«Susan Sontag, mi madre, estaba profunda y a veces desesperadamente interesada en que se la recordara. ‘Perdurará’ era para ella el mayor homenaje que se podía rendir a la obra de un colega». Estas palabras pertenecen al prólogo que David Rieff escribió para la antología Obra imprescindible donde compila los textos que considera medulares de su madre. Aclara que «es una selección de la obra de toda la vida de Susan Sontag vista a través de la lente de David Rieff ¿Qué habría pensado de la iniciativa? No tengo otra respuesta que la que ofrezco cuando sus admiradores me escriben para preguntar qué habría pensado de gente y acontecimientos sucedidos tras su deceso: Donald Trump, woke, la crisis climática, etcétera, etcétera. La única respuesta honrada, por supuesto, es que soy un hijo, no un médium».

Sin embargo, frente a él, que viajó para presentar el libro en América Latina, donde se gestó y se publicó en primer término, es difícil no ceder a la tentación de preguntarle todo sobre la mujer que fue una de las figuras más importantes de la cultura del siglo XX.

–Ser antólogo de su madre debe ser una alegría y una gran responsabilidad ¿Cómo fue trabajar en este libro?

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–Casi nunca hablo en público de la obra de mi madre. Pero en este caso estoy muy contento  de lo que hemos hecho a partir de la sugerencia del lamentablemente fallecido Claudio López Lamadrid, el último traductor de mi madre, y con otro amigo, Aurelio Major, poeta y traductor de la obra de ella y de la mía. Ellos hablarían mejor que yo de cuestiones estéticas de su obra porque yo soy –espero ser–una persona bastante culta, pero no un experto en cuestiones como el cine,  el teatro y otras cuestiones de las que hablaba mi madre. Me siento más confiado cuando hablo de política o de filosofía. Creo que esta será la última antología que se publique de ella, por lo menos en el mundo de habla hispana. En este momento estoy editando el tercer volumen de sus diarios.

–¿Por qué cree que esta será la última antología que salga en América Latina?

–Porque considero que es definitiva y que si el lector que imagino se interesa en ella, luego podrá leer otras obras por su propio impulso.

Es raro que un libro de Susan Sontag, sobre todo con material inédito como El tercer mundo de las mujeres se edite primero en América Latina que en su propio país.

–López Lamadrid fue quien pensó que había que incluir este ensayo. Mi madre era cosmopolita y me pareció bien que fuera así. Pero supongo que se va publicar esta compilación  o una versión de ella en inglés, francés y alemán. Esta antología, nació en el mundo hispanohablante y me dije «¿por qué no?».

¿Por qué escribió un libro como Un mar de muerte sobre la enfermedad y el fallecimiento de su madre siendo tan renuente a hablar de su intimidad?

–Cuando ella se enfermó y murió yo trabajaba para el suplemento dominical de The New York Times y regresaba luego de seis semanas de un viaje a Cisjordania para escribir un artículo sobre el fin del régimen de Arafat. Era 2004. Un año y medio después murió mi padre, de modo que en 2006 yo estaba muy preocupado por la muerte de mis padres, pero nunca había intentado escribir algo sobre eso. En 2007 comenzó todo el melodrama familiar de las herencias. Mi editor en The New York Times me propuso escribir algo sobre lo que piensan los médicos en situaciones en las que hay tan poca esperanza de vida como en el caso mi madre. Acepté sin pensar que iba a hablar tanto de ella. Luego decidí escribir ese libro, pero en él no cuento casi nada de nuestra relación.

Dice que su madre estaba «desesperadamente» interesada en que se la recordara y critica la biografía de Benjamin Moser porque él entiende que ella estaba interesada en la fama. ¿Cómo cree que quería ser recordada?

–Quería que se recordara su obra. No era tan idealista como para pensar que la iban a recordar como persona. Pero esa no es mi crítica a la biografía de Moser, sino que escribió una psicobiografía vulgar. Cuando tuvo que elegir entre una interpretación fundada en su obra y una interpretación psicológica basada en lo que Moser cree que sabe de su vida privada, siempre eligió la explicación psicológica y eso me parece de una gran banalidad.

–También se refiere a una tensión en ella entre la esteta y la moralista. ¿Qué podría decir de esa tensión?

–Que la tuvo durante toda su vida. Fue una adolescente que vivió en el mundo de la avant- garde de San Francisco a fines de los 40′, fue la lesbiana experimental, vanguardista, acorde con esa época. También formó parte de la Juventud Comunista o Frente Comunista, no sé bien. Pero no llegó nunca a conciliar esos opuestos, lo que no me parece mal. Al contrario, creo que uno de los grandes logros de su obra es esa tensión. En las últimas páginas de El amante del volcán se nota que toma conciencia  de esa contradicción y de otras.

