“No tenemos inconvenientes en declarar que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera, con su caja adornada de gruesos tubos que se dirían serpientes de aliento explosivo… un automóvil de carrera, que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. El epígrafe del fascista poeta italiano Filippo Marinetti es un conjuro tatuado al comienzo de Miles de ojos (Caja Negra Editora), la poderoso nueva novela del escritor boliviano Maximiliano Barrientos. Velocidad, el culto de las máquinas, la fe ciega en la técnica, las balas, la destrucción. Con estas palabras podría resumir –sin jamás lograrlo- parte del vertiginoso y alucinante viaje que narra la obra. Con senderos que se bifurcan y trifurcan entre la weird fiction, la literatura pulp, el realismo alucinógeno, Miles de ojos es un bólido lanzado a través de rutas en que la naturaleza y los cuerpos se funden con el acero, el cromo y las bujías.

La novela, dividida en cuatro apartados, cuenta la deriva de una subcultura de adoradores de los fierros y el black metal. Un bólido deportivo yanqui –Plymouth Road Runner modelo 1970- es el instrumento ritual que utilizan los fieles para liberar a una demencial entidad capaz de transfigurar el mundo capitalista de mierda tal cual lo conocemos.

Tribus post apocalípticas, imaginario cyberpunk y mucho metal pesado. Venom, Celtic Frost, Slayer, Burzum, Sodom. Esa es la banda de sonido que acompaña también a una postal adolescente de una Santa Cruz de la Sierra empestada por visiones del más allá. Barrientos es nacido y criado en la “Miami sin mar”, la principal ciudad del tórrido oriente boliviano. Una urbe rica, opulenta, empresarial y demasiado racista, cuyo esqueleto conformado por anillos, alguna vez arriesgó Fabián Casas, “haría las delicias de Tolkien”.

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El narrador camba es autor de los volúmenes de cuentos Diario (2009), Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011) y Una casa en llamas (2015) y de las novelas La desaparición del paisaje (2015) y En el cuerpo una voz (2018), otra obra incendiaria e indispensable del boliviano.

En Miles de ojos, la pluma de Barrientos es fiel a su clásico estilo frío, empapado de belleza rabiosa, algo seco, siempre efectivo y cinematográfico. Repleto de historias tórridas nivel bonzo, que construyen un mundo hostil e inexplicable, donde muchas veces se impone el drama de lo no dicho. Cultor de una tradición literaria bien norteamericana: DeLillio, McCarthy y siguen las firmas. Con dosis desparejas de Ballard y la angloboliviana Alison Spedding lubricando la novela.

Escribe Barrientos en Miles de ojos: “Ya no sabía dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la vigilia, la línea divisoria se había roto y el espacio no era otra cosa que una prolongación de los paisajes de su mente. Recordó los pies de su madre, blancos y pequeños, hundiéndose en los pedales mientras se desplazaba por la carretera. La velocidad corrió por sus venas y sus huesos, el aliento de ese dios terrible habitó su mandíbula, sus ojos”. Atravesando todo límite, dirían los Hermética. Empapados por la violenta belleza de la aceleración.