Sabemos bien que la política es, entre otras cosas, una disputa por los nombres. Por los modos que tenemos los seres humanos de nombrar el mundo que habitamos y preguntarnos por las mejores formas de organizar nuestra vida en común. Durante décadas (podría decirse casi desde sus orígenes), populismo -como también sucedió en su momento con democracia- ha sido una mala palabra: obstáculo de la modernización y el progreso, simulacro y engaño de masas, sinónimo de demagogia o de gobierno autoritario. Despreciada por buena parte de las ciencias políticas y sociales, combatida ferozmente por las derechas -aunque también, equivocadamente, por ciertas izquierdas- la de populismo ha sido una especie de categoría trash (permítanme el anglicismo) posible de ubicar en su interior todos los males de la sociedad contemporánea: corrupción, pobreza, clientelismo, inseguridad, inflación, anti-institucionalismo. Para decirlo de otro modo, el populismo ha tomado el nombre de la barbarie. Desde luego las cosas no son así. Lo que hay en el fondo de todo esto es, además de un fuerte prejuicio y una muy mala comprensión sobre el fenómeno del populismo, un claro posicionamiento político de desprecio, negación y subordinación del campo popular. Sucedió, dijimos, con el término democracia, que en su origen allá por el siglo VI antes de Cristo surgió como forma de insulto entre los antiguos griegos hacia quienes no tenían honores ni títulos ni ninguna otra propiedad para gobernar más que su propio cuerpo y su trabajo (el pueblo); sucede hoy con la palabra populismo que es, para decirlo rápidamente y desde el principio, justamente, una radicalización de la democracia.

Por eso resulta imprescindible recuperar un concepto y una teoría que conciba al pueblo no como objeto sino como sujeto de la política. La encrucijada en la que se encuentra el mundo -desigualdad extrema, exclusión de grandes sectores de población, expropiación de bienes comunes, depredación de ecosistemas, financiarización de la vida, pandemias, y ahora también (si es que alguna vez dejaron de existir), guerras-, requiere de nuevas formas, más imaginativas, creativas y hospitalarias de pensar lo político.  

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Este es el logro -y el desafío– de Siete ensayos sobre el populismo de Paula Biglieri y Luciana Cadahia, que no solo rescata al populismo del oscuro y falso lugar en el que se lo ha colocado (esto en la estela misma de Ernesto Laclau) como una especie de arcón de las malas palabras, sino que va un paso más allá y utiliza todo el andamiaje teórico del posmarxismo y del posfundacionalismo, pero también del pensamiento crítico y social latinoamericano junto a las experiencias recientes, y no tan recientes, de los “populismos reales” en América Latina, para resituar al populismo como una teoría y una práctica para la emancipación.

De hecho, las autoras realizan un precioso juego de palabras con la palabra “arcón”, que refiere a ataúd y a cofre, y que sirve tanto para enterrar a los muertos como para guardar un tesoro. O las dos cosas a la vez, dicen, puesto que lo que lo muere guarda siempre un secreto que cada generación intenta descifrar como signo del presente. La palabra “arcón” nos recuerdan, se vincula etimológicamente con “arcano”, es decir, con secreto o misterio. “El populismo en tanto arcón de lo político, contiene el secreto del pueblo.” 

Podría decirse que Siete ensayos… no solo es un libro sobre el populismo; es un libro populista en sí mismo. ¿Qué quiere decir esto? Que el libro se trama a través de la lógica misma del populismo. Cada ensayo marca un campo de adversidad –campo de batalla– trazando una frontera entre un nosotros y un ellos (los enemigos del pueblo). Luego se apunta a construir una cadena equivalencial entre todas aquellas luchas y todos aquellos sujetos que se encuentran excluidos del orden social dominante y pugnan por un orden distinto. Por último, se ofrece una vía, una alternativa -acaso nueva– para la transformación social. Es un libro populista también en su sentido más polémico ya que pretende reactivar el pólemos constitutivo de la política. De ahí que el libro enfrente de manera directa los tres principales enemigos de la democracia.

