La realizadora reflexiona sobre la nostalgia, sus influencias y su búsqueda de un cine que rompa las estructuras clásicas.

–¿Cómo fue el comienzo de tu camino expresivo?
–Estudiando danza. Me gustaba leer y jugar, pero empecé con la danza.
–¿Y la primera vez que subiste al escenario?
–Cuando tenía ocho años, en la muestra de fin de año de la profesora de danza. Me puse a llorar porque no me quería bajar. Ya había cerrado el telón y yo no me quería bajar (risas). Tuvo que venir mi mamá a buscarme.
–Bailaste en el Colón y en el San Martín.
–Sí, y por todo el mundo. Entré a grupos independientes, bailé en varios países y después me empecé a dedicar al cine, luego a la literatura, y a lo que iba surgiendo.
–¿Son las expresiones artísticas complementarias?
–Creo que sí. Por lo menos lo son en mí.
–¿Te gusta viajar?
–Hay muchos lugares que me gustan en el mundo. La Habana me parece una ciudad muy particular, distinta a todas. Pero hay algunas ciudades de Europa que me encantan. En París tengo mucha historia también. Hace poco estuve en Tokio, que es muy loco. Egipto también. La verdad es que viajé mucho, no quiero alardear de mis viajes.
–¿Por qué?
–Me parece un poco antipático en este momento de crisis del país. Pero sí, viajé por los cinco continentes. Y es lindo. Mi vida con la danza y mi vida con el cine me han hecho afortunadamente viajar por todo el mundo. Igual hay un montón de lugares que no conozco todavía y me gustaría conocer, como la India o China, a los que todavía no fui.
–¿Qué directores te inspiran?
–Hace unos años vi Reconstruction, una película danesa dirigida por Christoffer Boe. En la Argentina la estrenaron como Reconstrucción de un amor. Me inspiró mucho a la hora de pensar la ruptura de las estructuras narrativas, tanto para la literatura como para el cine. Me gusta mucho todo lo que hace Wong Kar-wai. Es un director de cine chino reconocido internacionalmente por sus filmes únicos en su forma visual y muy estilizados. Me inspira y me gusta casi todo el cine que no repite la narrativa básica del arte todo masticado, que no es maniqueo ni moralista. El que te deja ver la belleza de los personajes, el que se centra en el plano para ayudar a entender lo que sucede. Todo eso me apasiona.
–¿Tenés tu lado más espiritual?
–No. Me siento hiperansiosa. Me gusta charlar, me gusta mucho charlar. Me psicoanalizo, sí, pero espiritual no. No soy muy zen, para nada. No sé meditar, me pongo ansiosa y me aburre infinitamente. Estoy en movimiento casi todo el tiempo. Soy hiperkinética: hago mil cosas.
–¿Cómo te llevás con el paso del tiempo?
–Mirá, yo siempre pienso que tengo 28 años y toda la vida por delante. No hay manera de ir contra el paso del tiempo. Me interesa mucho el tema del tiempo, lo borgiano, los laberintos de la mente. Pero hay cosas que son imposibles de evitar. Por más que te pongas mal o te guste, pasan igual. No soy de las cirugías. Soy una mujer madura, tengo la edad que tengo, pero me siento de 28. Y los tendré toda la vida. Siempre voy a tener proyectos, estoy llena de ideas.
–¿No añorás el pasado?
–El sistema hegemónico de pensamiento pondera excesivamente la juventud. Creo que hay un tiempo para cada cosa. Es una trampa engancharse con la melancolía de un pasado mejor. A veces la mente juega como un filtro de Instagram e idealiza el pasado.
–¿Qué tan importante es la política para vos?
–Como artista no es algo que me marque. No es que haga cine político, aunque me interesa mucho como ciudadana. Los que dicen “no me importa la política” están dando una definición política. La política es apasionante, es la gran ordenadora de las sociedades y de los vínculos de poder, pero no hago cine militante. Lo que pasa es que los personajes históricos a veces tienen una dimensión cinematográfica imposible de eludir. «
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