En enero de 1985, el músico británico Ozzy Osbourne participó en el primer festival Rock in Rio, en Brasil. Hacía seis años había sido expulsado de Black Sabbath, así que venía como solista, con banda propia. La gira incluía una escala en Buenos Aires pero, entre uno y otro concierto, no daba tiempo de trasladar instrumentos, luces y sonido. Su producción decidió atravesar el Atlántico con dos equipos completos, uno para cada ciudad. Mientras tocaba en el mega festival, en jornadas que incluían a estrellas como Queen, Iron Maiden, Rod Stewart, Rita Lee, AC/DC y Scorpions, el otro equipo se montaba en la capital argentina.

Desavenencias con los productores locales de por medio, el recital de Osbourne en Buenos Aires se suspendió. El equipo, que había sido transportado en una decena de camiones, quedó varado. Los costos de mandarlo de regreso a Inglaterra eran tan altos que la producción del músico prefirió dejarlos y que se vendieran. Los terminó comprando Teddy Goldman, un célebre sonidista y empresario porteño.

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Meses más tarde, Goldman llamó a un amigo para ofrecerle los instrumentos porque quería quedarse solamente con las luces y el sonido. Lo llevó a verlos a un depósito en el barrio de Once. El amigo se maravilló con la batería marca Ludwig, fabricada en Estados Unidos en los años 60. El sello era mítico, ya que un tal Ringo Starr había usado una Ludwig cuando formaba parte de una banda llamada The Beatles. La batería venía completa, con bombo, caja, toms, platillos, hi-hats, pedales. Todo. El precio era imposible en un solo pago, pero Goldman le propuso facilidades, plazos sin intereses.

El amigo era Enrique Luis Roizner, mejor conocido en el ambiente musical argentino como El Zurdo. Tardó seis meses en pagar una batería vintage que hoy, 34 años después, reluce con sus tonos dorados en el escenario del Teatro Municipal Coliseo Podestá de La Plata, en donde Kevin Johansen está a punto de comenzar un nuevo concierto con su banda, y en la que El Zurdo es la estrella indiscutible.

-Un aplauso para El Zurdo Roizner, una leyenda-, convoca Kevin al presentar al músico.

Las luces se enfocan en el baterista que se levanta despacio y saluda con las baquetas en alto. Responde a la ovación con una sonrisa que, enseguida, da paso a la seriedad con la que durante las próximas dos horas se concentrará en su instrumento.

Sólo los expertos se darán cuenta de que la batería está armada al revés para su comodidad, ya que los platillos, toms y pedales suelen acomodarse para diestros. No es su caso.

La revelación

Roizner, nacido en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1939, es el primogénito de una pareja formada por Marcos, vendedor ambulante, y Ana, modista. En la misma fecha, pero siete años más tarde, nació su hermana Teresa, con la que se completó una familia que vivía en el Bajo Flores, uno de los barrios populares de una ciudad que estaba en pleno crecimiento.

A los ocho años, por una de esas costumbres artísticas judías, sus padres lo mandaron a estudiar violín. No lo disfrutaba. No albergaba un particular interés en la música. Si acaso, bailaba valses y polcas con su mamá en fiestas o casamientos de la colectividad. Tampoco era melómano, ni tenía cantantes o músicos favoritos. Sólo quería jugar al futbol o a cualquier otra cosa con sus amigos. Abandonó el violín, en una decisión que no generó drama ni presiones familiares. No lo forzaron. La vida siguió en calma por poco tiempo. A los 15 años, el golpe de la muerte prematura de su padre lo obligó a dejar el secundario para salir a trabajar y ayudar con los gastos de la casa. Vendió churros, atendió un almacén, ayudó en un taller mecánico… las opciones escaseaban.

Había que distraerse. Una noche de cine, fue a ver The Glenn Miller Story, la biografía del músico estrenada en 1954 y traducida como Música y lágrimas. En el minuto 36 de la película, los protagonistas van a un club del Nueva York de los años 30. Louis Armstrong organiza una jam session mientras canta al centro de un minúsculo escenario. Lo acompañan músicos al piano, la trompeta, el saxofón, el contrabajo. La cámara se coloca detrás de la batería y aparece a cuadro Gene Krupa, el primer baterista que brilló en solitario. El traje marrón y la corbata no obstaculizan su ágil y acelerado manejo de las baquetas. Se agita, se despeina. Enseguida se le suma Cozy Cole, otro baterista icónico de la época. El dúo improvisa y se alterna para hacer sonar los platillos, los toms. Se comunican con la mirada. Sonríen. Hay alegría. Energía. Emoción.

La escena cautivó a Enrique.

Krupa y Cole habían trabajado con Benny Goodman, fundado sus propias orquestas y abierto, juntos, una academia de percusión en Nueva York. Compartían talento, fama y reconocimiento. Estaban haciendo escuela. Ya tenían reservado un capítulo propio en la historia de la batería.

Al salir del cine, Enrique, que todavía no era El Zurdo, iba a comenzar a escribir el suyo.

-Quedé fascinado con Krupa. Claro que entonces ni sabía quién era, pero me cambió la vida.

Después de ver la película, Enrique buscó de inmediato clases de batería. Comenzó a estudiar con un tornero que vivía al lado del taller de bobinado en el que trabajaba. Le encantaban las clases, pero su maestro no era un profesional. A los dos meses le dijo que debía buscar a alguien que le enseñara en serio. Consiguió el número del reconocido baterista Alberto Alcalá, quien, al darse cuenta del talento de su nuevo alumno de 16 años, muy pronto lo empezó a mandar a suplantar a otros bateristas y a recomendarlo con directores de orquesta que necesitaban músicos.

