presión y la temperatura hicieron el resto. Georgina lo explica con una analogía. «Es como una torta: tiempo, presión y temperatura justos. No podés apurarla subiendo el fuego porque se quema; si falta queda cruda. En el horno de tu cocina son 40 minutos. En el horno geológico son millones de años«. Según la materia orgánica original y el grado de esa cocción, el resultado es petróleo, gas, o ambos.

Por qué Vaca Muerta necesita fracturarse para dar lo que tiene
En los yacimientos convencionales, el petróleo migra hacia rocas más porosas, donde queda atrapado y puede extraerse con métodos relativamente simples. En Vaca Muerta, en cambio, parte de los hidrocarburos quedaron contenidos dentro de la propia roca generadora, que es casi impermeable. Esto convierte a esta formación en un yacimiento «no convencional» y hace necesaria la fracturación hidráulica (el fracking) para crear artificialmente la porosidad que permita extraer el recurso.
«La roca generadora no expulsó el petróleo; quedó atrapado ahí» sintetiza Erra. La misma roca que lo generó lo retiene. Una paradoja geológica que, traducida en términos económicos, equivale a millones de dólares en reservas, a lo que se suma los riesgos ambientales del fracking: desde 2018 el Observatorio de Sismicidad registró más de 500 sismos en la región de diversas magnitudes.
Hay, además, una historia menos conocida dentro de la formación. Algunos de sus hidrocarburos sí migraron con el tiempo hacia rocas más porosas de las capas superiores, y llevan décadas siendo explotados con métodos convencionales. «Parte del petróleo de Vaca Muerta ya se venía explotando antes del fracking», apunta Echevarría. El no convencional es el que permanece encerrado en la roca madre, y eso es lo que ahora el mercado llama con esas dos palabras que suenan a salvación: Vaca Muerta.
El cocodrilo con olor a nafta y otras señales del tiempo
En ese mar jurásico no solo habitaba fitoplancton. También había invertebrados, peces, reptiles marinos y organismos que hoy solo conocemos a través de sus fósiles. Yanina Herrera trabaja con uno de los grupos más extraordinarios de esa fauna: los thalatosuchios, cocodrilos marinos que existieron únicamente durante el Mesozoico y cuyo registro en Argentina proviene casi exclusivamente de Vaca Muerta.
Son animales que desafían cualquier imagen que se tenga de un cocodrilo. No tienen los miembros anteriores como los cocodrilos actuales, sino que tienen aletas y una cola pisciforme.

Estos animales vivieron toda su vida en el mar abierto. «No hay nada parecido hoy para comparar –dice Herrera–. Cuando querés estudiar cómo podría haber nadado o comido, no tenés un equivalente vivo«.
Uno de los fósiles de estos cocodrilos que hoy se conserva en Neuquén ofrece una imagen que sintetiza como pocas la historia geológica de la formación. Cuando fue encontrado, le salía petróleo por el hocico. El animal había quedado encerrado, millones de años atrás, en la misma roca que cocinaría su materia orgánica junto a la del fitoplancton. «A mí me lo contaron», aclara Herrera con honestidad científica. Pero la imagen vale igual para ilustrar lo que pasa cuando abrís una roca de Vaca Muerta: «Las rompés y tienen olor a nafta», confirma Echevarría.

Ciencia básica: el conocimiento que no sabe todavía para qué sirve
El conocimiento científico sobre Vaca Muerta no fue construido de una vez ni por una sola institución. Es el resultado de más de un siglo de trabajos de geólogos, paleontólogos, sedimentólogos y especialistas en tectónica que fueron aportando cada uno desde su disciplina, sin que ninguno supiera, necesariamente, que estaba construyendo el mapa de un yacimiento estratégico.
«Los fósiles son muy útiles para datar las rocas», explica Echevarría. «Si yo sé que en determinada edad geológica, en la Cuenca Neuquina, se estaba generando petróleo, y encuentro ese fósil en otro lugar, hay altas chances de que también haya un yacimiento asociado«. Lo que parece una investigación puramente académica sobre la evolución de un grupo de bivalvos se convierte, sin proponérselo, en una herramienta de exploración.