 1. El neoliberalismo y su lógica consensualista que niega la dimensión antagonista –conflictual– de lo político cuyo efecto más corrosivo es la despolitización de lo social y la desdemocratización de lo político.

2. Las nuevas formas de fascismo contemporáneo que actualizan el racismo, el sexismo, el clasismo y la xenofobia, activando aquí y allá, viejas y nuevas máquinas de guerra.

3. Por último, el inmovilismo o quietismo que nos dice que “no hay nada que hacer”, que “las cosas son como son”; pero también el determinismo (tanto en su vertiente conservadora, liberal como marxista) que establece un curso lineal de la historia (una teodicea) y un sujeto universal para llevarla a cabo. 

Frente a esto, como ya se ha dicho, el populismo postula al pueblo como sujeto de la política, al mismo tiempo que como tarea misma de la política, en particular de la política democrática. Precisamente porque el pueblo no es una esencia ni una sustancia ni una identidad sociológicamente delimitada que esté allí, a la espera, sino una construcción política y por eso mismo siempre colectiva. Al igual que “El príncipe” para Maquiavelo o “el partido” para Gramsci, el populismo es, para Biglieri y Cadahia, la forma que toma en la actualidad la organización popular. Siete ensayos… expresa así una magnitud: repolitizar lo social y democratizar lo político. Por eso ser populista es también una forma de vida: la militancia.

¿Pero es que acaso hemos dicho militancia? Nos topamos con otra palabra que a algunos sonroja. Así es, “somos teóricas militantes”, dicen las autoras al comienzo, en un contexto en el que pareciera que ambas cosas son incompatibles. A contracorriente del sentido común dominante, tenemos entre manos un libro que se mueve sin tapujos en la tierra que se abre en el cruce entre compromiso político y rigurosidad teórica. ¿No es esta la zona franca del pensamiento político? Recordemos que una verdadera teoría política lo es no solo por lo más evidente, porque su materia misma es la política, sino fundamentalmente porque contiene una pretensión de incidir, justamente, en esta “misma materia”, esto es, en todo aquello que atañe a la vida compartida. Digamos que esto no es una simple ocurrencia ni una característica lateral posible de ser salvada en un ejercicio de asepsia intelectual; es el leitmotiv presente en lo mejor de la “gran tradición de pensamiento político” que va de Platón hasta hoy. Digamos que el populismo es una práctica -teórica y política: militante-, en el sentido fuerte del término, una praxis para la emancipación y la transformación social. Por eso Siete ensayos… es, también, un libro viviente

Si me permiten, diría además que es un libro hegeliano, es decir, dialéctico. En cada capítulo se puede ver el movimiento de un pensamiento en acto. Cada ensayo contiene tres momentos que expresan el despliegue del concepto de populismo: en un primer momento se presentan y definen de manera afirmativa los contornos de alguno de los aspectos claves de la teoría del populismo, tal como aparecen en nuestra coyuntura; en un segundo momento, se realiza una crítica negativa, poniendo en crisis los argumentos y las posiciones antes presentadas en lo que tienen de falso, precario o incompleto; finalmente, en un tercer momento, se postula una nueva idea, un nuevo concepto (más rico y más complejo, superador), que apunta siempre y en todos los casos, a un nuevo concepto de lo político.