El Zurdo cuenta sus inicios mientras está sentado en una silla del salón de su departamento, en el barrio de Almagro, donde vive solo. Ya tiene preparada la pipa que es uno de sus sellos de identidad al igual que los anteojos, la riñonera atada a la cintura, la coleta canosa que se recuesta en su espalda y sus abundantes y también encanecidas patillas. Cada tanto enciende el tabaco y aspira la boquilla. Lo rodean cientos de botellas de vidrio acomodadas cuidadosamente en el suelo. Todas están vacías. Ninguna está repetida. Hay de ron, tequila, gin, fernet, whisky, vodka. Es una de las más de 50 colecciones que posee. De niño juntó estampillas, más tarde reunió monedas, billetes fuera de circulación, pipas, bijouterie, lapiceras, lápices, objetos de decoración, casetes de música… Cada colección está acomodada en su exclusivo y prolijo espacio.

El inicio

La mente de Enrique se traslada a otros tiempos. Recuerda que la primera batería que tuvo en su vida era usada, vieja, sin calidad. Se la compró a un agente de bolsa que había dejado de tocar. Tenía un tambor con aro de madera y clavijas, un bombo, un plato de seis pulgadas y un solo palillo. Después la completó con un hi-hat y pedales. Su primera batería “medianamente buena”, una Gaeta fabricada en Brasil, llegó más tarde. Más allá del instrumento, en el comienzo de su carrera contó con una inesperada ventaja: gracias a sus estudios con el violín podía leer música, formación inusual en los bateristas de la época.

-Eso me ayudó a entrar enseguida en la onda de los músicos profesionales. Le doy gracias al violín, por ahí lo tengo guardado todavía. Empecé a tocar con un grupo que eran dos guitarras españolas y batería. Tocábamos en un boliche que quedaba en Olivos. La gente iba ahí a franelear, casi que hacíamos música ambiental. Pero resulta que, por ir un día a la semana, ganaba casi lo mismo que en el taller de bobinado de motores, entonces dejé el taller y seguí con la música. Tocar la batería, vivir de eso y ayudar un poco en casa era tocar el cielo con las manos. Estaba fascinado.

Enrique enfrentó otra peculiaridad, ya que las baterías se arman para diestros y él forma parte de ese diez por ciento de la humanidad que tiene zurdera, por lo que, para poder tocar, debía intercambiar de lugar los instrumentos. Entre eso y que su apellido era difícil de pronunciar para algunas personas, uno de sus grandes amigos bateristas, Jorge Sauri, comenzó a llamarlo El Zurdo. El apodo se transformó pronto en un nuevo y permanente nombre profesional.

Se acercaba a la mayoría de edad y su vida ya se había convertido en un trajín nocturno. Solían llamarlo para sustituir a bateristas profesionales en bailes por toda la ciudad en los que lo mismo se escuchaban valses, pasodobles y polcas, que melodías de jazz o tango. El tipo de música no importaba. Lo fundamental, lo que disfrutaba, era tocar. Esas noches surgió su interés en investigar ritmos con y sin batería. Le intrigaba que el folclore argentino no la incluyera. Quería sumar su sonido de una manera armónica. Lo logró. Fue un pionero. Hoy, gracias a esa investigación antropológica, tiene una colección manuscrita de más de 1200 ritmos de todo el mundo.

-¿Qué descubriste que la batería le aportaba a distintos tipos de música?

Les suma colores que de otra forma no tendrían. Colores sonoros. Es un poco el concepto que trato de aplicar. Ahora la batería ya no falta prácticamente en ningún grupo de folclore de ningún país. Es una fusión que afortunadamente se ha dado en todos lados, pero hay que tener cuidado. A mí no me gusta la música que no tiene matices. La música que no palpita, que no contrae, que no abre. Hay una cantidad de líneas, en el rock especialmente, donde todo es duro. Ese tipo de música no me llega, aunque entiendo que tiene su estética.

El Zurdo se tomaba a broma el desdén con el que se trataba a los bateristas, músicos que quedaban ubicados en la parte trasera del escenario, sin protagonismo. Se les consideraba “ruidosos” y, muchas veces, prescindibles. Eran los años 50 y faltaba tiempo para que brillaran los bateristas que podían competirle fama al vocalista o al bajista.

-Ahora se nos respeta más, en este momento hay un nivel de bateristas espectaculares en Argentina y en muchos países.

Para que ello ocurriera tuvieron que pasar décadas porque, en sus inicios, Enrique comprobó que carrera musical, estabilidad económica y reconocimiento popular suelen ser un oxímoron.

La gira

A los 18 años, El Zurdo y su amigo Chico Novarro firmaron un contrato junto con una banda argentina para actuar en Bogotá por tiempo indefinido, con sueldo fijo, en un restaurante de lujo llamado Grill Europa. El único problema era que los empresarios no se hacían cargo del boleto ida y vuelta desde Buenos Aires.

Igual se fueron.

Con la batería Gaeta brasileña a cuestas, tomaron un tren de Buenos Aires a Valparaíso. De ahí, un barco carguero hasta Barranquilla. El último tramo a Bogotá lo hicieron en un micro lleno de gallinas. A cada rato debían bajarse a empujarlo porque quedaba atascado.

