La editorial Corregidor, fundada por Manuel Pampín, cumple medio siglo de vida. Junto a Colihue y De La Flor es una de las tres editoriales argentinas de larga trayectoria que le hizo frente a crisis y dictaduras y mantuvo su independencia sin dejarse absorber por los grandes grupos transnacionales.

A los 83 años, Pampín no da entrevistas y delegó en sus hijos el manejo de la empresa familiar que él sostuvo contra viento y marea. Pero sigue haciendo planes y apostando al futuro. De hecho, la editorial dejó el local con librería a la calle ubicado en pleno centro, muy cerca de la calle Corrientes, para mudarse al primer piso de Lima 575. Aunque el nuevo espacio no da a la calle, se seguirán vendiendo allí los libros de Corregidor y, pasada la pandemia, se seguirán haciendo eventos culturales en el espacio que tiene para ese fin.

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María Fernanda Pampín, una de sus hijas y editora del sello fundado por su padre, dialogó con Tiempo Argentino acerca del proyecto editorial que ha publicado desde Macedonio Fernández a Juan Gelman y Osvaldo Soriano.

–Tu padre es gallego. ¿Cómo se instaló en Argentina?

–Llegó a los 14 años huyendo de la España que había atravesado la Guerra Civil y de la dictadura de Franco. No quería venir a la Argentina. Incluso se escapó antes de subir al barco. Primero había venido parte de su familia, como se hacía en ese momento, y luego de conseguir trabajo, viajó el resto. Entonces llegó mi abuela con dos de sus hermanas, porque la tercera nació acá. Mi padre cuenta que le habían dicho que Buenos Aires era una ciudad grande y moderna, y que cuando llegó y vio el puerto se le vino el mundo abajo. Se instalaron en Lanús, donde había una comunidad grande de gallegos y donde mi padre vive actualmente. Poco a poco comenzó a ocuparse en diferentes trabajos.


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¿Es cierto que era pastor de ovejas?

–Sí, desde los 6 años. Además, también repartía leche en un carrito. Se iba de un monte al otro solo siendo muy chico. Siempre tuvo un gran interés por superarse, por aprender. Siempre fue una persona con mucha fuerza de voluntad.

–¿Terminó el secundario en la Argentina?

–Sí, lo terminó acá. Cuenta que en el colegio lo cargaban. Para sus compañeros él era el gallego bruto. Sufrió muchísimo en la escuela acá.

–¿Y cómo se relacionó con el mundo editorial?

–Cuando terminó el secundario comenzó a trabajar en una distribuidora de libros y luego de unos años quiso comenzar a distribuir por su cuenta. Era muy jovencito. A los 23 o 24 años se separó de su jefe y comenzó a hacer contactos y a traer él mismo editoriales españolas. Trajo 35 editoriales españolas entre las que estaba Seix Barral, con la que comenzó a hacer coediciones  apenas comenzó a funcionar su propia editorial. Además fundó la primera cadena de librerías en la Argentina, las librerías Premier. El local central era el de Corrientes 1583, un lugar enorme, y llegó a tener seis o siete librerías.

–¿Cómo surgió Corregidor?

–Mi padre era muy lector, le gustaban tanto los libros que quiso empezar a publicar él. Stilman, que tenía la editorial Brújula, le dio la idea de fundar una editorial propia.

–Y publicó, entre otros, a Macedonio Fernández. ¿Cómo fue esa historia?

–Apenas iniciada la década del ’70 conoció a Adolfo DeObieta, el hijo de Macedonio, y le propuso ordenar las obras de su padre para publicarlas. De Obieta le dijo que eso no se podía hacer, que era imposible. Él tenía cuadernos y muchos papeles sueltos e insistía con que era imposible ordenar ese material para su publicación. Mi papá le contestó que él tenía tiempo, que no tenía apuro y que lo podía hacer perfectamente. Entonces se pusieron a encarar la edición y se armó un plan de publicación de nueve obras y poco a poco Adolfo las fue ordenando. Fue un trabajo fabuloso. Luego de publicar todas esas obras, como 40 años después, Adolfo encontró una serie de poemas inéditos que publicamos y aparecieron justamente el año en que Adolfo murió.

Tu padre publicó el primer libro de Osvaldo Soriano.

–Sí, Triste, solitario y final. También publicó el primer libro de Laiseca, el primero de Germán García y también La balada del álamo carolina de Haroldo Conti, que tiene una historia hermosa.

–¿Cuál es esa historia?

–En realidad, Conti le había ofrecido a mi papá Mascaró. Eran bastante amigos y un día fue a los sótanos de la calle Corrientes, de Premier, donde estaba la editorial, y le dice a mi padre: “Gordo, voy a mandar Mascaró al concurso Casa de las Américas en Cuba y me parece que lo voy a ganar”. Si ganaba el premio, el libro debía ser publicado en Cuba. Conti le propuso entonces cambiar Mascaró por La balada del álamo carolina. El tema era que Conti no tenía cómo mandar a Cuba las tres copias del libro que le exigían en el concurso. Entonces mi papá le prestó una fotocopiadora, algo que era raro tener en ese momento, y por la noche lo dejó a Haroldo en la oficina para que hiciera las fotocopias de Mascaró que tenía que mandar a Cuba. Cuando llegó a la mañana siguiente, encontró la fotocopiadora quemada y llena de humo y a Haroldo durmiendo encima. Finalmente, Haroldo logró mandar las copias y ganó el premio.


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–Hay muchos otros autores que están identificados con Corregidor.

