La amenaza del dragado de 44 pies del Paraná baja turbia de las oficinas de Buenos Aires y pone en jaque la vida de los humedales, las especies nativas y las comunidades que lo habitan: ningún polvo; del agua venimos, de agua somos y al agua vamos. Eso mismo entendió el centenar de nadadores que se congregó en el parador La Capitana, sobre el río Capitán, pleno Delta del Tigre, días atrás, para participar de la primera nadada colectiva en defensa del río.

“La nadada surge a partir de la necesidad de poder tirarse al río y defenderlo”, cuenta Cecilia Bielati, guardavidas e isleña por adopción. Cuando se vino a vivir al Delta, tres años atrás, se sorprendió al ver que muy poca gente nadaba en los cursos de agua, y comprobó que el tráfico irresponsable de embarcaciones convertía la actividad en un deporte de riesgo. Cuando una vecina le preguntó si daba clases, armó un boyado sobre el muelle de la casa “La Raquel”, en el río Sarmiento, y comenzó a dictar lecciones de natación en aguas abiertas. Con el grupo consolidado, empezaron a hacer salidas. “Estuvimos todo el verano yendo a lugares para nadar y sintiéndonos mucho más tranquilos, así surgió la idea de hacer una nadada colectiva”, comenta Bielati. Y agrega un objetivo claro: que se le garantice un espacio a la natación en el Delta. “Así como los yates tienen zonas de preferencia y las motos de agua pueden andar por dónde quieren, ¿dónde pueden estar los nadadores y juntarse y nadar tranquilos un rato sin que los pase una lancha por arriba?”. Lanzaron la convocatoria con dos semanas de antelación a través de la cuenta @nadocolectivodelta, esperando reunir unas decenas de participantes. La respuesta los desbordó: tuvieron que cerrar cuando llegaron a 130 nadadores. Otros tantos quedaron en lista de espera. Entre un puñado de vecinos gestionaron seguros de vida, lanchas de apoyo y permisos de prefectura; mucho más que un simple chapuzón.

La primera gran nadada colectiva del Delta: 200 brazos contra 44 pies
Foto: Pablo Martínez

Doble mérito

El sábado amanece cubierto de nubes, pero nada detiene a los nadadores, que se acercan desde distintos rincones de las islas y “el continente”. Se los reconoce a bordo de la Interisleña por su portación de torpedos y boyas anaranjadas. “Me enteré por una amiga y vine enseguida porque soy guardavidas y me gusta nadar”, dice Marcelo Rodríguez, que se gana la vida como techista y pintor. Con la vista clavada en el río agrega: “Nunca había nadado en el Delta, y creo que es importante defender esto, por eso vengo”. Liliana Martucci es licenciada en urbanismo y profesora en la Universidad de General Sarmiento, pero se presenta así: “Soy de Moreno y amo las aguas abiertas”. Vino desde el Oeste con su amiga Rosa Marconi, que también se le anima al río. “Apenas lo vi, me enganché enseguida, porque es nadar en aguas abiertas y por una causa justa, entonces doble mérito”, resalta Liliana.

Mientras el cardumen desciende de la lancha colectivo en el muelle del parador La Capitana, los isleños se arriman en canoas, kayaks y pequeños botes, nada que ver con la opulenta prepotencia de los yates y las motos de agua que surcan el río a toda velocidad de motores fuera de borda y de control. De eso sabe bastante Sebastián Arena, otro de los organizadores, que lleva las costas en su linaje. Con una sonrisa tan ancha como su espalda, este isleño y nadador aficionado cuenta que braceaba en soledad, bajo el riesgo de ser atropellado por las embarcaciones: “Promovemos la navegación responsable, acá en el Delta sufrimos a la gente que viene a navegar y hacer uso del río los fines de semana y van por los ríos como si fuesen una autopista. Acá se sale a recrear, a nadar, a remar. Pregonamos que se navegue con responsabilidad porque alrededor hay un montón de cosas que necesitan cuidado”.

La primera gran nadada colectiva del Delta: 200 brazos contra 44 pies
Foto: Pablo Martínez

Pero lo que más le preocupa es un presente en el que el agua parece ser un bien de cambio en el mercado, en lugar de un recurso vital: “En la coyuntura que nos toca vivir estamos nadando por el cuidado del agua, de nuestros ríos, de nuestros glaciares. También nos oponemos al dragado de 44 pies del río Paraná, entendemos que va a implicar que los ríos se sequen y que los humedales desaparezcan”.

