“En los siglos XVII y XVIII, los llamados `manuales de conducta` aconsejaban a los progenitores –en especial a los padres- acerca de cómo educar a su prole –especialmente a sus hijas- en los modales de la cortesía refinada. En esos manuales, y en otras partes, se dedicaban ríos de tinta a la influencia corruptora de la novela popular- agitaban presuntamente las emociones hasta extremos insalubres, instilando falsas expectativas de vida y falsos valores al lector, y el exceso de lecturas sensacionalistas era un paso seguro en el camino de la rutina.” Esto dice Graeme Davis en la Introducción de Mujeres letales (Edhasa) donde reúne obras maestras del terror escritas por mujeres, una antología que da cuenta de que las mujeres, en todas las épocas, con mayor o menor discreción, afortunadamente desoyeron en la medida de lo posible los mandatos sociales relacionados con su género. Si el terror  y todo lo relacionado a lo tenebroso no parecían aptos para la mujer que debía permanecer en épocas pasadas –los cuentos compilados abarcan de 1830 a 1908- en la supuesta seguridad de las cuatro paredes de sus casas, la realidad –afortunadamente- contradijo los preceptos de los manuales educativos y también de los prejuicios sociales.

La mera idea de que las mujeres leyeran novelas, según lo dice Davis, espantaba a los hombres, pero el hecho de que las escribieran les parecía insoportable. Por esta razón, muchas de ellas debieron hacerlo utilizando un seudónimo masculino que ocultara su verdadera identidad. Las hermanas Bronte, por ejemplo, utilizaron los seudónimos Currier, Ellis y Acton Bell. Y Davis cita un dato curioso. La propia autora de Harry Potter, J.K. Rowling decidió que de su nombre de pila solo figuraran sus iniciales, quizá por temor a que un libro para niños ambicioso tuviera mayores posibilidades de éxito  si no se conocía el género de su autor. Algunas, por supuesto, no admitieron las presiones sociales y firmaron con sus propios nombres, pero en los tiempos en que fueron escritos los cuentos que reúne la antología, esta actitud constituía un verdadero desafío.

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Louisa May Alcott

Davis consigna otro dato curioso: según el escritor y periodista británico Hepzibah Anderson, fue en la década de 1970 que los especialistas y la crítica comenzaron “apreciar la manera en que el género de un autor afectaba la narrativa de terror  que escribía. En `El empapelad amarillo`, de Charlotte Perkins Giman, por ejemplo, “Anderson ve la depresión puerperal de la autora elevada a niveles casi psicóticos por la reclusión restrictiva, paternalista, que sufrió. En otras partes hay indicios de resentimientos conyugales transformados en sangrientos relatos de asesinatos y fantasmas vengativos al acecho de los responsables de esos crímenes, grandes y pequeños, que eran parte integrante de la existencia de una mujer en aquellos tiempos, y muchos de los cuales siguen siendo perturbadoramente comunes y corrientes hoy.”

Davis se encarga de aclarar que “No todas las narraciones de terror escritas por mujeres contienen estos subtextos, por supuesto, y no todos los fantasmas femeninos son vengadores liberados de la muerte por las restricciones de la sociedad. (…) Sin embargo está claro que muchas escritoras se destacan en la escritura de una forma más reflexiva  y psicológica de relato de terror, con poco y nada de lo cruento  y lo sádico que se puede encontrar en la obra de algunos autores. “La generalizaciones son siempre peligrosas, pero quizá la observación pueda tener algo de validez. En una sociedad patriarcal como la nuestra, han sido siempre los varones los que tuvieron la potestad de ejercer sus derechos y aun de ejercer lo que no eran derechos, sino simples aberraciones que la sociedad no condenaba en los varones. El ejercicio de la violencia fue ancestralmente una potestad masculina, tanto en las guerras como en el ámbito doméstico. Y el hecho está muy lejos aún de formar parte del pasado. Basta con leer los diarios o encender la televisión o la computadora para saber que la cantidad de femicidios no ha disminuido a pesar del empoderamiento de las mujeres. ¿Las mujeres tienen menos imaginación sádica en la literatura? Es difícil dar una respuesta afirmativa a esta pregunta porque en el terreno de la imaginación no cabe sino suponer una misma capacidad en todos los géneros. Lo que sí puede decirse es que los hombres tienen un práctica muchísimo mayor que las mujeres en el ejercicio de la violencia de todo tipo y acaso eso haga alguna diferencia en el momento de imaginarla.

Sin embargo, es justo recordar que una de las obras de terror más famosa de todos los tiempos pertenece a una mujer, Mary Shelley,  la autora de Frankenstein. Es ella la que abre la antología de Davis con el relato “La transformación”, de 1830 con el que, según el antólogo, se anticipa a El ladrón de cuerpos, de Anne Rice. El cuento, del mismo modo que su obra capital que la llevó a la fama, está profundamente ligado a la época. “En Frankenstein, su novela emblemática -dice Esther Cross autora de La mujer que escribió Frankenstein-, inventó un monstruo hecho de partes de cadáveres. Eran los años de la Ciencia, la luz de la Razón y el culto romántico a la Vida. Pero también había tumbas profanadas y quirófanos clandestinos. La gente creía en el desarrollo científico y al mismo tiempo tenía miedo. Algunos, como Mary Shelley, se animaban, a pesar del temor, a ir un poco más allá, en los libros y en la vida”.

Shelley tuvo una vida trágica, muy acorde con el clima oscuro de sus narraciones que no solo se manifestaron en la novela, sino también en el cuento, las crónicas de viajes y las reseñas.

En los 26 cuentos que conforman la antología, hay  autoras consagradas y algunas que no son tan conocidas.

Louisa May Alcott está presente con un cuento de 1869, “Perdidos en  una pirámide o la maldición de la momia.” Davis se encarga de resaltar que la autora de Mujercitas era “más versátil de lo que la mayoría de los lectores modernos saben”.

Los relatos sobre momias alentaron la fantasía popular e inspiraron a los más variados escritores, desde Mark Twain a Tennessee Williams. Según el antólogo, las momias y los misterios de Egipto constituyen un subgénero del terror en el que Alcott no ha sido valorada con justicia y el cuento elegido es un ejemplo del error que la consagró casi exclusivamente como la autora de Mujercitas.

Edith Warthon

Por su parte, la reconocida Edith Warthon está  representada con “La duquesa orante”, un cuento de 1900. Una anécdota contada por Davis da cuenta de las restricciones que una mujer tenía para escribir e incluso para traducir, como es el caso de Warthon, aun si no se trataba de cuentos o novelas de terror. A los 15 años, la joven Edith tradujo un poema alemán. Pese a que su padre tenía una nutrida biblioteca que ella frecuentaba y que era educada con esmero por institutrices, para ahorrarle a la familia “la vergüenza de que su nombre apareciera en letra impresa, la traducción del poema apareció con el nombre de un amigo de su padre, A.E.Washburn, quien como partidario de la instrucción de las mujeres prestó su nombre para que la traducción no se perdiera. En ese clima vivió su adolescencia la mujer que con La edad de la inocencia ganaría el premio Pulitzer y sería nominada tres veces al premio Nobel.

La antología, con traducción de Pablo Ingberg, no es solo s una muestra de buenos cuentos de terror, sino también de las dificultades que atravesaron las mujeres para poder escribir y firmar sus obras como lo hacían los hombres de su época.