Georgina Erra recuerda el caso de su primer becario doctoral que estudiaba petrología orgánica en otra formación muy anterior en el tiempo a Vaca Muerta. «Nos dimos cuenta estudiando que esto es igual a Vaca Muerta. A pesar de que hay millones de años de diferencia, el ambiente era el mismo, la materia orgánica era muy similar. Lo que hacía falta era un poco más de presión y temperatura para que largara el petróleo«. Este hallazgo abre preguntas sobre otros sitios donde podrían repetirse condiciones similares.
Para graficar cómo funciona la ciencia básica, Erra usa la analogía de las ondas de radio. Las descubrieron mucho antes de que existiera la radio. Marconi vio el potencial comercial después. Primero el conocimiento, después la aplicación que puede ser inmediata o puede llegar años más tarde.
Lo que el pasado le dice al presente: cambio climático y extinciones
El estudio de Vaca Muerta no tiene únicamente valor energético ni paleontológico. El registro geológico preservado en esa formación funciona también como un archivo climático. Las condiciones que generaron la acumulación de materia orgánica, aguas cálidas, baja oxigenación y aumento de temperatura, tienen paralelos inquietantes con procesos que los científicos observan en los océanos actuales.
«El registro fósil nos da millones de años preservados, que es lo que nos falta en los aspectos históricos recientes», explica Echevarría. Y añade: «Hay trabajos que comparan extinciones del pasado para ver si estamos yendo en un camino similar a una extinción en masa».

Durante el Mesozoico, los aumentos de temperatura estuvieron asociados a la expansión de zonas sin oxígeno que provocaron extinciones masivas de fauna marina. «Si el calentamiento global aumenta, es factible que se empiecen a generar esos eventos. Las recuperaciones faunísticas llevan tiempo. Una extinción en masa puede afectarnos más de lo que pensamos», remarca.
La paleopalinología también permite trazar ciclos climáticos. «Podés ver curvas de momentos de más calor, de menos calor, de mayor humedad, de mayor sequía», describe Erra. «Y podés compararlos con los actuales. Podés marcar una tendencia». Es una herramienta que la ciencia básica le ofrece, gratis, al debate sobre la crisis ambiental del siglo XXI.
Sin ciencia básica, no hay futuro aplicado
«La ciencia básica, más allá de que no tiene un objetivo comercial, nunca sabés cómo se va a poder aplicar después«, analiza Echevarría. El conocimiento acumulado sobre Vaca Muerta durante más de un siglo y que es el que hoy sostiene uno de los yacimientos no convencionales más grandes del mundo es, en gran medida, el resultado de investigaciones que en su momento no tenían ningún propósito extractivo.
«Todo el conocimiento es una herramienta que queda disponible», sintetiza Georgina Erra. «Alguien hoy lo puede usar y quizás no nos damos cuenta, pero el futuro lo puede usar. Generar conocimiento es algo que hay que promover. No importa si son ciencias exactas, naturales o sociales», acota.

Yanina Herrera lo lleva al plano cotidiano: «Todos los chicos pasan por una etapa en la que les gustan los dinosaurios. Para que haya un museo, para que haya fósiles que cuenten una historia, no alcanza con sacarlos y ponerlos en una vitrina. Tiene que haber alguien que los estudie. Eso lo hacemos nosotros».
Mientras tanto, en algún lugar de la Cuenca Neuquina, un cráneo de un metro de largo que perteneció a un reptil marino, espera tapado bajo tierra a que haya presupuesto para sacarlo. El horno geológico lo cocinó durante 150 millones de años. El Estado argentino lleva apenas un par eliminan los fondos para desenterrarlo.