“El populismo es la fuerza del pueblo”, se dice aquí, y esta frase pareciera recorrer como un “mantra” cada uno de los ensayos del libro.  Siete ensayos… aborda así los grandes nudos de la política contemporánea a través de una teoría populista de nuevo cuño y lo hace con preguntas punzantes y concretas: ¿Sigue siendo el populismo una categoría útil para pensar la política contemporánea? ¿Hay populismo de derecha? ¿Qué relación hay entre populismo y neoliberalismo? ¿Y entre populismo y fascismo?  ¿Puede el populismo ser una teoría para la emancipación? ¿Cómo pensar el vínculo entre populismo e instituciones? ¿Puede haber un populismo internacionalista o por el contrario el populismo debe restringirse a la cuestión nacional, al populismo en un solo país? ¿Es el populismo una teoría adecuada para la militancia? ¿Cómo pensar la relación entre populismo y feminismo? Todas estas cuestiones son abordadas de manera crítica sin dejar de pronunciar para para cada una de ellas los elementos de una nueva teoría. Resumamos las principales ideas de cada ensayo en forma de tesis:

1. El populismo no es solo un discurso, una ideología o una estrategia política (lo que permitiría hablar malamente de un populismo de derecha y uno de izquierda); no es una forma de Estado o de gobierno. Es algo que es del orden del ser y de la constitución de lo social en tanto tal. El populismo es una verdadera ontología de la política.

2. Si consideramos al populismo desde su dimensión ontológica, no hay un populismo de derecha y un populismo de izquierda. Lo que llaman populismo de derecha es simplemente fascismo. El populismo, en tanto movimiento que se levanta contra el orden dominante, es emancipador o no lo es.

3. El populismo es una alternativa de lucha (real, concreta) contra el neoliberalismo y el fascismo.

4. La contraposición entre populismo y república o instituciones es falsa. Hay una dimensión fuertemente institucional en el populismo que se vincula con la cuestión de los derechos, la organización de los movimientos populares y la descolonización de los Estados. El populismo es, necesariamente, un republicanismo plebeyo.

5. A diferencia de las formas clásicas de nacionalismo oligárquico y excluyente, el populismo contiene una idea de nación de “los de abajo”: incluyente, democrática, abierta, hospitalaria, plural; lo que le permite una articulación entre naciones. El populismo es un internacionalismo popular.

6. Si Gramsci conceptualizó el término hegemonía con la fórmula coerción + consenso (activo), el populismo podría definirse como liderazgo + organización popular. Por eso el populismo es también una forma de liderazgo y de militancia.

7. Si concebimos, por su propia naturaleza, el populismo y el feminismo como movimientos emancipadores, no puede haber antagonismo entre ellos. El feminismo tiene que ser un populismo y el populismo tiene que ser un feminismo. (En este caso no se trata solo de articular distintas luchas sino de dejarse atravesar por aquello que las constituye a ambas: el concepto político de un pueblo igualitario.)

Podría decirse entonces que todas y cada una de estas tesis son flechas al corazón de la dominación contemporánea (capitalista-colonial-patriarcal). En el centro de esta teoría del populismo hay dos categorías centrales sino de la política, al menos de toda política popular: antagonismo y articulación. Si el antagonismo es una categoría ontológica que da cuenta de la indeterminación, heterogeneidad y contingencia de lo social, la de articulación es una categoría política que permite tramitar eficazmente ese vacío. Digamos que este es el trabajo de la política como suplemento de la falta-en-ser. Hay política porque no hay una determinación última (ni siquiera en última instancia) y por eso tanto los sujetos como las sociedades que estos componen son parte de un arduo proceso de elaboración. Lo que aporta el populismo es que esa elaboración que se realiza, tanto a nivel social como subjetivo (de ahí la relevancia que tiene en el libro el psicoanálisis, con un singular afecto a la obra de Jorge Alemán), tienda a la emancipación. Lo que tenemos aquí, entonces, en los Siete ensayos…, es una ontología y una teoría de la política novedosa: una “nueva filosofía de la praxis”.