Terminada la odisea, se instalaron en la ciudad y su vida consistió en alternar el escenario con un trío colombiano a la hora de la comida y durante el baile nocturno. A los tres meses Enrique ya quería volver a Buenos Aires, pero la plata no le alcanzaba para el pasaje. Ni loco volvía a hacer la agotadora travesía de la ida. Tardó un año, que le pareció larguísimo, en juntar el dinero para poder regresar en avión. El trayecto tampoco fue tan fácil. La nave que abordó en la capital colombiana hizo una escala de tres días en Lima, otra en Santiago y, por fin, Buenos Aires.

Desde entonces, cada vez que se va de gira a cualquier parte del mundo, El Zurdo investiga cuánto cuesta el pasaje ida y vuelta en avión. Y mete la cantidad exacta, en efectivo, en su riñonera.

Es sólo por las dudas.

-A mí, lo de Colombia no me vuelve a pasar.

***

Chico Novarro es un gran amigo del alma, compartí un año con él en Colombia, vivíamos en un apart hotel nosotros dos, en el 59. Fuimos con un grupo, Chico era el bajista, afianzamos una amistad. Y después, cuando volvimos a Buenos Aires, hizo el grupo Chico y Largo Novarro y estuve trabajando con él, grabando los discos. Me parece un compositor impresionante.

El amor

A principios de los años 60 llegó, de París a Buenos Aires, la compañía de revista La nouvelle Eve para presentarse en el Teatro Gran Rex. En el grupo de bailarinas había una joven inglesa llamada Pauline Davies. Le decían Pola. En la orquesta formada por músicos locales estaba El Zurdo.

Entre función y función, los jovencitos veinteañeros se enamoraron.

El idioma no era obstáculo porque ella había vivido en Madrid, hablaba español, y él se esforzaba en hablar inglés. La temporada del teatro porteño se extendió a presentaciones en el interior de Argentina. Así anduvieron durante tres meses, hasta que la gira terminó. Pola debía volver a Europa. Para suerte de la pareja, al Zurdo le salió un contrato con una orquesta en Suecia. Hasta allá se fueron. Y se casaron.

Fue un periodo errante. El Zurdo había llevado a Estocolmo una batería Pastor, marca fabricada en Argentina que le había vendido su amigo Pichi Mazzei, un aplaudido baterista de jazz. Los recién casados debían moverse de ciudad a cada rato, dependiendo de dónde contrataran a la orquesta formada por cinco músicos que estaban en pareja y que socializaban poco y nada con los suecos. Obsesionado con su permanente formación, El Zurdo aprovechó para tomar clases con el destacado percusionista Georg Vollbrecht.

Cansados de tanta inestabilidad, él y Pola decidieron viajar a Inglaterra, en donde ahora El Zurdo tendría como maestro a Max Abrams, un legendario percusionista escocés. Llegaron a Liverpool, ciudad natal de la bailarina, y descubrieron que la Real Orquesta Filarmónica local estaba concursando el puesto de tercera percusión. Obvio, El Zurdo hizo los trámites. Y se quedó. Parecía el trabajo soñado pero, a los seis meses, renunció. Extrañaba la música popular. Entonces se fueron a Londres. Ahí se sumó sin mayores problemas a la famosa orquesta de música tropical de Edmundo Ros. Conocía y dominaba el ritmo. El año vivido en Colombia rendía sus frutos.

-Parece que el eclecticismo musical estuvo siempre presente, Zurdo.

-Es que soy como el perejil, puedo estar en todo- dice, y sonríe.

-¿Y no sufrías los cambios de ciudad, enfrentarte a culturas, sociedades diferentes?

-No, porque tengo cuerpo de pobre: todo me queda bien, me acomodo- dice, y vuelve a sonreír.

En Londres, El Zurdo vendió la Pastor argentina y compró una batería Premier inglesa. Cada vez mejoraba más la calidad de su instrumento. Pero la capital británica tampoco fue un destino definitivo. Los Beatles estaban en plena ebullición. La música se revolucionaba. En ese ambiente de euforia, El Zurdo y Pola prefirieron volver a Buenos Aires. Lo bueno fue que la experiencia europea dotó al baterista de 27 años de un aura de prestigio que aprovechó en su regreso a la Argentina.

-Empecé a grabar mucho. Como venía de Inglaterra, los productores creían que yo tenía la precisa, que había aprendido lo mejor de lo mejor, error que nunca me encargué de aclarar.

Terminaban los años 60 y El Zurdo se consolidaba como uno de los sesionistas más demandados del país. Pasaba más tiempo en los estudios de grabación de Buenos Aires que en su casa, pero no lo lamentaba. Disfrutaba andar de acá para allá con sus baterías, trabajando con músicos de todo tipo. Algunas y algunos de ellos, leyendas vivas.

***

Grabé mucho con Mercedes Sosa, aunque nunca actué en vivo. Está entre mis favoritas porque en las grabaciones era un amor. Nunca había segunda toma. Era ensayo en el estudio mismo y, enseguida, grabación. Era insuperable lo que hacía. Si se grababa de vuelta era porque alguno de nosotros había metido la pata, pero no por ella. Le teníamos una admiración tremenda. Hacía una toma, se escuchaba y ya está. Decía: “¿qué, vamos a hacer una segunda por si sale mal?”. Nos reíamos. Por eso nosotros, antes de que ella llegara al estudio, ensayábamos bien los temas que había que grabar, porque ella venía y ya sabía la letra, todo. Por ahí se ponía un machete, pero nada más.

La trayectoria

Ahora sí, el trabajo abundaba para El Zurdo. Ya habían nacido Daniela, Mariela y Jessica, sus tres hijas, y él no desperdiciaba ninguna oferta de laburo. Como buen músico, sabía que las épocas prósperas podían terminar en cualquier momento.