–Sí, paralelamente a la edición de la obra de Macedonio, mi padre comenzó a publicar la obra completa de Marco Denevi, publicó también la obra poética de Juan Gelman. Cuando publicó a Juan Carlos Onetti tuvo que llevarle las pruebas del libro a una cárcel de Uruguay donde estaba preso por tupamaro.

¿Cómo logró sobrevivir Corregidor a la economía cambiante como la argentina?

–No sólo sobrevivió a las dificultades económicas, sino también a la dictadura. El primer libro que censuró la dictadura fue nuestro, Olimpo, de Blas Matamoro. Luego censuraron muchos más. Los militares llegaban a la librería, te daban vuelta los libros y los tiraban al piso para marcarte cuáles no se podían vender. A veces iban vestidos de civil, te tiraban las pilas al suelo y te decían que esos libros no podían estar ahí. Además de censurar los libros, también se metían con los ejemplares de la revista Crisis que distribuía mi viejo.

–Pero no se dejó intimidar.

–No, incluso una vez fue a la Casa Rosada en plena dictadura a quejarse porque le estaban censurando libros. Todavía no entendemos cómo logró salir de allí y volver a casa. Era joven, imprudente y creo que no sabía muy bien lo que estaba haciendo. Le salió bien, pero podría no haber sido así. Como dije, atravesamos la dictadura, el menemismo, el 2001, momento en que tuvimos que vender el local de la librería y alquilar un lugar. Además, atravesamos el macrismo cuando se produjo una de las más grandes crisis que atravesó el sector. Pero resistimos con mucha fuerza, publicando menos en los momentos más duros y apostando más a las reediciones. En este momento nos apoyan sobre todo las librerías independientes, porque las grandes cadenas no están pagando y cierran locales.

En Corregidor trabajan también tu hermana y tu hermano.

–Sí, mi hermana Paula y mi hermano Juan, y Norberto Gugliotella que es mi marido. Paula y yo hacemos trabajo de edición. Mi hermano se dedica a las cuestiones comerciales e institucionales y Norberto, a la prensa.

La editorial tiene colecciones muy interesantes, como Vereda Brasil y Archipiélago Caribe.

–Sí, Archipiélago Caribe la dirijo yo y con el primer libro que publicamos, Simone, el autor de Puerto Rico Eduardo Lalo ganó el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. En marzo se comenzó a filmar en San Juan la película basada en esta novela pero, debido a la pandemia, la filmación está suspendida por el momento. El premio fue un gran espaldarazo para la colección. El último libro que lanzamos de esa colección fue Candela, de Rey Andújar, un autor dominicano que vive en Chicago. Sobre este libro también se hizo una película. Este año, al cumplirse cien años del nacimiento de Clarice Lispector, nos propusimos sacar cinco títulos nuevos de ella, de los cuales ya salieron dos. 

–¿Nunca quisieron comprar la editorial los grandes grupos transnacionales?

–Sí, varias veces, pero para mi padre esa nunca fue una opción. Corregidor fue su proyecto cultural, familiar y siempre estuvo volcado a lo latinoamericano. Mi padre es un soñador al que le gustan las cosas difíciles.

El gallego que fue un gran editor argentino

Por Jorge Lafforgue, editor y docente

He leído infinidad de artículos y libros sobre la actividad editorial en nuestro país; y durante medio siglo he trabajado como director editorial o jefe de producción en muchas de tales empresas. Este largo recorrido me ha permitido conocer a la mayoría de los editores nacionales. Hacia 1970, a Manuel Pampín, el artífice de Corregidor. Tal vez por eso, tres o cuatro años atrás, al cumplir Pampín 80 años, el colega de Colihue, Aurelio Narvaja, me convocó para que lo homenajeáramos con un libro sobre su vida. Mi conocimiento personal de ese campesino gallego que llegó a Buenos Aires con una mano atrás y otra adelante era bien precario. Ignoraba que fuese hijo de madre soltera, que hiciera sus primeras letras en una escuelita rural, que arreara ovejas y cuidara vacas, que amara los pueblos de la Coruña por los que se desplazaba y que, a los14 años, lo embarcaran en Vigo directo a Remedios de Escalada, en el Conurbano Bonaerense, donde aún vive. En cambio, sí sabía que la literatura argentina había dado su gran paso a la modernidad gracias a Macedonio Fernández, un escritor fuera de serie, y que en Brasil algo similar había ocurrido con Clarice Lispector; que en 1973 el policial negro había copado la banca del género gracias a Triste, Solitario y Final de Osvaldo Soriano que compartirá el camino con Alberto Laiseca, Reina Roffé, Luis Gusmán y Jorge Asís, entre otros mayores como Haroldo Conti; que Democracia y Consenso de Raúl Alfonsín, algún libro de Hernández Arregui, la mayoría de los de Rodolfo Puiggrós y todos los de Arturo Jauretche, hitos del ensayo histórico, habían sido publicados por Pampín. Sabía también que el tango tiene su mayor bibliografía en el catálogo de su editorial. Me ha costado no poco unir al joven campesino gallego y al distribuidor, librero, editor y fundador, en 1970, de Corregidor. El lector del libro de Colihue dirá si lo he logrado. A propósito del libro sobre Pampín, reuní a 22 intelectuales de reconocido prestigio para que colaborasen con la lectura del catálago de Corregidor, todos aceptaron con mucho entusiasmo. En la presentación del libro en la Feria Internacional porteña de 2017, estuvieron presentes numerosos colegas y, días antes, la Fundación El Libro lo había elegido el editor de año. Hoy siguen las demostraciones de afecto y reconocimiento. Es que Manuel Pampín no es solo un editor “argentino”, sino un editor comprometido con lo que publica y, ante todo, un gran tipo.