El tiempo es un artificio de la gramática, una forma arbitraria de ordenar los sucesos. La última novela de Sylvia Iparraguirre, Antes que desaparezca, demuestra hasta qué punto somos hijos de nuestro pasado, cómo este nos constituye y de qué forma sigue permeando nuestro presente aunque tengamos la idea ingenua de haberlo dejado atrás.

En los últimos y convulsionados años de la década del ’60 una chica de un pueblo que acaba de terminar el colegio secundario llega a Buenos Aires para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras. Su primer alojamiento será un pensionado de monjas donde encontrará las primeras amigas de la ciudad. De manera paralela, vivirá en Filosofía y Letras los violentos avatares políticos de la dictadura de Onganía, los ecos del Cordobazo. Esa realidad y el contacto con uno de sus compañeros la instarán a preguntarse acerca de sus convicciones políticas.

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La novela comienza en el momento mismo en que esa adolescente devenida escritora, mientras se encuentra dictando la primera de una serie de clases sobre Pushkin en un museo, detecta entre los asistentes a Clara, una entrañable amiga del pensionado. En el posterior y larguísimo encuentro de ambas en un bar, en los que se sucederán hasta culminar el curso, y en los posteriores, aquel pasado irá tomando cuerpo, densidad, hasta instalarse en el presente y dar origen a la novela. Durante su proceso de escritura, que se cuenta en la propia novela, hay comentarios de la protagonista sobre la construcción de esta y algunos diálogos con su marido escritor.

Quienes conozcan mínimamente la vida de la autora reconocerán datos de ella y de su esposo, el escritor Abelardo Castillo, solo mencionado como A. Pero no se trata en absoluto de un libro autobiográfico, sino de un texto que toma ciertos elementos de sus vidas para transformarlos en ficción.

En esta novela la construcción de lo espontáneo es tan perfecta que el lector llega a olvidar por completo que bajo el atrapante fluir del texto hay un enorme trabajo de escritura.

Antes que desaparezca habla, entre muchas otras cosas, de hasta qué punto lo que llamamos pasado es presente. ¿Cómo fue trabajar eso?

–Sí, el tiempo es algo central. Es una novela que me llevó mucho trabajo formal. El manejo del tiempo en la novela es un tema muy arduo y en esta, que no tiene un argumento convencional en el sentido de historia como, por ejemplo, La tierra del fuego, lo que mandaba el relato era esa conversación de dos mujeres que va y viene del pasado al presente. Como novelista, cada historia se me presenta de un modo distinto, solicita ser contada de una forma determinada. Siempre he tratado de descubrir cuál era esa forma. En el caso de La Tierra del Fuego, era una novela de aventuras con un centro antropológico fuerte en la que conté una historia real de indígenas americanos que tenía que tener el aire de la novela de viajes o de aventuras marítimas del siglo XIX. La orfandad, por ejemplo, es la única novela de amor que escribí. Se desarrolla en un pueblo en los años ’20/’30 y habla de  un convicto anarquista y una huérfana. Era una historia de folletín pero traída al aquí y ahora.

Allí nace el personaje de Aurora, que también está en El muchacho de los senos de goma y ahora en Antes que desaparezca.

–Exacto, lo menciono porque esta última novela cierra precisamente la trilogía. Pero volviendo a lo que me preguntabas del tiempo, en este caso, no es lineal, va y viene. Hay dos tiempos en la novela. Uno es el de la larga conversación entre esas dos amigas. Por otro lado, está el tiempo de los insertos, pequeños párrafos separados referidos a la vida doméstica de dos escritores, de los cuales uno de ellos es Lucía, que está tratando de armar con las dificultades del caso la novela que el lector está leyendo. Esos insertos duran las semanas que dura el curso sobre Pushkin en las que ella se encuentra con su amiga, más el tiempo en que se siguen encontrando después. Entonces, hay dos tiempos fundamentales. El tiempo al que vos te referís es justamente el de la ida al pasado a buscar esas escenas concitadas por la foto de que le muestra Clara y por la conversación de las dos. Por lo tanto, no se trata de ir al pasado arbitrariamente, sino por lo que se presenta en la conversación en el bar. Lo que intenté es que el pasado no estuviera en el pasado, sino en el presente, que estuviera allí, en la mesa. Lucía se pregunta qué perduró en ella de esa chica tan joven que muestra la foto. En un momento se va al baño y allí tiene un recuerdo muy lejano, de cuando tenía 12 años y fue al velorio del hermano de una compañera y eso se hace actual. Es decir, no está en el pasado remoto, es algo que le pasa aquí y ahora. Para la protagonista de Antes que desaparezca, el pasado se hace presente y el intento de que eso fluya y no sea forzado fue el gran trabajo de la novela.

–Es un desafío a la idea lineal que tenemos del tiempo.

–Exactamente. Las leyes que me impuse para la escritura son las de la memoria, que es anacrónica, no es lineal ni causal, sino que trabaja por contigüidad. Esa es la lección de los grandes escritores que trabajaron con el fluir de la conciencia. La memoria no se ordena.