El libro contiene además un interesante prólogo de Wendy Brown en el que la teórica norteamericana presenta sus acuerdos y desacuerdos con la teoría del populismo de Siete ensayos… Más allá del interés que merece siempre la obra de Brown no acordamos aquí con su crítica. Si bien no es este el lugar para discutir la totalidad de sus argumentos quisiera señalar al menos un aspecto relevante. Y es que Siete ensayos… no evade como pareciera desprenderse de la lectura de Brown, la distinción (siempre compleja, por cierto) entre teoría y política o entre pensamiento y acción, ni olvida que la política es conflicto y lucha por el poder. No hay la pretensión de fundar ninguna “teología” ni mucho menos moralizar la política. Al contrario, lo que hay es una perspectiva materialista que concibe el carácter inerradicable del antagonismo en un lugar mucho más hondo, puesto que no se trata solo de aquello que asoma en la superficie como conflicto de intereses, sino de la naturaleza misma de lo político. En todo caso lo que las autoras ofrecen en medio del nihilismo y el relativismo contemporáneo es una teoría para comprender el mundo y un camino de lucha para transformarlo. Porque ya hace rato que sabemos que para transformar el mundo primero hay que interpretarlo. Es así que el punto de partida es un sentido mínimo de emancipación: la lucha contra toda forma de opresión y dominación y la apuesta por una sociedad y una vida más justa, libre e igualitaria. Es a esto, a lo que las autoras muy acertadamente entienden que contribuye el populismo latinoamericano. Nuestros populismos latinoamericanos.   

Por último, a nadie le puede pasar inadvertido el homenaje que desde el título del libro se hace a José Carlos Mariátegui, y al que quizá sea uno de los más grandes textos de sociología latinoamericana que es sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Este gesto es importante, y se agradece, al menos por dos motivos que refieren a una doble inscripción. Por un lado, porque de esta manera las autoras se inscriben en la larga senda de quienes han pensado América Latina desde América Latina. Desde las primeras páginas las autoras asumen el populismo latinoamericano -su teoría y su práctica- como lugar de enunciación y de lucha política para el mundo que viene. Sin embargo, a diferencia de ciertas corrientes decoloniales (hoy de moda), aquí no se trata de abandonar la posibilidad de un universal en favor de un particularismo. Al contrario, es apuesta de este libro la posibilidad de constituir un nuevo universalismo, una especie de “universalismo situado”. Creo que en un sentido similar Chantal Mouffe utilizó hace algunos años la expresión “latinoamericanizar Europa”. Se vive, se piensa, se habla, se escribe, se trabaja, se desea, se ama, se milita en (y para) América Latina: “Sum, ergo cogito”.

Por otro lado, porque también se inscriben en la larga tradición del ensayismo social latinoamericano, recuperando la palabra ensayo, tantas veces despreciada –equívocamente– por los modos dominantes (¿y coloniales?) de la academia. Cada uno de estos ensayos son pequeñas piezas, exploraciones filosóficas sobre los grandes nudos de nuestra vida colectiva. Es que en el ensayo el pensamiento piensa y hace pensar. Como escribiera ya hace varios años Horacio González, el ensayo es “una experiencia modificadora de sí”. Y nosotros acá escribimos que no se puede pensar la política sino es bajo la forma del ensayo, esto es, de una profunda interrogación sobre las posibilidades emancipatorias que se alojan en la historia de una cultura, de un pueblo, que es también de algún modo una experimentación común sobre lo que la lengua y los cuerpos de esa cultura y de ese pueblo pueden ser y hacer.

Siete ensayos sobre el populismo es un libro importante y apasionante que nos invita a revisar nuestros prejuicios y certezas acerca del mundo actual. Es un libro que nos convoca a involucrarnos en la militancia, en el pensamiento y en la práctica política. Es un libro por fin, que construye una teoría política no solo para la academia, sino fundamentalmente como instrumento de la lucha para el pueblo. Las autoras de este libro, Paula Biglieri y Luciana Cadahia, asumen con valentía política extrema, implacable lucidez, y una potente imaginación filosófica el desafío que exige nuestro tiempo: pensar la política, otra vez.

El autor del artículo es politólogo, profesor de filosofía y teoría política (UBA, UNAJ, UNPAZ). Director de la Revista Bordes. Integrante de Comuna Argentina.