-A veces estaba 48 horas sin parar, grababa de corrido en seis estudios diferentes. Vivía de cafés y garrapiñadas. Luego dormía un día entero, pero me encantaba.

Tan bien le iba, que en 1973 se fue de gira a Japón con “El Gato” Barbieri. De ahí partieron a Estados Unidos, en donde El Zurdo compró una batería Rogers de segunda mano. Por sus dimensiones y sonido, era más apropiada para tocar jazz o tango.

La lista de artistas con los que trabajó se fue haciendo cada vez más grande. Le pregunto por los que disfrutó más. Y los que menos. De estos últimos prefiere no hablar. No se acuerda de maltratos, divismos o actitudes poco profesionales. Quizá, dice, es un mecanismo de defensa que le ayuda a mantener cerrada la puerta a la amargura y al rencor.

-Me deben haber tocado músicos así, pero los dejé atrás porque esos recuerdos son inservibles. En esos casos, la única experiencia válida es que empezás a ver qué es lo que no tenés qué hacer en tu carrera.

La experiencia de Enrique con alrededor de mil músicos en más de 60 años de trabajo está plasmada en fotografías, álbumes, diarios y revistas. Su nombre aparece en más de cuatro mil discos de cualquier tipo de ritmo, ya sean tangos con Astor Piazzolla, Amelita Baltar, Cacho Castaña y Raúl Lavié. Bossa nova, con María Creuza y Vinicius de Moraes, quien lo llamó para el mítico álbum doble Vinicius+Bethania+Toquinho. Folclore con Mercedes Sosa y Daniel Viglietti. Jazz con La Banda Elástica y “El Gato” Barbieri. Blues con Claudia Puyó. Clásica con la Orquesta Sinfónica de Buenos Aires, y baladas con Sergio Denis y Pimpinela.

El Zurdo también grabó con Les Luthiers, tocó en 15 temporadas del Circo de Moscú en Argentina y formó parte de la banda que en 1981 acompañó a la orquesta de Frank Sinatra en sus recitales en el Luna Park.

Su aporte a la música es aún más evidente, y específico, en la decena de hojas que semestralmente le manda la Asociación Argentina de Intérpretes para pagarle regalías por su participación en grabaciones que son emitidas una y otra vez en radios de todo el país.

En esas páginas, lo mismo aparece un homenaje de La Banda Elástica al trío de Benny Goodman; Adiós Nonino, de Piazzolla y Bandeón Arrabalero, de la Orquesta del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, que un concierto para bandoneón y orquesta de Leopoldo Federico. La balada Estaba yo tan tranquilo, de Sergio Denis; La subienda, de Leonardo Favio, No mires el reloj, de Chico Novarro, Preludio para el año 3001, de Amelita Baltar, y E de manha, de Vinicius de Moraes. Se suman el clásico Como la cigarra, en la versión cantada por Mercedes Sosa; Cuando vengas a buscarme, de Facundo Cabral, y La canción del Jacarandá interpretada por Palito Ortega.

Por eso, dicen, es el baterista que tocó con todos.

***

Vinicius de Moraes era un personaje inolvidable. Primero porque era un poeta increíble, un intelectual, le salía por todos los poros. Un gran músico. Con él grabé los dos discos de La Fusa y un tercer disco que nunca salió porque se perdió la cinta. Uno fue con María Creuza y otro con María Bethania. Era adorable, encantador, un tipo tan abierto. Se quedaba conversando con la gente en la calle. Una vez lo estuve esperando media hora en la esquina de Santa Fe y Libertad porque se quedó charlando con el canillita de la esquina, que le había preguntado algo por su tono brasileiro. Con nosotros, los músicos, era un encanto en los ensayos y en los recitales. Siempre se tomaba su botellita de whisky por recital pero jamás lo vi en pedo. Jamás. Nunca se le notaba.

La familia

En el clima de violencia política que marcó a la Argentina de los años 70, El Zurdo siguió colmado de grabaciones.

Desde Barcelona, en donde reside, su hija Mariela recuerda que su papá estaba mucho tiempo fuera y la familia nunca sabía si iba a poder participar en un cumpleaños, en una Navidad. Si lo llamaban para tocar, lo que pasaba de un día para el otro, siempre aceptaba. En casa les tenía prohibido a las niñas acercarse a la batería de práctica en la que estudiaba a diario. Más allá de eso, era un padre amoroso que les dejó a sus hijas una herencia compartida: las tres nacieron zurdas.

– En mi casa siempre había música. Ya sabíamos que a papá había que dejarlo tranquilo cuando ensayaba. Trabajaba mucho tiempo fuera de casa, pero cuando estaba con nosotras nos consentía mucho, hacíamos un montón de cosas juntos.

Gracias al alud de trabajo del que gozaba, El Zurdo llegó a tener seis baterías guardadas en un depósito. Un ayudante, que en la jerga de las bandas se conoce como “plomo”, las llevaba a los estudios, según se necesitara. Al llegar El Zurdo, sólo ajustaba pedales y platillos y comenzaba a tocar. El periodo de bonanza decayó a fines de la década con la aparición de las máquinas de ritmo, computadoras con las que muchos músicos sustituyeron el sonido de baterías y percusiones.

-A pesar de que yo decía que esas máquinas traían enfermedades terribles, nadie me hizo caso.

Ese no fue, sin embargo, el verdadero infortunio del Zurdo.

