“Llamar a esta colección Rara Avis es una manera de dar cobijo a esta clase de libros y de reivindicar su derecho a flotar libremente, por encima o por debajo o por entre los resquicios que dejan las categorías y etiquetas literarias y editoriales”, dice el escritor y editor Juan Forn, quien está cargo la colección lanzada por Tusquets cuyos dos primeros títulos aparecieron este mes. Se trata de Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini y de Anticonferencias, de Isidoro Blaistein. 

Verdad o leyenda, se dice que Pratolini tardó menos de un mes en escribir su libro genéricamente inclasificable, mientras las tropas aliadas entraban en Roma. Publicarlo, sin embargo, le resultó mucho más difícil y le insumió dos años. Se negaba a que fuera considerada una novela porque, en rigor, contaba su propia historia, pero por ese entonces se ve que la crónica –o lo que sea este libro- estaba subvalorada, razón por la cual a instancias de un amigo encontró una solución salomónica: aclararle al lector que era una novela basada en hechos reales. 

El rastro de Pratolini, quien participó de la elaboración del guión de Rocco y sus hermanos parece haberse perdido con el eclipse del neorrealismo cinematográfico, por lo que la publicación de esta historia de género mestizo y de lectura fascinante es una noticia excelente. 

En cuanto a las Anticonferencias de Blaisten, quizá no sólo ellas sean inclasificables, sino que él mismo lo era, razón por la cual es posible que la academia le haya negado la entrada al panteón de los consagrados y su muerte haya hecho muy poco visible la calidad de sus textos. 

Blaisten fue una rara avis en el sentido más estricto del término. Durante años atendió una librería en el barrio de Boedo que quizá fuera el pretexto perfecto para poder escribir, leer o conversar con los amigos más que para vender libros. Dijo de sus Anticonferencias publicadas originalmente en 1983: “En realidad no son conferencias, son otra cosa, yo no sirvo para escribir ensayos ni para dar conferencias, no me salen, intento pero no me salen. Por decir algo, yo digo que son anticonferencias”. Se confesaba discípulo no reconocido de tres maestros: Borges, Mastronardi y Marechal y también son por lo menos tres la características que definen su escritura: el humor, lo lírico y lo coloquial. 

“Leer –dijo alguna vez- es aceptar una convención: el lector asume el candor necesario para creer en estas ficciones, mentiras o magias que alguien urdió con palabras, y afrontará los peligros que entraña porque el fin último es la felicidad.” Es muy probable que el lector sienta precisamente felicidad, ese bien tan escaso, al sumergirse en las Anticoferencias. Acierta Forn al decir en el prólogo que leerlo es una fiesta. En ellas hay tres tipos de materiales diferentes. En primer lugar, las Anticonferencias propiamente dichas que ya desde sus títulos son capaces de dibujar una sonrisa en el rostro del lector: “Aburrimiento y literatura”, “Dinero y creación”, “Para qué sirve un poeta”, “Por qué no fui sartreano”, “El río de las congojas y las tres libertades”, “Ensayo sobre lo obvio”. 

En segundo lugar figura “Notas” donde se encuentran títulos tan graciosos como “19 consejos útiles para presentar un libro”. Por último, el lector encontrará, bajo el título “Confesiones” una gran entrevista a Blaisten que es una suerte de collage armónico de entrevistas aparecidas en diversos medios.

 Sólo la anticonferencia “Para qué sirve un poeta” bastaría para justificar la totalidad del volumen. Ante la pregunta que él mismo formula Blaisten contesta: “Según el lugar desde donde se formule la pregunta, para nada. Como dijo Oscar Wilde, todo arte es inútil. Todo poeta es inútil y para algunos familiares de poetas todo poeta es un inútil. Pero, o porque, si se formula la pregunta desde otro lugar, el poeta trastueca la familia y los familiares, vuelve útil lo inútil y cuando el viento sopla por los ojos da vuelta la red, la sedade los párpados.” 

En un apartado de su anticonferencia que se llama “Poetas sin tinta” dice: “Los poetas sin tinta son, a saber: los chicos, los locos y el pueblo. Cuidado que al escribir “pueblo” no quiero que me tachen de populista, no. Quiero decir que cuando el porteño llama a Gardel “el Mudo” está haciendo poesía; cuando el loco le dice al psiquiatra “No me cure la locura, doctor, es lo único que tengo”, está haciendo poesía; cuando el chico, como cuenta Ceselli, dice “La mar en camiseta”, está haciendo poesía.” 

Leer a Blaisten es sorprenderse con una lógica distinta a la del resto de los mortales, como sucede cuando se lee a Macedonio Fernández. Por eso, la publicación de las Anticonferencias constituye un feliz acontecimiento de efecto doble: acerca al lector un texto único y quizá lo impulse a conocer mejor a su autor, a leer sus cuentos, si es que los consigue en alguna parte, Internet mediante,  o alguna editorial tiene la buena idea de reeditarlos.