No puedo dejar de pensar en Di María

Por: Ignacio Bogino

En el inicio del Mundial, Bogino -excompañero de "Fideo" y hoy escritor e ilustrador- asocia una frase de Roberto Bolaño a la carrera del rosarino: "Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado y salir a pelear, eso es la literatura".

Ahora que llegó el Mundial, no puedo dejar de pensar en Di María. Salvo con Maradona, nunca se me había metido tanto un jugador. Entonces me puse a pintarlo. Cuando quiero liberarme de algo, necesito del enfrentamiento. Arranqué con una tela grande y acrílicos, de referencia una foto de Angelito con la remera de la selección, mirando el horizonte, cantando el himno. A la figura la encajé sin problemas, pero no la conectaba con el fondo. Lo blanco y celeste del cielo y la camiseta se rechazaban. Probé cambiando la paleta, girando la tela, fui y vine con el pincel, miles de veces. Más esfuerzo hacía para tratar de imitar la imagen, más se deformaba. Gasté tiempo y pintura a rolete. En una teoría muy simplista y solo chequeada por mí, creo que al que intenta hacer algo con lo que tiene adentro —estado artístico al que todos tenemos acceso— le pueden pasar dos cosas: si te sale el mundo tiene sentido; si no te sale: no. Lo mismo que le pasa a un jugador de fútbol cuando llega a su casa después de un partido. Terminé tapando la tela de negro.

El retiro es difícil, nunca lo hubiera imaginado. Y no sé por qué creí, después de 16 años, que me iba a hacer bien volver a las tribunas del Gigante de Arroyito, y en un partido de playoffs del último Apertura. Había vuelto, pero al césped, a jugar en contra, varias veces —otro tipo de conflicto— nunca a la tribuna. Casualidad o no, terminé con mi amigo Tomatis en el mismo lugar donde mis viejos iban a verme jugar, platea baja del río, contra los palcos. Independiente se puso 1-0. Para colmo, tenía detrás a un viejo que insistía en darle indicaciones a Di María —“¡enganchá, para el otro lado, larga, larga, no, boludo, para el otro lado te dije!”—, yo me daba vuelta y lo miraba como diciendo «señor, ¿usted está seguro de que puede darle indicaciones a Di María?». Solo eso, conozco las reglas. Entonces, segundos antes de que finalizara el primer tiempo, Fideo hizo lo que los grandes artistas saben hacer: transformar en simple lo complejo. Salió entre dos adentro del área y, abriendo el pie, la acarició al segundo palo. Un pase a la red. El partido terminó 3-1 para Central.

Cuando volví a casa y me encontré solo, el efecto de fiesta, con mucha más fuerza, se transformó en lo opuesto. Me quedé frente a la computadora en silencio, con la campera puesta, sin poder escribir, sin poder mirar una película, sin poder escuchar música, hasta que se hizo de noche. Lo único que me distrajo fue mirar los goles de Di María en Youtube. Un recorrido lleno de perlas. Los clubes: Central, Benfica, Real Madrid, Manchester United, PSG, Juventus, Benfica y Central. Además de sostenerse en lo más alto, hay un equilibrio; el camino que lo eleva es el camino que lo regresa. Y ni hablar de todo lo que ganó, sin ir a lo económico. Sumando, a simple vista, más de 35 campeonatos y otras menudencias. Y todavía no llegué a la selección. Que es donde está, para mí, con la once en la espalda, su mejor versión. Mundial sub 20. Oro en Olimpíadas. Dos Copas América. La Finalissima contra Italia. Y una Copa del Mundo. Con ese gol —por nombrar uno importante— en la final contra Francia, que sacó gente a festejar a las calles como nunca otro hecho en la historia.

El 26 de julio de 1953, en Cuba, se llevó a cabo el asalto al cuartel de Moncada, liderado por Fidel Castro, contra la dictadura de Batista. La toma fracasó pero el hecho, de gran impacto para el pueblo, sembró la semilla de la Revolución. Cincuenta y dos años después, otro 26 de julio -de 2005-, en unos de los vestuarios del Gigante, los citados a reservas contra River nos distribuíamos en las sillas de plástico pegadas a la pared. Iba a quedar uno a afuera, y yo tenía los números puestos, era mi primer citación y además defensor. Pero había uno más chiquito todavía, Di María, el elegido que se quedó sin cambiarse.

Foto: Maximiliano Luna / Télam

Un estudio dice que solo el 2% de los chicos que están afiliados a una liga vinculada a AFA llega a Primera. Es increíble cómo alguien apodado «Fideo» —el flaquito que llegaba a los entrenamientos con las manos sucias de carbón— pudo, en un mundo habitado por 8300 millones de personas, donde el fútbol es el deporte más jugado, llegar a lo más alto. Después de Maradona y Messi, le pelea el podio a cualquiera. Cuánta fuerza hay que tener ante un “no”. Y se me vienen las palabras de Bolaño, el escritor: “Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado y salir a pelear, eso es la literatura”.

Buscando en internet cómo ver los partidos del mundial sin pagar —no quería que llegara el día de la inauguración y tener que escucharlo por radio—, me apareció una foto de Fideo niño. Flaco, orejón. Parado solo frente a la cámara, con un conjunto deportivo de Central —típico de las infantiles de aquella época—, detrás hay un alambrado; la silueta negra del paisaje y un cielo que parece prenderse fuego. Cambié acrílicos por óleos —te dan tiempo, secan más lento, se puede trabajar por capas— y sobre la tela negra estoy probando, otra vez, qué sale del enfrentamiento.

 De tanto arruinar pinturas aprendí algo, si no sé qué hacer entre parar y seguir —la visión se confunde de tanto estar frente a la tela—, es mejor parar, limpiar los pinceles, siempre hay tiempo para volver. Entonces me voy a las vías a tirarle el palito a mi perro. Me ayuda a pensar. La mañana es fría, llena de niebla. Las hojas caídas me mojan las zapatillas. Zigzageo, para esquivarlas, de paso aprovecho y entro en calor. Dicen que la fe es la capacidad de soportar la duda. También dice, una canción de Gardelitos, que soñar es recordar para adelante. Durante mucho tiempo, en las vías, me crucé con un pájaro blanco. De patas largas, tipo garza —demasiado exótico para el lugar—, volaba sobre la zanja, se paraba en los postes de la luz, en los cables o simplemente al costado del camino, entre los yuyos, y bajo el cielo celeste abría las alas. Siempre sentí que quería decirme algo. Frágil y potente a la vez. Varias veces intenté acercarme. Pero ante el menor ruido, se volaba. Era la pincelada, bien aplicada, que cambiaba el paisaje. Hace tiempo que no aparece. Hoy me di cuenta de cuánta falta me hace.

Ignacio Bogino fue futbolista de Rosario Central y Patronato, entre otros equipos.

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