Daniela, su hija mayor, sufrió un aneurisma a los siete años. Vinieron interminables tratamientos médicos. Y en 1978, a los 39 años de edad, Pola, de quien ya se había separado, murió en Buenos Aires. El duelo se revolvió con la preocupación por sus hijas. Apenas eran unas niñas. El Zurdo encontró en su nueva pareja, Mónica Elías, un auxilio fundamental entre tanto desconcierto.

-A Mónica le debo realmente la crianza de mis hijas. Vos viste lo que son, la educación que tienen. Luego nos separamos, pero todavía hoy, ella sigue teniendo una gran relación con mis hijas. Y yo con ella. La quiero muchísimo.

Con los avances tecnológicos en la música, llegaron épocas más duras. Las grabaciones escasearon. En el afán de buscar ingresos, El Zurdo intentó dar clases.

-Estaba corto de dinero, no tenía trabajo y se me ocurrió lo de las clases. Llegué a tener cinco alumnos, pero digamos que la docencia no era lo mío. Los tuve un par de meses, pero no disfrutaba el hecho didáctico. Terminé hablando con ellos y derivándolos con otros amigos bateristas que sí eran maestros. Seguro les fue mucho mejor.

El destino

Lo bueno de la frustrante experiencia es que El Zurdo comprobó, una vez más, que lo suyo era tocar. Ya fuera con grandes estrellas de la música que con principiantes, artistas más o menos o nada famosos. El sólo hecho de sentarse frente a su batería le provocaba felicidad.

Y en 1983 fue convocado a integrar la banda que acompañaría a Astor Piazzolla en el Teatro Colón. Ya había trabajado con el maestro a principios de los 70, con el Octeto Electrónico que realizó giras que incluyeron presentaciones en el Carnegie Hall de Nueva York.

***

Con el Octeto electrónico de Astor Piazzolla estuve tres años, pero ya había tocado con él en otras formaciones. Cada vez que él volvía de Europa, armaba algo para acá. Él era fantástico. Tenía una virtud: nunca se metía con alguien que no se metiera primero con él. Claro, cuando te metías con él, agarrate, porque tenía una ironía devastadora. Medio mundo decía que lo que hacía no era tango, pero él nunca dijo que lo fuera, siempre dijo: “yo hago música de Buenos Aires”. Con nosotros lo único que no perdonaba era la desatención. Si vos te equivocabas tocando nunca decía nada, te miraba para que supieras que sabía que te habías equivocado y para ver si vos sabías que te habías equivocado. Jamás decía una palabra, salvo que te volvieras a equivocar en el mismo lugar otra vez, ahí sí perdía los estribos: “¡pelotudo!, ¿qué hacés?”, pero si vos te equivocabas en otro lugar del mismo tema era lo mismo, sólo te miraba. Claro, era una mirada tremenda… le decíamos el láser. Pero tenía muy buen carácter, era cómico en muchas cosas. Él sabía que era grande y nunca te lo tiraba en cara. Sabía que era muy groso.

***

Eran tan amigos que Piazzolla le escribió el Tango del Zurdo, obra que permaneció inédita durante mucho tiempo porque llegó a las manos de Roizner cuando el mítico compositor ya había fallecido. Al Zurdo le daba pudor tocarla. Tardó tres décadas en animarse. La melodía se estrenó en marzo de 2015 durante el homenaje a Piazzolla que la Orquesta del Tango de Buenos Aires realizó en La Usina del Arte.

Las niñas crecían fascinadas y orgullosas por ver a su papá en televisión, en programas como Badía y Compañía, o por la posibilidad de estar tras bambalinas en espectáculos tan disímiles como recitales de Piazzolla o shows del Circo de Moscú en los que El Zurdo tocaba en vivo.

Daniela se la pasaba en tratamientos de rehabilitación. Tenía problemas de aprendizaje, movilidad y lenguaje, y parte de su cuerpo estaba paralizado.

Todo eso les explicaron los maestros a los alumnos de segundo año de secundaria de la Escuela del Sol, un colegio privado y laico de Buenos Aires, para que ayudaran a Daniela porque iba a ingresar con el curso ya iniciado. Eran mediados de 1983. La adaptación no fue fácil, como no lo es nada en la adolescencia, ni para ella ni para sus nuevos compañeros. Daniela no encontró ahí la contención que necesitaba y que después sí recibió en el Instituto Vitra (Vivienda y Trabajo para Personas con Discapacidad), en donde hizo amigos y se graduó del bachillerato.

En los escasos meses que pasó en la Escuela del Sol, la hija del Zurdo, a quien recuerdan alegre y de carácter fuerte, solía celebrar sus logros académicos con un grito: “¡Anacrusa, fuerza!”. Explicaba que hacía eso porque su papá era baterista y tocaba con esa banda. El “¡Anacrusa, fuerza!” se convirtió en un festivo código común de varios estudiantes.

Entre ellos estaba una alumna de 14 años llamada Karina Curly Johansen, hermana menor de un joven aspirante a músico llamado Kevin, y con la que Daniela Roizner compartió el resto del curso.

A veces, parece que ya todo está escrito.

El duelo

Sin tanta demanda de trabajo, el Zurdo comenzó a vender sus baterías. De las seis que tenía, se quedó con las tres que le importaban más: la Tama Imperialstar que le había vendido un baterista aficionado; la Rogers que había comprado en Estados Unidos y la Ludwig, por supuesto, porque tiene un valor incalculable que no se tasa solamente en dinero.

Con ellas se acomodó a trabajar en los años siguientes en los que las grabaciones y presentaciones escasearon. Mientras tanto, sus hijas se hicieron adultas.

