La nieve más recordada de Buenos Aires es la que nunca existió. Ni la de 1918, de la que sólo quedan unas pocas fotos, ni la de 2007, registrada en videos caseros subidos a Youtube, fueron tan decisivas como esa otra que comenzó a caer una madrugada en 1957, mientras cuatro amigos de clase media jugaban al truco en el altillo acogedor de un chalet en Béccar. 

Esa nieve tan leve, de tinta y papel, marcó un punto de inflexión en la historieta argentina. Porque bajo sus copos, bellos y letales, emergió un héroe impensado: el Eternauta, fabricante de transformadores, que enfrentó la adversidad metido en un traje aislante de tela engomada. Por primera vez, el escenario de una historieta no era ni el lejano oeste estadounidense ni las atávicas tierras marcianas. Los invasores del espacio exterior llegaban a la Argentina gobernada por Arturo Frondizi e instalaban su primera línea de defensa a lo largo de la Avenida General Paz. 

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Por esa época, el guionista Héctor Oesterheld acababa de abrir su propia editorial, Frontera, y se sintió con la libertad de instalar la aventura en Buenos Aires, como ya lo había probado en algunos episodios del popular piloto de pruebas Bull Rockett, que publicaba en Misterix. Para eso, convocó al mismo dibujante de aquella saga, Francisco Solano López, convencido de que la historia que quería contar necesitaba un trazo realista. 

Con el tiempo, El Eternauta se transformaría en un manifiesto alégorico y profético a la vez de la tragedia argentina (la nevada como metáfora de la dictadura) que sobrevendría en los ’70, llevándose puesto a Oesterheld, secuestrado en 1977 y desde entonces desaparecido, al igual que sus cuatro hijas y su yerno. Pero por entonces, la tragedia y la nieve eran verdaderas sólo en el papel de un par de trabajadores del cómic, que atravesaban su mejor momento creativo y mantuvieronen en vilo a sus fieles lectores a razón de tres páginas por semana, durante dos años. 

A partir de hoy, Tiempo Argentino publica en su contratapa la primera parte de El Eternauta. Para recordar esos días, este diario dialogó con Solano López.

 –¿Cómo se conocieron con Oesterheld? 

–Él era el guionista estrella de la editorial Abril a comienzos de los’50. Era geólogo, escribía cuentos infantiles para la colección Bolsillitos y asesoraba a la revista Más allá. Por sugerencia suya empezaron a publicarse ahí las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, por ejemplo. 

–También era un momento en que los cómics se vendían mucho

–Sí. Aunque ya existía la televisión, todavía no era un producto masivo. Al principio, nos pedían que copiásemos a dibujantes de otros lugares. Yo empecé copiando a un italiano, Paul Campani, para historietas que escribía Oesterheld. Y ahí él me echó el ojo para comenzar a ilustrar El Eternauta. Las historietas estaban atravesando tan buen momento que él decidió irse de Abril y abrir su propia editorial, Frontera, en 1957, una experiencia que terminó malográndose porque Oesterheld no sabía de negocios, y un grupo de imprenteros inescrupulosos se terminó comiendo todo. En fin, tuvimos una sola entrevista y nos pusimos a trabajar. Él se pasaba el día en esa casa de Béccar que aparece al comienzo de El Eternauta, una verdadera fábrica creativa. Escribía sus guiones a mano. Sus historias eran excelentes pero su caligrafía era desprolija, bastante difícil de entender.

 –¿Cómo armaron el “cásting” de los personajes principales? 

–Los dibujaba de acuerdo a lo que pensaba que debían ser. Pero él daba directivas muy claras. Favalli, por ejemplo, estaba inspirado en un compañero suyo en la época en que trabajaba como asesor técnico en el Banco de Desarrollo. Yo no lo supe hasta muchos años después, cuando un compañero de esa época de Oesterheld me dijo: “Yo conozco al verdadero Favalli”. Oesterheld apreciaba poner la moderación fuera del héroe principal, o sea en Favalli y no en Salvo. 

–Salvo es un héroe bastante particular. 

–Es un pobre tipo (risas). Es un ser humano falible, un hombre de clase media al estilo argentino de esa época. 

–¿Cómo dotaron de verosimilitud a la nevada, o a la irrupción en la cancha de River o en la plaza del Congreso de esos extraterrestres inolvidables como los Cascarudos o los Gurbos? Inclusive los complejos Mano, que tras una fachada de malísimos revelan esa fragilidad casi tierna cuando mueren cantando canciones de cuna. 

–La historia iba surgiendo sobre la marcha porque no tenía un final escrito. Esa misma naturalidad hizo que, dentro del universo Eternauta, pudiera nevar o aparecieran marcianos que antes de morir reflexionaban sobre la maravilla humana mirando una cafetera. Además, estas historietas estaban pensadas para un público infantil, lectorcitos de diez a doce años. 

–Juan Sasturain escribió: “Si con el primer Eternauta (Oesterheld) contaba vivo y ‘desde afuera’ la historia de una derrota de otros; con el segundo, veinte terribles años después, imaginaba una victoria propia, nuestra, mientras pisaba los umbrales de la muerte: su muerte.” ¿Cómo recuerda esos días de 1976? 

–Como muy tristes e inciertos. Héctor aparecía tarde en la editorial Récord, donde dejaba los guiones y se quedaba a dormir. Los empleados no lo veían, pero sabían que él había estado allí, porque por la mañana aparecían sus huellas de barro sobre la alfombra. Es que, según creo, estuvo escondido en las islas del Tigre. Por esa época, mi hijo Gabriel también militaba en Montoneros. En el ’77, nos exiliamos en Madrid. Allí dibujé la última parte de El Eternauta, tironeado por situaciones contradictorias. Estaba en desacuerdo con lo que estaba haciendo Oesterheld, que se había vuelto un personaje extraño, a quien le decían “El Viejo” porque tenía unos 60 años, ya canoso y con pelo largo, y con lo que estaban haciendo mi hijo y otros muchachos. Pero, bueno, yo estaba metido en el asunto. No podía correrme y no iba a actuar a favor de la dictadura. 

–¿Tenían alguna noción de que El Eternauta iba a convertirse en un personaje tan definitivo? 

–Cuando trabajábamos con Oesterheld, no sabíamos lo que vendría después, ni lo bueno ni lo trágico. Sasturain dice que El Eternauta es una suerte de Martín Fierro del siglo XX, un clásico. A esta altura no desmerezco esa idea ni me da vanidad.