En pleno siglo XXI que un escritor perteneciente a un pueblo originario gane un premio nacional por primera vez no debería ser una noticia. Pero en el mundo de la cultura “oficial” y en la sociedad en general, los pueblos aborígenes están condenados a mantenerse en los márgenes. De hecho, en el mismo momento en que se anuncia el premio, a 600 kilómetros de la capital chilena, en la región de Araucanía, donde se encuentra la mayor parte de las comunidades indígenas, hay un conflicto originado por el reclamo de tierras que por derecho propio pertenecen a estas comunidades, pero que están en manos privadas.

Que por primera vez un escritor mapuche recibiera el Premio Nacional de Literatura de Chile fue comunicado como una curiosidad simpática. Podía leerse entre líneas que la novedad era a la vez una importante concesión del Estado chileno ante el representante de una cultura que ese mismo Estado condena a la marginación.

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La ministra de las Culturas, Consuelo Valdés fundamentó la entrega del premio a Chihuailaf en “su vasta trayectoria y su capacidad de instalar la tradición oral de su pueblo en una escritura poderosa que trasciende la escritura mapuche”. A lo que agregó: “Con maestría y haciendo uso de una expresión muy propia ha contribuido de forma decidida a difundir su universo poético en todo el mundo amplificando la voz de sus ancestros desde la contemporaneidad”.

Aunque esta es la primera vez que el Premio Nacional de Literatura recae sobre Chihuailaf, ya había sido nominado anteriormente para recibirlo, lo que en esa ocasión no se produjo.

Nacido en 1952 en la comunidad Quechurewe, , se lo asocia generacionalmente a los poetas de los 60 como el muy conocido Raúl Zurita, pero también con los escritores que surgen luego del golpe militar de 1973, a quienes se los llama “generación dispersa”, “de la diáspora” y “del exilio interno”.

Según se consigna en Memoria Chilena, “desde el punto de vista de la crítica, la aparición de la poesía mapuche produjo un cambio en la concepción de la historia literaria chilena, organizada en torno a las grandes figuras de Mistral, Huidobro, de Rokha, Neruda o Parra. En este sentido, uno de los debates que acompañó la aparición de estos poetas problematizó su incorporación a dicha tradición, considerando a la poesía mapuche como una producción cultural autónoma, arraigada en la oralidad y alejada de las pautas europeas simbolista y modernistas de la poesía y la figura autoral del poeta. Abogando por la creación de un discurso autónomo, parte de la poesía mapuche también se planteó críticamente frente al Estado chileno a través de la expresión de su cosmovisión e idiosincrasia como bandera de lucha frente a la marginación cultural.” Justamente por la carga oral que tiene la poesía mapuche a Chihuailaf se lo considera un “oralitor”.

La poesía comienza en él desde su nombre mismo ya que traduce su nombre como piedra transparente y su apellido como neblina extendida.  

Luego de conocerse que Chihuailaf era el ganador del Premio Nacional de Literatura, fue entrevistado por la televisión de su país. Cuando le preguntaron qué significaba para él el premio dijo: “Me gustaría que fuera una puerta pero ojala sea al menos una ventana por la que el Chile superficial y enajenado, es decir aquellos que están dirigiendo el poder, puedan ver la profundidad, la hermosura, la ternura de los pueblos nativos y especialmente del pueblo mapuche al cual yo pertenezco.” Y ante la pregunta de qué sentía al ser reconocido por el Estado de Chile”, respondió: “No veo este premio como un reconocimiento del Estado de Chile. Había un jurado de especialistas que decidió premiar mi obra. Y disculpe que le diga que yo tengo una trayectoria de 43 años y el impacto de mi obra va mucho más allá de lo que hoy se denomina Chile, va a todo el mundo. De hecho, este año, la señora directora general de la Unesco, luego de repasar la historia de la literatura en el mundo concluyó sus palabras haciendo referencia a mi obra y citando un párrafo de mi poema Sueño Azul. Mis pares y los académicos consideran que mi obra es valedera. Mi máxima emoción proviene de haber podido llevar a la memoria de niños, niñas, jóvenes y adultos el conocimiento de nuestros antepasados.”

Sus palabras dieron por tierra con el paternalismo condescendiente de considerar que el valor de una obra literaria está ligado al reconocimiento oficial.