–La novela también desafía  la idea de la invariabilidad del yo. Hay un relato en primera persona de Lucía, pero también hay un relato de ella en tercera persona referido a cuando era una chica en formación, es decir, a cuando casi era otra. ¿Aquello que llamamos yo es una multiplicidad de cosas?

–Es una multiplicidad de yoes. Abordo la primera y la tercera persona porque por momentos necesito ver a esa chica desde afuera, con sus 18 años, yendo a una fiesta o inscribiéndose en la facultad en la materia que dicta Borges, con el efecto que eso causa en el pensionado. Ese yo es el de la chica en su circunstancia de ese momento. Hay otro yo que es el de la narradora adulta, el de la mujer que reflexiona sobre esa chica pero desde una experiencia posterior. Hay una identidad, sin duda, que a la mujer que se sienta a la mesa con su amiga Clara le importa conocer, le importa saber qué perduró en ella de todo eso, porque uno se comporta de diferentes maneras en diferentes circunstancias, pero hay núcleos, líneas que permanecen. Eso forma parte de la identidad de uno. Usé la primera y la tercera personas en esas dos perspectivas. Pero hay una continuidad, de otro modo la novela no podría haber sido escrita.

–¿Y la continuidad son los recuerdos?

–Claro, los recuerdos que tienen mayor anclaje porque son los más unidos a las emociones fuertes, pero también los que perduran por razones misteriosas. ¿Por qué uno se acuerda de ciertas cosas y no de otras?, ¿por qué se acuerda incluso de cosas que parecen intrascendentes, de imágenes, de olores? Yo recuerdo, por ejemplo, que mi abuela tenía siempre en sus pañuelitos un perfume que para mí era ella. Mi abuela decía que era agua de alibour. Un día, de adulta, pregunté en una farmacia si eso existía y no te podés imaginar el tirón hacia el pasado que sentí cuando abrí el frasco. Lo olfativo es algo muy fuerte y, desde ya, lo desarrolla Proust hasta el exceso. Es el rescate de esos momentos anclados en la memoria, entre otras cosas, lo que intento en la novela. Eso está entretejido con otros elementos de nivel racional, como la reconstrucción de una época, de los lugares, de las personas. Por eso cito al principio a Ursula K. Le Guin, cuando dice: “La verdad nace de la imaginación”. Tengo nociones nebulosas de ciertas cosas y ahí trabaja la imaginación para rescatar las zonas grises del recuerdo. Esa es la maravilla de la escritura.

–Abordar lo político en una novela es riesgoso, porque puede pasar a ser solo un telón de fondo. En tu novela, en cambio, lo social y lo individual se imbrican. ¿Cómo lo lograste?

–No podría haber armado un telón de fondo político, porque es muy difícil escribir sobre política. Tengo una posición tomada, pero no soy ni teórica ni crítica. Además, va en contra de cualquier principio novelístico, pero en la novela lo político era esencial porque me interesaba como eje el contrapunto entre el mundo del pensionado y el mundo de la facultad de Filosofía y Letras en la segunda parte de la década del ’60, a partir de Onganía. En el ’68, pasó de todo. Además venir de un pueblo a Buenos Aires a estudiar en la universidad es un momento crucial. Es la primera vez que vas a estar sola y tu campo de acción y conocimiento de personas es la facultad, a la que uno entra un poco sorprendido, alarmado, encantado. No es solamente ir a sentarte a un teórico; es salir del teórico, sentarte con compañeros en un bar, reunirte a estudiar en los bares o en las bibliotecas y todo eso es parte de tu formación. En el ambiente en que yo cursé la facultad, la política era un eje, sobre todo porque era una facultad vigilada en la que estaba prohibida la actividad política. Estábamos en un práctico y había un policía disimulado sentado en el fondo que marcaba alumnos. En el contexto de la novela, la política es tan importante como la ciudad. Si no apareciera de ese modo, sería cartón pintado.  «

La vida y las leyes de la ficción

En la novela hay momentos en que se puede reconocer que estás hablando de vos y de Abelardo. Sin embargo, nunca nombrás el pueblo de donde proviene Lucía, que es un personaje que tiene que ver con vos. ¿Es un juego muy calculado entre la realidad y la ficción?

–Sí. Me encargué muy bien de no nombrarlo, de dar vueltas y vueltas con esa sola cosa, de poner mi pago chico, mi ciudad natal, la pequeña ciudad, el pueblo… para no decir Junín. Hay un límite que está en ese mínimo detalle. Me rehúso a poner de dónde es la chica que viene de un pueblo a Buenos Aires porque eso es privado, mío, pertenece a la vida real. Y acá está el gran tema de la novela: sí, la materia es autobiográfica, yo efectivamente vine de un pueblo, tuve un primer novio, viví con las monjas, estudié en Filosofía y Letras, me encontré con una amiga  añares después cuando estaba dictando un curso en el Malba. No estoy eludiendo el tema autobiográfico, pero esto no es una autobiografía. Abelardo aparece como A y A es ya una entidad en lo que escribo. Es un tributo a Abelardo, en las conversaciones que menciono en la novela somos nosotros, pero en el plano de la ficción.