“Melingo: improvise, después analice”, le dijo alguna vez una profesora de armonía y desde ese momento fueron palabras que se convirtieron en una máxima/guía existencial. Porque, en definitiva, ¿qué hace, qué es lo que siempre hizo un músico como Daniel Melingo? Supo construir una intuición (un músculo que, si se entrena bien, puede anticipar el futuro) para luego contar con una brújula para guiarse en momentos de duda, caos y confusión.
Daniel Melingo murió este 30 de junio en su casa de Chacarita a los 68 años, en el camino de lo próximo. Es decir: estaba a punto de sacar un nuevo disco, Tangos bajos (Rework), y presentarlo en septiembre en el Teatro Coliseo. Lo que significa que se encontraba trabajando en lo que vendría. Hay algo para aprender ahí. Un artista nunca detiene su marcha. Por algo le había puesto el título de Linyera a uno de sus últimos y festejados trabajos multimedia (llegó a tener, incluso, su ópera): vagabundear y continuar hacia adelante en la búsqueda perpetua porque el viaje, en realidad, es hacia ninguna parte.

Alejandro Daniel Melingo provenía de un linaje de artistas que mostraban dos caminos posibles que en su propio recorrido pudieron dialogar muy bien: el prestigio de la academia (abuela materna cantante de ópera) y el suburbio orillero (la familia paterna era tanguera al mango). Tal como sucedió con Borges (que tenía enfrentados en su imaginario el encierro de la biblioteca y la valentía callejera), Melingo buscó toda su vida que estas dos maneras de transitar la música se encuentren y generen más música, incluso cuando no fuera comprendida en su momento, tal como sucedió con su banda ecléctica Lions in Love, que fue su proyecto europeo de fines de los ’80 y comienzos de los ’90.
Esa puede ser una primera mirada sobre su arte: Melingo, una figura que rechazaba el prejuicio y el estancamiento, era alguien que no excluía nada, que pretendía la inclusión y lo experimental de elementos por más disímiles que parezcan, e ir siempre hacia lo desconocido (o lo incierto o lo poco seguro), evitando cualquier rastro de pureza. Por eso mismo le dijo al músico Pablo Dacal en una entrevista: “El músico y el ser humano aprende en el mestizaje. Cuanto más mezcla, más conocimiento tiene. El tango es totalmente mestizaje, por eso los europeos alucinan tanto con el tango. Porque ven un mensaje netamente europeo en su estética musical. El tango es una música de cámara europea pasada por estas cloacas”. Cuando se habla de la pérdida de un músico total es cierto, y tiene que ver con que Melingo era expansivo: el mundo le quedaba chico.

En este sentido, de alguien que nunca se quedó quieto en ningún conocimiento ni en ninguna geografía, se puede pensar el deseo inagotable por descubrir lo que sucede en todas las artes, tanto musicales como escénicas y audiovisuales. Acá entran a jugar los datos duros que ennoblecen a Melingo: multiinstrumentista, performer, documentalista, poeta arrabalero, nómade, escritor, cantante curtido, productor, músico exquisito que llevó la inquietud y la incertidumbre a ciertas alturas inusitadas para el campo cultural argentino. Por lo tanto, Melingo era mucho más que un músico, era un artista con todas las de la ley porque disparaba su genialidad en múltiples direcciones y dejaba su huella.
Es interesante pensar que antes de sumarse al rock argentino que se reinventó a comienzos de los ’80, Daniel Melingo ya tenía experiencia al haber formado parte de la banda de Milton Nascimento. Antes de ser moderno en la Argentina, él ya estaba buceando en la música tradicional brasileña. Y eso dice mucho de su formación y su ingreso a la profesionalidad.

Melingo no arranca con la new wave nacional que le puso fin a la última dictadura cívico-militar. No. Melingo ya venía formado en distintas escuelas de música, armonía y composición, y en el trote por Latinoamérica. Y eso es algo que siempre sostuvo: la academia y la calle por igual, en igual grado de valor y exploración.
Una vez que vuelve al país, Melingo forma parte de tres instituciones revolucionarias para la vuelta a la democracia: Los Abuelos de la Nada, Los Twist y la backing band del primer Charly García solista (el de Clics modernos y Piano Bar). Sobre las espaldas de Melingo se monta un imaginario sonoro y estético que supo entregar a las generaciones siguientes: hay que saber divertirse con la mayor imaginación técnica posible. De todos estos lugares, de estas bandas, se fue. Esa es otra constante en su estrategia artística y puede expresarse así: quien se queda demasiado tiempo en el mismo lugar degrada su experiencia con lo sagrado de la música.
Luego de dar vida a la modernidad porteña, Melingo se fue a Europa para lograr un nivel de experimentación fabulosa con Lions in Love. Dejó dos discos a la altura de su leyenda, sobre todo Psicofonías, de 1994.

En su vuelta a la Argentina a mediados de los ’90 publica un primer disco solista de transición, H2O, donde da forma a diversas canciones alrededor del reggae (muy free, por supuesto). Para luego dar forma a la última mutación que le conocimos: el Melingo tanguero. Tangos bajos (1998) fue un hito porque se escuchó con desconcierto, pero la honestidad de ese disco, de alguien respetando su propio deseo más hondo y transmitiéndolo con la mayor ética posible, rompía cualquier barrera. Por otra parte, se puede pensar esta etapa como de rock adulto: Melingo utilizó el tango para intensificar su investigación sobre cómo, de algún modo, la música negra es la madre de todos los sonidos.
La seguidilla de discos que llega hasta este momento, de Ufa (1999) a S’il Vous Plait (2022), muestran a un músico que sabía ponerse siempre en zona de entrega hacia la belleza y la delicadeza, pero sin olvidar la cuota de mugre y rusticidad necesaria. Un ser totalmente angelado que igual tenía la elegancia necesaria como para transitar con prestancia por los tugurios más inmundos. Y esa era una tensión con la que se manejó con naturalidad.
Melingo fue un artista que hizo de la sed y el hambre un plan de trabajo necesario para dejarnos canciones que ingresaron, desde ayer, en el territorio de la eternidad. «

