“Será penado con arresto de 10 a 30 días el que se entregare a la vagancia o no tuviere medios lícitos de vida, siendo capaz de trabajar”. El rancio artículo 67 del Código de Faltas de la Policía Bonaerense de los años setenta no era solo una norma; era una lápida impuesta antes de aprender a caminar. La semilla de un sistema paranoico que confunde la existencia con la utilidad. Los de arriba nos arrearon al culto del tripalium -ese yugo de tres palos donde azotaban a los esclavos y que ahora, con una semántica que espanta, bautizamos como “trabajo”-. Será por eso que nuestros compañeros chilenos al trabajo le dicen “pega”. Con el sudor de tu frente. Argumentos para la sociedad del ocio es una zarpada antología del escritor Osvaldo Baigorria que documenta la golpiza.

“Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra”, nos escupió el Génesis, esa receta fundacional de nuestra miseria bíblica. Me cago en Dios y en las fuerzas del cielo: el trabajo no dignifica, cansa. Apalea. Nos hace sufrir hasta dejarnos el alma en los huesos.

En esta Argentina de libertarios apócrifos, deslomados funcionarios y anfetaminas políticas, la motosierra no solo serrucha el déficit: disecciona nuestros nervios mientras el hambre nos persigue, como un mastín rabioso de la yuta que muerde los tobillos en cada marcha. Andamos todes donando sangre al antojo de un patrón, por un mísero sueldo que se evapora antes de llegar a la billetera. Nos bautizan, sonriendo, “gil trabajador”.

La realidad es una pesadilla a secas, una alucinación húmeda construida para que no preguntemos por qué carajo nos arrancan de la catrera al alba para fabricar basura que no necesitamos. Es el nec-otium: la negación del ocio, el gran secuestro. Decía Andy Warhol, nacer es ser objeto de un rapto eterno: nos venden como esclavos antes de que alcancemos a balbucear una palabra. La maquinaria no frena su marcha; nos devora en el insomnio y nos reclama incluso en los sueños de fuga.

Fue en el siglo XIX cuando el orden impuso la tiranía del reloj. “El tiempo es dinero”, exigían los patrones mientras trucaban las sirenas para robarnos el oxígeno. Elevaron la puntualidad a la categoría de virtud teológica para ocultar el saqueo. En el siglo XXI la esclavitud es full time, conectados las 24 horas por el home office. Kropotkin, que sabía cómo venía la mano, denunciaba que medir la vida con el metrónomo de la producción es un absurdo. Primero está el derecho a la existencia, después el bienestar y, recién al final, si es que queda aliento, el laburo.

Trabajar para vivir, pensaba Alejandra Pizarnik, es más idiota que vivir. ¿Quién inventó la estafa de “ganarse la vida”? ¿Dónde está ese idiota para que nos rinda cuentas? Odio el trabajo, quiero vivir.

Frente a esta pedagogía del exterminio, la resistencia es un acto de supervivencia. Pienso en la cooperativa de compañeros y compañeras que sostienen Tiempo hace ya una década, un faro en la tormenta donde aprendimos que no necesitamos patrones para sostener la dignidad.

Este 1° de Mayo no invita a la fiesta, sino a la protesta. Es un día en que los trabajadores y trabajadoras del mundo juntamos fuerzas para resistir en la lucha por la dignidad, que no es el trabajo, sino la autonomía. Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta…

Con el tornado de la Guerra Civil arrasando sus pagos, mi bisabuelo Marino de la Santísima Trinidad García, anarquista de la vieja escuela, cruzó el Atlántico con la malaria andaluza y un manifiesto en el bolsillo para dejarme una sola verdad: que los pobres coman pan y los ricos, mierda, mierda. “Cuándo querrá el dios del cielo, que la tortilla se vuelva”.

Este viernes pidamos lo imposible: el desempleo absoluto en este desierto de oficinas y el reinado del tecnofascismo. Que el fuego de los mártires de Chicago y la luz rebelde de Osvaldo Bayer nos sirvan de guía. Que la tortilla se vuelva de una buena vez.