David Rieff y los desafíos de su trabajo sobre la obra de su madre.
Foto: Diego Martinez @ildieco_diegomartinezph

–¿En qué sentido cree que fue una moralista?

–En su gusto por la gran literatura europea moralista que es la de los autores rusos. Estaba muy influida por ellos y también por sus contemporáneos de Europa del Este. Pienso, sobre todo, en Joseph Brodsky, pero también en el escritor húngaro György Konrad. Se observa también en su visita a Thomas Mann. No quiero decir que no apreciara la literatura moderna, pero su alma era la de una moralista con tendencias estéticas (se ríe).

–¿Por que la considera una mujer del siglo XIX?

–No me refiero a la esposa encarcelada en su casa, a las mujeres de la burguesía ni a las pacientes de Freud. Bueno, Freud es otro problema. He aprendido que en Argentina no debo hablar de psicología porque soy un escéptico. La psicología es algo que nunca me interesó y cuando veo un libro de Lacan es como si hubieran llegado los marcianos (risas). Hablo más bien de lo serio, de la seriedad de los grandes escritores como George Eliot, es decir, como la mujer que firmaba con ese seudónimo. Hablo de escritores con ideas trascendentales. En materia de libertades en todos los ámbitos, por supuesto, era una mujer de su época. La militancia lesbiana, sin embargo, nunca le interesó. No tomó su bisexualidad como un problema, pero tampoco como un logro políticamente importante. En las grandes historias románticas de su vida hubo más mujeres que hombres. Moser dice que su sexualidad sí representó un problema pero, para decirlo con una palabra freudiana, creo que es una «proyección» de su parte (risas).

–Cuando se conoció la obra de su madre, la cultura francesa tenía más influencia que la de Estados Unidos. ¿A qué atribuye el impacto que tuvo fuera de su país, además de a su talento?

–Un crítico dijo que la novela del escritor inglés Ford Madox Ford The good soldier  era la mejor novela francesa escrita en inglés. Con mi madre pasa algo parecido. Fue la gran ensayista europea-americana.

–Quizá el mayo francés había influido mucho en ella.

–La influyó sobre todo r el cine de ese momento, Jean-Luc Godard. Pero no creo que estuviera muy identificada con dichos emancipatorios como «la imaginación al poder». Le interesaba la vanguardia francesa que, sin duda, tuvo influencia del 68, pero que se manifestó antes de esa fecha con el Situacionismo de posguerra liderado por Guy Debord. La derecha cultural norteamericana la criticó como alguien que respondía al pensamiento del 68. Quizá coincidía más con ese pensamiento que con el de los conservadores, pero eso no es decir mucho.

–Tuvo afinidad con los escritores latinoamericanos y apoyó la Revolución Cubana, pero luego se arrepintió. ¿Cómo fue ese proceso?

–Respecto de la literatura, su interés no estaba en el contenido político. Le interesaba Borges, pero también García Márquez; le interesaba Cabrera Infante, pero también Rulfo. En cuanto a su apoyo a la Revolución Cubana, duró  aproximadamente entre el 64 y el caso Padilla en los ’70. Había estado en Cuba un año y pico después de la Revolución y pasó allá unos meses.  Su rechazo al comunismo comenzó con el caso Padilla, la persecución de los homosexuales y los campos de «reeducación». Ya había conocido a escritores cubanos que se exiliaron en Estados Unidos y en Europa durante el régimen de Batista. En los 50 conoció a su amante cubana, la escritora  María Irene Fornés. Recuerdo haber estado, cuando tenía unos 7 u 8 años,  en una casa en la que se reunían estos exiliados cubanos. Para ella la intervención de los Estados Unidos en Vietnam fue un crimen, incluso hizo dos viajes muy controvertidos a Hanói. Después de su desengaño con Cuba extendió su rechazo a todo el mundo comunista. No creo que rechazara completamente los ideales del comunismo, pero entendía que la  Unión Soviética, China y Cuba eran regímenes totalitarios y no se los podía apoyar más. Además, fue un shock la llegada a Nueva York de grandes escritores y artistas que no eran de izquierda como Joseph Brodsky o Mikhail Barishnikov. Ella estuvo muy vinculada con Brodsky y con  György Konrád, aunque él siempre vivió en Budapest

–¿Cómo consideraba a la sociedad estadounidense?

