Una revista sobre artes visuales sin imágenes, ¿dónde se ha visto tanta irreverencia? En sus diez años de publicación, la mítica revista Ramona (2000-2010) presentó una respuesta alternativa y contestataria frente a los discursos hegemónicos acerca del arte, permitió construir un mapa de las estéticas emergentes y terminó ocupando un lugar central en la escena artística. Ramona, cuyo sistema de publicación era abierto (cualquiera podía publicar), se transformó en una de las pocas revistas en la que hablar de arte no era potestad exclusiva de académicos sino, principalmente, de artistas. “La revista tenía que reflejar todo, sin exclusiones, dándole la palabra a los verdaderos protagonistas, para que no tuvieran que pasar por ninguna aduana de contención cultural», dice Syd Krochmalny, coautor junto a Gustavo Bruzzone del libro Ramona. Debates en el arte al filo del milenio (editorial Mansalva), que reúne una cuidadosa selección de textos publicados en los 101 números de la revista.

Con un estilo lúdico e irónico, conformó una suerte de comunidad que logró empoderar a artistas que estaban dispersos. “¿Tenés frío?, vení a Ramona”, fue una de las tantas consignas con las que se buscó construir un refugio frente a la crisis, a inicios de los años dos mil. «Ramona articulaba una comunidad que estaba en existía en estado disperso. Se constituyó en un medio de visibilidad de la escena del arte, de sus espacios fragmentados, en la constitución de una esfera continua para la realización de un presente, de una cultura emergente. Podría considerarse también como un experimento sociológico que apuntaba a configurar un espacio de intervención para los artistas», señala Krochmalny en el prólogo.

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Por sus páginas pasaron grandes figuras como César Aira, Gonzalo Aguilar, Raúl Antelo, José Emilio Burucúa, Luis Camnitzer, Andrea Guinta, Beatriz Sarlo y Ricardo Piglia, entre muchos otros. A propósito de la revista, este último escribió en el número 23: “quiero plantear algunas hipótesis sobre las formas del complot, sobre las intrigas y los grupos que se constituyen para planificar acciones paralelas y mundos alternativos. La propia experiencia de Start (NdR: Fundación Sociedad, Tecnología y Arte, entidad sin fines de lucro que permitió la publicación de Ramona) estaría integrada dentro de lo que podríamos llamar irónicamente la trama de un complot”.

Conspiradores del orden, la presentación del libro Ramona. Debates en el arte al filo del milenio (Editorial Mansalva) no fue ajena a ese entusiasmo transgresor que tanto la caracterizó. Con Roberto Jacoby como anfitrión y un panel conformado por más de 20 artistas y académicos, se trató de una celebración repleta de humorística complicidad, anécdotas y testimonios. Hasta hubo lugar para una sorpresa audiovisual: el registro de ese diálogo fundacional en el que Rafael Cippolini, Jorge Gumier Maier y Gustavo Bruzzone se encuentran en un café para planificar, o más bien, imaginar Ramona. Anticipándose a lo que después iba a ser esa compulsión maniática por registrar absolutamente todo, Bruzzone filmó las «vacilaciones iniciales»: las dudas acerca del financiamiento, el debate sobre los temas que iba a abordar o los autores que iban a escribir. Más de veinte años después de ese diálogo inicial, con la audacia de los valientes, Roberto Jacoby sentencia: “hay que hacer absolutamente todo lo que a uno se le ocurra”.

Alejandro Ros, uno de los invitados de la presentación, fue el diseñador del primer número y de las tapas de las últimas 20 ediciones. Al comienzo, recordó: «cuando Roberto (Jacoby) me llamó para diseñar Ramona y me dijo ‘es una revista de artes visuales sin imágenes’, dije ‘¡es para mí!’. Estoy muy feliz de haber hecho este viaje». Por su parte, Tomás Espina destacó que la revista, para los estudiantes de la Pueyrredón representó «la primera vez que pudimos participar de una publicación que hablaba sobre arte contemporáneo argentino. Para mí eso fue comprender que existía un mundo fuera de la escuela en el que se podía discutir y dialogar con maestros». Daniel Santoro, otro de los tantos invitados de la presentación, recordó una “noticia del pasado”, una anécdota como estudiante de la Escuela de Artes Manuel Belgrano: un profesor, que andaba por los caballetes sin decir nada, pero cuando decía algo era significativo, solía hacer comentarios, en principio, desconcertantes acerca de las obras artísticas que realizaban los estudiantes. Buscaba extrañar, por medio del lenguaje, aquello que estaban pintando, y esto le permitió a Santoro ver después, en Ramona, cierta manera de “poner palabras muy cerquita de un lugar prediscursivo del lenguaje”, en el que aquello que Lacan supo denominar como la pulsión escópica lograría quedar a salvo.

El libro puede adquirirse en el Malba o a través de la Editorial Mansalva, y la presentación se encuentra disponible en el canal de Youtube del Malba.