“Monte nativo, vida posible” y “Esta es tierra de carpinchos” rezan las banderas que enmarcan el punto de largada. Hacia el mediodía las nubes cubren el cielo con un manto de piedad que filtra el sol del marzo. Se respira en el aire esa melancolía del fin del verano, pero en el Delta el verde de sauces, palmeras y causarinas alcanza su cenit. Sebastián y Cecilia reúnen a los nadadores para la charla técnica: “No es una carrera, vamos juntos y nos cuidamos entre todos”, resaltan. Los nadadores experimentados acompañan a los que hacen su primera incursión en el río.  Entran en parejas como en una procesión, pisando el suelo legamoso, neobarroso del Delta, sumergiéndose en ese agua marrón rica en sedimentos que bajan del río Bermejo y le dan forma y vida a estas islas: el aluvión biológico. La marcha acuática arranca con una cadenciosa música de brazadas que entonan su propia oración del remanso. Los nadadores le ponen el cuerpo y de pronto el marrón del río está salpicado de los naranjas, azules, rojos y amarillos de las gorras de silicona, boyas y torpedos. Un conjunto de embarcaciones y una moto de agua de la Prefectura garantizan la seguridad a lo largo de los 1600 metros del recorrido. El trayecto está sembrado de banderas con especies nativas de la ecorregión (ipacaá, garza mora, gallito de agua) atadas a los pilotes de los muelles. Se nada corriente a favor hasta la boca del arroyo Rama Negra y el entusiasmo empuja más allá, hasta la comisaría donde descansan amarradas las lanchas patrullero Baarder 700. Hay una pausa para que todos los nadadores se reagrupen y se emprende la vuelta corriente en contra, como la lucha en estos tiempos, pero nadie baja los brazos. Flota por ahí el fantasma de Anita Gutbrod, isleña del arroyo Caraguatá, que exactamente ciento tres años atrás batió el récord mundial de permanencia en el agua. Cada brazada recoge la estela de quienes nadaron antes, abriendo el camino.

La llegada de cada nadador se celebra como una victoria colectiva, los abrazos unen los cuerpos como las raíces de las casuarinas que sostienen los albardones y hasta el estruendo de las chicharras parece celebrar la proeza. “Hay que estar, ocupar el espacio, vivirlo, habitarlo. Pero hacen falta otros para hacerlo y está buenísimo saber que hay un montón más con las mismas ganas”, reflexiona Bielati. Está claro que nadie se nada solo. Rodolfo Walsh, que encontró en estas islas el refugio de las garras de la dictadura, alguna vez escribió: “El Delta es grande y obstinado como el inmenso río que lo hace y lo deshace”. Y su gente también. «

La primera gran nadada colectiva del Delta: 200 brazos contra 44 pies
Foto: Pablo Martínez
Anita y Lilian, las pioneras de los ríos argentinos

El territorio argentino, surcado por costas ribereñas y marítimas, tiene un vínculo de larga data con la natación, que se remonta a los pueblos originarios. Alrededor de 1870 John Arthur Trudgen desarrolló un estilo antecedente del crol imitando la técnica de nado de los yámanas y selknams de Tierra del Fuego. El país ha sido cuna de campeones mundiales de aguas abiertas, como Claudio Plitt, Damian Blaum o Pilar Geijo y organiza dos carreras del circuito mundial de la especialidad: la Santa Fe – Coronda y la Hernandarias – Paraná.

Pero más atrás en el tiempo sobresalen las figuras de dos grandes nadadoras pioneras: Lilian Harrison y Anita Gutbrod, contemporáneas y rivales. El 13 de marzo de 1923 ambas se zambulleron en el Paraná desde la ciudad de Zárate, con el cuerpo untado en aceite de bacalao y lanolina para resistir la travesía. En esa ocasión Anita superó
a Lilian: nadó 22 horas y 47 minutos hasta el río Luján y marcó el récord mundial femenino de permanencia en el agua.

En la travesía se dio el gusto de pasar por la boca del arroyo Caraguatá, donde se había criado, y fue acompañada por las embarcaciones de los isleños que arrojaban flores a su paso. Harrison, por su parte, pasó a la historia por ser la primera persona en cruzar a nado el Río de la Plata (cinco hombres lo habían intentado sin éxito). Fue el 22 de diciembre de ese mismo año, tras recorrer 48 kilómetros en 24 horas y 19 minutos.

La primera gran nadada colectiva del Delta: 200 brazos contra 44 pies
Foto: Pablo Martínez
El dragado y la total artificialización del río

La nadada colectiva ocurrida el fin de semana pasado en el Delta se suma a otras acciones de protesta que buscan concientizar sobre la gravedad del proyecto de dragado a 44 pies del río Paraná y de cómo impacta en la vida de lugareños y de especies nativas.

A espaldas de los reclamos de las comunidades del litoral, el gobierno avanza con la privatización de la hidrovía Paraná-Paraguay: el 27 de febrero se abrieron los sobres de la licitación por 25 años. En declaraciones a Tiempo el abogado ambientalista Lucas Micheloud advierte: “Esto marca un salto cualitativo porque no se trata de obras de mantenimiento, sino de estructurar y consolidar la total artificialización del río adaptado a la visión privada y concentrada, de corredor extractivo al servicio del agronegocio y las exportaciones”.

El integrante de la Asociación de Abogados Ambientalistas denuncia que la hidrovía funciona sin declaración de Impacto Ambiental y señala que la evidencia científica es contundente: “El dragado intensivo afecta directamente la biodiversidad, destruye hábitats acuáticos y altera cadenas tróficas enteras. En sistemas complejos como el Delta, esto puede traducirse en pérdida de especies, mayor vulnerabilidad a incendios y una reducción drástica de la capacidad del humedal para regular inundaciones y sequías”.

Ante este escenario, las organizaciones ambientales han cuestionado judicialmente el proyecto a través de un amparo que denuncia la falta de evaluación ambiental estratégica, la ausencia de participación ciudadana efectiva y el incumplimiento del principio precautorio. Micheloud concluye: “Además, puede ser impugnado por violar compromisos internacionales en materia de biodiversidad, cambio climático, desertificación y protección de humedales”.