–A la sociedad, no lo sé. El imperio estadounidense sí puedo decirle que para ella fue algo horroroso. Pensaba que aun las formas más atroces del comunismo no justificaban a ese imperio. En este sentido era más latinoamericana que europea, porque en los ’70 a una persona que vivía en Praga le importaba la ayuda de los Estados Unidos, pero desde México a Patagonia el imperio norteamericano era un desastre. De todos modos, al menos desde el 68, en el mundo cultural estadounidense esta posición no resultaba tan rara. La grieta con la cultura de su país consistía, sobre todo, en que a ella no le interesaba mucho Hollywood, sino el cine europeo, y hacia el final de su vida estaba desencantada del el cine europeo y le interesa más el asiático: el de Corea del Sur, el de Taiwán y, sobre todo, el de Irán. No le gustaban ni los westerns, ni John Ford. Esta posición la separaba un poco de la gente del mundo del arte. También le interesaba más la literatura europea que la norteamericana, con algunas excepciones como Henry James.

La portada del libro.

–Su madre encarnó un modelo de intelectual que tenía un compromiso político inevitable. Esto cambió del mismo modo que decreció el interés por la literatura. ¿Ella llegó a percibirlo?

-Este es un fenómeno global. La frase del gran poeta inglés John Keats que dice que los artistas son los legisladores secretos del mundo tuvo sentido en el siglo XIX y en el XX. Hoy, pensar que Susan Sontag o García Márquez podrían influir en la política es algo inconcebible. Pero mi madre murió antes de que esto fuera tan evidente.

–Era conocida, sobre todo, por su obra teórica, pero ella valoraba su ficción. ¿La diferencia de valoración le molestaba?

–Sí, le molestaba un poco. Comenzó a escribir imaginándose como novelista y publicó una novela antes de su primer ensayo, Contra la interpretación, que la hizo conocida. La mala crítica de sus dos primeras novelas la llevó a focalizarse en el ensayo. Eso la frustró, pero creo que la buena recepción de El amante del volcán fue para ella un gusto y también una vindicación. No quiero exagerar su frustración porque entre su segunda y su tercera novela hizo mucho teatro. Estuvo en Bosnia y luego escribió Ante el dolor de los demás. El peligro físico no la impresionaba.

–A usted tampoco, continúa siendo corresponsal de guerra y recientemente estuvo en Ucrania.

–Es que soy loco. A mi edad hacer eso es ridículo. Cumplo esta semana 70 años, no puedo correr y no quiero que nadie tenga que arriesgarse para llevarme al hospital militar. Debería jubilarme e irme a vivir a Miami. Estar en escenarios de guerra es una patología en mí, pero quiero estar en Ucrania porque creo que es una guerra justa. Además, en algún momento hay que morirse. «

Susan Sontag, pensadora imprescindible.
Sontag de entrecasa

–Uno tiende a imaginar a Susan Sontag como una máquina pensante. ¿Pero cómo era en la intimidad? ¿Se ocupaba de cocinar, por ejemplo?

-No, nunca. No sabía cocinar, pero era una gran gourmand. Le apasionaba descubrir nuevas cocinas. Disfrutaba de muchos placeres, amaba muchas cosas que no eran su objeto de estudio, como la música clásica sobre la que nunca escribió. También amaba viajar, ir de vacaciones a distintos lugares. No era una persona de fe, pero estaba impresionada por las iglesias de Europa porque le gustaba mucho la arquitectura cristiana. Fue una coleccionista desde su infancia y algo de esto escribe en su novela El amante del volcán.

–Me refería a cocinar como un desafío práctico cotidiano. .

-No, no pensaba en cocinar, sino en ir a un restaurante. Mi madre sabía hacer café y basta (risas). No veo eso como un gran desafío práctico. Uno podría pensar que es mejor saber cocinar y comer en su propia casa, pero para ella no era así. Le gustaba salir. Para el resto de las cosas contaba con un asistente. Pero en los primeros 45 años de su vida, no tuvo asistente y no murió de frío ni de calor. Sencillamente, no le interesaba la vida práctica.

–Usted se hizo su propio lugar en el mundo de la escritura, tiene su propia trayectoria. De todos modos, creo que no debe ser fácil ser el hijo de Susan Sontag. ¿Cómo lo vive usted?

–No estoy del todo seguro de eso. Sí, hay un problema en ser escritor cuando uno es el hijo de una gran escritora y de un gran escritor, pero también hay muchos privilegios que acompañan esa realidad. Por supuesto que tendría muchas cosas para decir sobre la relación con mi madre, pero no me interesa hacerlo públicamente. Creo que es la obra la que habla de un escritor.

–¿Se refiere a la suya o a la de ella?

–A la de ella. Como todo escritor, yo he escrito buenos y malos libros. Pero admiro su obra. Todo lo demás es privado.