En febrero de 2002, Daniela, la mayor, murió de manera repentina a los 35 años. La tristeza quedó anidada eternamente en el espíritu del Zurdo.

En febrero de 2002 también murió Marta Gloria Calvet, madre de Kevin Johansen.

Kevin estaba enfrascado en la grabación del álbum Sur o no Sur en los Estudios del Arco que tenía León Gieco, con la producción de Javier Tenenbaum para su sello independiente Los años luz. Por ser un “desgenerado”, como siempre se definió, Kevin necesitaba una banda con músicos versátiles que pudieran tocar ritmos variados. Barajando nombres para la batería, el coproductor Pelu Romero mencionó al Zurdo Roizner.

-Inmediatamente el nombre me sonó. Me acordé de músicos coetáneos de los años 80 y 90 en Buenos Aires que hablaban del Zurdo, como Fernando Samalea, con quien yo tocaba en mi juventud y que luego fue el baterista que tocó muchos años con Charly García, y que me decía: “El Zurdo, qué groso. Tocaba en la orquesta estable de no sé dónde, y tocó con Vinicius de Moraes y con el Octeto de Piazzolla”. Estuvimos de acuerdo en que lo buscara-, cuenta Kevin una noche de otoño en el bar Congo, en el barrio de Palermo. El cariño por su amigo impregna cada palabra.

El día que Pelu llamó al Zurdo, Kevin tocaba en el bar Niceto con una de las primeras formaciones de su banda The Nada.

-Fui a escuchar, a ver de qué se trataba lo que hacía Kevin. Me encantó-, dice El Zurdo.

-Primero me impresionó su porte, como cuando uno sabe que está en presencia de alguien groso que tiene mucha historia en la música-, describe Kevin.

Aunque el plan original era que el Zurdo tocara solamente en una de las canciones, terminó participando en una decena, la mitad del álbum.

La comunión entre ambos fue inmediata y profunda. En medio del desconsuelo personal que padecían, con sus duelos a cuestas, Kevin y Enrique se encontraron.

-Llevábamos la tristeza como podíamos, con el proyecto del disco de por medio- explica Kevin- Pegamos onda. Yo tenía 38 años y él 62. Creo que tuvimos una conexión desde el disfrute de todos los géneros musicales y desde el sentido del humor, porque yo no paro de jugar con las palabras y es algo que él hace mucho también. Hubo un encontronazo, un feeling que trascendía incluso a la música, era algo más personal. También encontré en él una figura paterna. Eso nos pasa a algunos semihuerfanitos que no tuvimos una figura paterna tan presente.

Seis meses después de conocer a Kevin y de grabar y tocar ocasionalmente en vivo con él, El Zurdo se incorporó de manera definitiva a los The Nada.

***

Kevin es un ser muy especial, lo quiero muchísimo. Iría a trabajar gratis con él. Lo he hecho. Es un desaforado, para cada disco grabamos 30 temas o más, luego él elige. Es un gran talento y es un placer trabajar con él. Es un gran compositor, en serio. Un tema de él no son tres acordes y a la lona. Tiene sus giros. Melódicamente es muy original. Intelectualmente sus letras tienen una ironía benévola. Escuchar esa ironía hace bien. A mí me enamora.

El reconocimiento

La presencia del Zurdo influyó en cambios inmediatos en la banda. Los The Nada, chicos de distintos barrios de Buenos Aires que apenas si pasaban los 20 años, estaban comenzando sus carreras. Era común que algunos bebieran tragos o fumaran un porro para relajarse en la previa a los recitales. Kevin los retaba, sin personalizar, advirtiéndoles que después pifiaban frente al público.

Una de las primeras noches que El Zurdo tocó con ellos, los muchachos le invitaron una copa de vino antes de subir al escenario. La respuesta del nuevo y viejo baterista fue breve y contundente:

Antes, nada. Después, todo.

Las cuatro palabras quedaron instaladas como un mantra ético de trabajo.

-Los pibes a mí me respetaban, pero no tanto- reconoce Kevin – Yo no era una figura paterna, era más un hermano mayor. El Zurdo me ayudó mucho con esa dinámica. Para mí y para el grupo fue muy bueno tener a alguien más grande, ver cómo se manejaba una persona que ya tenía más de 40 años en la música. Fue un gran armonizador para la banda.

-A veces me da miedo ese papel porque es una responsabilidad, y yo no quiero responsabilidades- responde El Zurdo-, por otro lado, es muy lindo sentir esto. Se fueron dando situaciones donde yo he sido el más beneficiado. Kevin está confundido, pero dejémoslo así, que lo siga creyendo.

En 2003, Down with my baby, uno de los cortes de Sur o no sur, el primer disco de Kevin en el que había participado El Zurdo, fue elegido como cortina musical de la telenovela Resistiré, que registró récords de audiencia.

El éxito, ese éxito masivo al que aspiran muchos músicos, llegó.

Vinieron los Gran Rex y Luna Park agotados, giras por Argentina, América Latina, Estados Unidos y Europa, los álbumes City Zen, Logo, Vivo en Buenos Aires, Bi y Bi (vo) en México. Y la incorporación temporal de Liniers, el ilustrador que, con sus dibujos en vivo, su personalidad y su carisma, dotó a los recitales de un sentido más performático.

En City Zen, Kevin había incluido Tema del Zurdo, una melodía instrumental de un minuto y veinticinco segundos. En Fin de fiesta, el video lanzado en 2013, Kevin creó una nostálgica canción coral en la que participan todos sus músicos. En el momento en que El Zurdo canta, con su voz enronquecida sus dos líneas frente al micrófono (…y no hay fotos que quiera borrar / …lo mejor debe estar por llegar), las sonrisas y gestos que le prodigan sus compañeros dejan en evidencia su centralidad afectiva en el grupo.

