A sus 86 años y a casi 50 años de su secuestro, el ex diputado nacional Juan Carlos Cominguez declaró esta semana en el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención Pomar y reconoció que fue en ese lugar donde permaneció cautivo y fue torturado junto a otros miembros del Partido Comunista durante la última dictadura.
“Si le sumamos el olor a sebo, a curtiembre, propio de la zona sur, más la tardanza en llegar, el ruido del levantamiento de la cortina metálica y la salida a Avenida Belgrano (donde fue liberado), yo estuve en ese lugar”, destacó Cominguez ante las consultas de la fiscalía.
Durante dos horas, el ex diputado y docente (uno de los fundadores de la CTERA) declaró ante el Tribunal Oral Federal 1 de CABA sobre su militancia en el PC y su mandato como diputado nacional y aportó detalles sobre la persecución sufrida primero por la Triple A y luego por el terrorismo de Estado.
Cominguez advirtió que su relato era “largo y doloroso” y que los recuerdos sobre lo que vivió activan su estrés post traumático. “Lo único que espero es que aparezcan los camaradas. Mi presencia acá es esa, no hacer una genealogía de lo que pasó, sino de llegar a la verdad, a la justicia y que aparezcan los compañeros, como que aparezcan todos los desaparecidos, porque si no es una verdad incompleta”, aseguró.
La declaración puede verse completa en el medio comunitario La Retaguardia:
El centro clandestino ubicado en la intersección de Pomar y Chiclana, en Nueva Pompeya, fue identificado recién en diciembre de 2022. Por allí pasaron al menos 8 personas, Pedro León Zavalía, un agente de bolsa y dueño de la financiera Río Paraná, y un grupo de militantes del PC que fue secuestrado en mayo de 1977. Sólo tres lograron sobrevivir, Cominges, Miguel Lamota y Miguel Prado, mientras que Luis Cervera Novo, Carmen Román, Ricardo Gómez y Juan Cesáreo Arano aún permanecen desaparecidos.
El 20 de mayo, cuando salía de la sede del PC, Comingues fue capturado en pleno centro porteño, en Callao y Corrientes. Se lo llevaron en un Falcon y luego lo pasaron a una Renoleta. “Esta Renoleta habrá tardado 15 minutos. Se paró. Sentí ruidos de una cortina metálica que se levantaba y entró. Nos hicieron entrar a un lugar, a una celda. Ahí nos tiraron al suelo. A mí me habían tabicado y estaba esposado con las manos adelante. De eso me quedó un resabio, esta cicatriz, porque eran esposas serrucho que a medida que se cerraban no se podían abrir. En el suelo pedí que se identificaran y eran Carmen (Román), Luis Novo, Cesario Arano e Isidro Gómez. Y después se sumaron Lamota y Prado”, recordó.
Al llegar al lugar, comenzaron a ser torturados.. “Fui torturado con corriente eléctrica, tuve que estar mucho tiempo con los brazos en alto, y no solamente me agraviaron en mi cuerpo, en mis intimidades, sino que me dieron de tomar plasticola, ají y demás cosas”, indicó y destacó que se ensañaron con él por su alto perfil político, ya que, a partir de la denuncia de su familia por su desaparición, comenzó una presión internacional de agrupaciones de maestros y de Pio Lagui, que era representante del Vaticano, y de otras organizaciones.
El terror
Cominguez intentó ponerle palabras al terror de estar secuestrado. Sostuvo que “esa situación de incertidumbre entre la vida, la muerte, el terror, el dolor físico, mental, lleva a una situación de espacio y tiempo muy complicada, más que nada cuando uno está en la incertidumbre y pesa sobre uno el terror de lo que le puede pasar, de esperar la próxima sesión (de tortura). Una especie del Juguete Rabioso de Roberto Arlt, cuando el padre llegaba a la noche y no le pegaba, sino que sacaba el cinturón y le decía: «Mañana te voy a dar con el cinturón”. Y era una noche terrible Era, creo yo, peor esa espera”.
Tras 4 días cautivo, un día lo separaron, le dijeron que se afeitara e higieniza porque lo iban a liberar. Lo dejaron sobre avenida Belgrano y le dijeron: «Estás en Libertad. Andá al local del PC”. Pero Cominguez no les hizo caso: simuló ir al local, en un kiosco se limpió las marcas de la capucha y, tras hacer distintos viajes en subte y tren para que no lo siguieran, fue a la casa de un médico.
“Me pegué un baño, me vio el médico, el doctor Epifanio Palermo, que me dio ropa y me llevó a mi casa. Como me habían amenazado, estuve 3 meses guardado en un caserón y fui dos veces a Tribunales a hacer la denuncia por el secuestro y por la desaparición de los cuatro camaradas”, agregó.
Indeleble
Cominguez y su familia llevan encima las secuelas del cautiverio y la tortura. Tras su liberación, “vino el problema de la nocturnidad”, como él lo describió ante el Tribunal.
“El terror es muy específico. No solamente se hace con el individuo sino que es ejemplificador. La percepción de que en cualquier momento uno podía ser nuevamente detenido o asesinado es una situación de mucho estrés, de mucho estrés postraumático. Y tal es así que no solamente yo sino mi señora, que me acompañó siempre, la hora de la nocturnidad pasa inquieta hasta ahora y cuando aparecen los primeros rayos de sol, uno duerme más tranquilo. Eso es una cosa indeleble”, describió concluyó: “El terror es una categoría política, es un instrumento. Hay un victimario y una víctima. Hay una relación de poder y el poder no solamente está en lo físico sino que está en la cabeza y en la cabeza de todos, pensando que les puede pasar lo mismo, y eso inmoviliza. Eso es a grandes rasgos lo que pasó”.
El juicio
El juicio abarca los hechos relatados por Cominguez en la base Pomar y otros 80 hechos cometidos en Automotores Orletti, entre ellos dos casos de apropiación. Los imputados son todos ex espías que integraban la banda de Aníbal Gordon: César Estanislao Albarracín, exagente civil de inteligencia del Ejército; Rubén Héctor Escobar, exagente de la SIDE; Julio Cesar Casanova Ferro, personal inorgánico de la Secretaría de Inteligencia y Patricio Miguel Finnen, quien llegó a ser uno de los hombres más importantes de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) en el menemismo y fue condenado por su participación en el el atentado a la AMIA.