La canción se transformó en un himno de despedida para los fans. Hoy saben que con Fin de fiesta termina el show. La calidez y las ovaciones del público que recibe El Zurdo cada vez que Kevin lo menciona, o cuando deja un ratito su batería y pasa al frente para interpretar su parte, son momentos culminantes en los conciertos.

Si había alguien que todavía no conocía al baterista, el error se subsanó en 2016. En la sesión de fotos para el disco Miss Américas, la fotógrafa Nora Lezano propuso que Kevin y los músicos posaran de manera individual con una banda cruzada al pecho, al mejor estilo de los concursos de reinas de belleza. Cuando fue el turno del Zurdo, Nora le pidió que se quitara los anteojos, se soltara el cabello y colocara las manos en las caderas. Quedó extasiada. “Esta es la tapa”, le susurró a Kevin.

-Le dije que sí, ya está, la tenemos. La expresión del Zurdo era mágica, su rostro moreno, sus arrugas… me recordaba a un indio comanche, o qom, de los de acá. Transmitía una mezcla de fuerza, parsimonia, humildad y seguridad.

El retrato en blanco y negro del Zurdo quedó impreso en la portada de miles de cedés y elepés, porque Miss Américas se editó en el viejo formato de vinilo que se estaba volviendo a poner de moda.

A la tapa se sumó un premio. Ese mismo año, la Legislatura de Buenos Aires declaró al Señor Enrique Zurdo Roizner como Personalidad Destacada de la Cultura. La invitación enviada por el poder legislativo oficializó la mutación de apodo en apellido.

-Para mí esa ceremonia fue un gran orgullo- dice su hija Mariela- Pero ya estaba orgullosa de siempre por tenerlo como padre. Tuve una época adolescente de rebeldía con él, pero desde que soy adulta lo valoro mucho como persona, como ser humano. Como músico me parece grandioso. Es un tipo que ha tirado adelante con su deseo, ha ido a por todas y eso es muy respetable. Por otro lado, pasa mucho que me encuentro con gente que me dice: “¡sos la hija del Zurdo!” con mucha admiración, pero él es un tipo sencillo, sin muchas vueltas, con su carácter, ¿eh? Pero nunca se la ha creído, al contrario, mantiene el perfil bajo, por eso estuvo bueno que lo reconocieran.

Antes de dedicarle el galardón de la Legislatura a su hija Daniela, El Zurdo aclaró que, más bien, se consideraba una personalidad “desacatada”. Terminó aplaudido y abrazado por Mariela y Jessica, Kevin y su esposa, la productora Lala Franco; los The Nada y colegas y amigos de sus seis décadas de aventuras musicales.

Las exitosas giras continuaron.

De la mano de Kevin, El Zurdo actuó con artistas como los mexicanos Natalia Lafourcade y Rubén Albarrán (líder de Café Tacvba); los uruguayos Jorge Drexler y Fernando Cabrera; el brasileño Paulinho Moska y los argentinos Lisandro Aristimuño y Miss Bolivia, entre muchos otros.

Porque sigue siendo el músico que tocó con todos.

Los cambios

-¿Por qué le diste tanto protagonismo al Zurdo, Kevin?

Porque disfruto mucho lo que él aporta. Hasta marketineramente era interesante, con eso de que es una persona de mayor edad que toca un instrumento tan energético como la batería, que supuestamente representa esa cosa idealizante de la juventud. Lo de fondo es que tiene una forma de tocar que es tan de vieja escuela, tan vintage, que ya es moderno de vuelta, y no pretende serlo, lo es por su formación, por ser un músico leído que estudió, que escucha y anota la cantidad de compases que lleva cada canción.

-¿Tienes un código para trabajar con él, para comunicarse en el escenario?

Nos pasa históricamente una cosa muy divertida. Además de que hacemos un saludo y les digo a los muchachos de la banda que sonrían, que disfruten, que los quiero, les pido tempo. Si alguna noche El Zurdo está acelerado y toca rápido, le digo: “tranquilo”. Cuando está un poco lento le hago señas con la guitarra, le bailoteo un poco, le exijo algo. Él enseguida acelera de más y a veces baja de más, como que no tiene término medio. Eso respecto al tempo, pero en líneas generales es un relojito.

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-Te convertiste en la estrella de los recitales de Kevin, Zurdo. ¿Cómo pasó eso?

No tengo idea, ni quiero averiguar. Kevin es el conductor de este proceso. Los demás fuimos beneficiados y yo lo vivo con mucha felicidad.

-Se supone que los bateristas están escondidos en el escenario y al final tú terminas ovacionado…

Pienso que algún día se van a dar cuenta del error.

-¿Tienes alguna canción favorita en los recitales?

En la banda hay temas que, de tanto tocarlos, les cansan, pero a mí me gustan más. Por ejemplo La cumbiera intelectual. Es un tema sencillo pero lo que me envuelve es el público, es tan lindo lo que pasa que me gusta hacerlo. Es una obra musical que se complementa con la gente. Pasa lo mismo en todos los lugares en donde la tocamos. Es increíble.

-¿Y qué sientes cuando tocas?

Hay una cuestión placentera que tiene que ver con lo físico, obviamente, pero me pasa algo más. Cuando estoy tocando estoy concentrado en lo que tengo que hacer y en lo que los demás están haciendo, especialmente Kevin. No le quito la vista de encima, lo tengo siempre en mi rango visual. Él tiene cencerros al pie porque a veces quiere variar algo, es muy sutil, casi imperceptible, lo marca ahí, y si no estoy atento a eso, nos desacoplamos. Por ahí al oído de la gente no llega porque es minúsculo, pero a mí me molesta una barbaridad. Esa concentración me permitió, después de algunos accidentes, no sentir dolores. Una vez que me caí del escenario estaba todo fisurado, o cuando me fracturé el tobillo, pero me subía a tocar y los dolores se iban.

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Casi al mismo tiempo de comenzar a trabajar con Kevin, El Zurdo fue contratado en la Orquesta del Tango de Buenos Aires. Diecisiete años después, sigue en ambas formaciones.

A partir de entonces, sus baterías quedaron divididas:

La Ludwig la usa con Kevin, porque es más rockera. Está guardada en la casa de Johansen y de ahí los plomos las llevan a los recitales en Buenos Aires y sus alrededores. Saben que la tienen que tratar con algodones. Si se presentan en el interior del país o en el extranjero, alquilan los instrumentos.

La Rogers se queda en el depósito que usa la Orquesta del Tango. La saca poco porque, como su rol es más de percusionista, es común que toque bongós, castañuelas y quijada.

La Tama Imperialstar es la más pesada, casi no la usa y es la única que tiene en su casa.

Una casa en donde cientos de accesorios de batería e instrumentos de percusión aparecen por doquier. En una habitación, cada pieza de la Tama guardada en su estuche individual comparte espacio con un bongó. Cuatro banquetas de baterista y un par de atriles se dispersan en varios espacios. En el rincón de un cuarto hay seis tambores armados para tocar de pie que se pueden incorporar a una batería. Al lado, un tambor vintage del año 40. Hay rototombs, timbales, bordonas y parches. En su habitación, frente a la cama, tiene un juego de tumbadoras. En los armarios hay triángulos, castañuelas, cimbarros, güiros, calabazas, guacharacas, pandeiros, cocos chinos y una quijada. Junto a una mesa, un palo de lluvia.

El Zurdo abre las puertas de un armario y aparecen tres cajones colmados de baquetas. Tiene un set preparado para cada una de sus baterías. Siempre ha usado las Regal Tip porque tienen puntas de plástico que no se desgastan tan rápido como las de madera. El largo y el diámetro son los que mejor le acomodan.

Al centro del salón está la batería de práctica. A su alrededor a veces juegan sus nietos Nina, de 10 años, y Felipe, de 6, hijos de Jessica, su hija menor. No les ha enseñado a tocar porque no están interesados. Todavía.

El Zurdo se sienta a diario, entre dos y tres horas, frente a esa batería que no emite sonidos y que usa como gimnasia “para no perder el toque”. Toca partituras, pone discos y los acompaña, o simplemente enciende la televisión y golpea los toms mientras mira el noticiero.

El recital

Es 9 de noviembre de 2019, faltan 36 días para que El Zurdo cumpla 80 años y acá andamos, en una combi que lo recogió en su casa de Almagro para ir a tocar con Kevin en el Teatro Municipal Coliseo Podestá de La Plata. Vamos con Pepo Onetto (teclados y acordeón), Maxi Padin (charango, cuatro y acordeón) y Andrés Reboratti (flauta y saxo). El concierto es parte de la gira para presentar el nuevo disco Algo Ritmos.

El Zurdo, de coleta, camisa azul a cuadros de manga corta, jean, zapatillas, tres cadenas en la muñeca derecha y reloj en la izquierda, avanza despacito, con su andar encorvado. En su riñonera trae el DNI, tarjeta de crédito, una lista con teléfonos de emergencia, tabaco, dos pipas, las llaves de su casa, las llaves para afinar la Ludwig, lapiceras y dinero. En una mano carga una bolsa de plástico en donde lleva partituras, anotaciones que hizo en los ensayos previos. Celular no, porque nunca ha usado. Correo electrónico y redes sociales, tampoco.

Llegamos al teatro a las seis de la tarde. El concierto es a las nueve de la noche, pero al Zurdo le gusta estar temprano para probar sonido. Los instrumentos ya están colocados en el escenario. Sólo alrededor de la batería hay nueve micrófonos. El Zurdo revisa el bombo, ajusta platos, mueve el pedal y la banqueta hasta que se siente cómodo. En el atril coloca la grilla de temas. Se supone que van a tocar 24, pero nunca se sabe. El plan es arrancar con De repente y terminar con Fin de fiesta. La prueba de luces es simultánea. El Zurdo y su batería, la persona y el objeto, forman una sola figura ensamblada, una cinta de Moebius bañada a ratos en destellos azules, a ratos amarillos.

Onetto, Padin, Reboratti, El Zurdo y Matías Cella, el músico y productor que llegó mucho antes, ensayan. Quedan conformes, a la espera de Kevin. En los camarines hay picada previa. El Zurdo prueba quesos, jamones y fruta, pero no los sándwiches porque, aunque no es celiaco, hace más de veinte años dejó de comer harina de trigo. Sale a fumar y a tomar un café al lado del teatro. Pide que lo busquen cuando el recital esté por comenzar.

Kevin llega y hace una última pasada junto a sus músicos. No saben, ni quieren saber, cuántos boletos se vendieron. Las butacas comienzan a ocuparse. A las 21:20 les dan la señal de inicio.

El Zurdo abre la puerta de los camarines. Su andar es pausado. Ya acelerará movimientos una vez que tenga los palos en las manos y se levante el telón.

La Ludwig, reluciente, lo espera en el escenario.