Sergio Daniel Jara tenía once años cuando empezó a concurrir al club de rugby Los Pinos, en el barrio Los Tilos, partido bonaerense de Pilar. Pero miraba desde afuera. El tiempo pasó y un día logró saltar el alambrado: agarró la pelota con la mano y empezó a correr con el número 5 pegado en la espalda. Cuando se integró, el equipo (que tiene dos categorías: intermedia y pre-intermedia) estaba formado por los muchachos que viven en Capital y los countries de la zona. Pero en la última década las cosas cambiaron. Hoy Jara tiene 24 años. Y junto a sus compañeros construyó una legitimidad hasta lograr establecer una jerarquía horizontal en ese espacio, que de ser exclusivo pasó a ser inclusivo. 

La regla que todos respetan es que “el que no entrena, no juega”. Ahora el equipo de Pilar está formado por los pibes de los barrios populares. Se apropiaron de la cancha y el escudo. “Cuando en 2003 llegué con mis compañeros a Los Pinos, para todos éramos los negros. Se reían de nosotros. Había una tensión constante, hasta podría decir que nos tenían bronca. Nos lo demostraron todo el tiempo. Fue una situación pésima. Nos querían hacer sentir inferiores y ganarnos por cansancio. Pero nosotros ya nos habíamos agrupado y estábamos firmes. Resistimos a todas las presiones y adversidades que se nos cruzaron en el camino, hasta que logramos plena participación deportiva y política. 

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Del primer equipo que formamos, hoy solo quedamos Cristian Luna, el capitán Tomás Avaca, y yo. El resto se alejó por la forma en que nos trataban, a menudo un tanto hostil. Hay otros casos aislados, en los cuales se apartaron por cuestiones familiares o laborales. Luego se incorporaron los demás compañeros de los barrios con quienes estamos en pie. Porque un jugador de rugby es un guerrero”, cuenta Jara. Pero esos tiempos conflictivos quedaron atrás. Los pibes triunfaron en forma paulatina. Hoy el colectivo comparte un deseo en común: poder jugar en Primera División. Y están dispuestos a dejar todo en la cancha para lograrlo.

 Los jugadores son de los barrios Los Tilos, Pinazo y Los Cachorros. Entre ellos existe el respeto hacia el compañero y la igualdad de palabra. “El club es accesible con la cuota, algunos no pueden pagar por la crisis económica que vivimos. Pero como estamos todos unidos ayudamos al compañero a pagar. Por ejemplo, hay muchos trabajos para hacer en el predio y se puede saldar de esa forma. Cambió mucho en los últimos años. Me siento orgulloso de ser parte de este grupo tan lindo, porque hay buenas personas. Somos sesenta que luchamos todos los días para lograr jugar en Primera. Cada vez que entramos a la cancha somos 14 hermanos que enfrentamos una batalla”, explica Jara a Tiempo. 

El jugador de Los Pinos cuenta que es la primera vez que forma parte de una experiencia tan linda como esta, en la cual comparte alegrías con sus compañeros. Anhelan que el club vaya construyendo institucionalidad para que perpetúe su existencia en el tiempo. Jara vive en un barrio obrero y se gana la vida haciendo changas. Junto a sus compañeros es protagonista de un cambio en la posición del rugby dentro del mercado deportivo. Se popularizó. Tomaron la posta y dijeron: “Nosotros también jugamos.” 

Se hicieron compañeros y amigos; comparten la misma camiseta, cancha, y el objetivo en común. Rompieron con una expropiación y privatización por la destreza de practicar el rugby. Lo que está en juego son valores culturales, que compiten en términos generales. El club fue fundado el 13 de febrero de 1953 y, para garantizar cierto estatus, le pertenecía a una élite. Hasta 2003, cuando estos jóvenes produjeron una ruptura en esta estructura simbólica. Esto muestra el poder del deporte como herramienta de superación personal para los pibes de las barriadas. Es un ambiente sano que, de algún modo, los educa y los hace libres. 

Los ayuda a desenvolverse mejor en el mundo caótico que viven. “Agradezco mucho a mis entrenadores por enseñarme los principios del rugby. Es decir, el respeto, la solidaridad, humildad, y la lucha. Gracias a ellos aprendí a ser mejor compañero. Sería justo que todos tuvieran la posibilidad de integrarse y participar de esta actividad deportiva tan linda. En lo personal; transformó mi vida”, dice el número 5 emocionado. Según su opinión, los cambios que hubo en los últimos años en la comisión directiva fueron positivos para el asenso popular en el deporte. Aunque la situación económica de algunos socios no es buena, porque no hay trabajo y se complican las cosas. Respecto a las actividades del club, necesitan recursos. 

Pero no se rinden y siguen creciendo a pasos de hormiga: con el esfuerzo y la perseverancia grupal. Les está costando pagar la luz, y demás impuestos. “Mantener en condiciones el club no sería un problema, porque lo podemos hacer nosotros. Pero hay cosas que nos sobrepasan y no podemos suplirlas. Queremos demostrar que Los Pinos también es capaz de luchar hasta obtener el Top 14. Es un proceso difícil pero no imposible. El lugar es chico pero también necesita de la ayuda de todos para poder crecer e incorporar a más personas que les guste este deporte”, concluye Jara. Según la leyenda, el rugby nació en 1823, cuando William Webb Ellis, un estudiante del colegio de la ciudad inglesa de Rugby, con fina desobediencia de las reglas del fútbol, tomó la pelota con las manos y la llevó hasta la meta contraria, marcando un gol durante un partido de fútbol de carnaval. Así, según el mito construido alrededor de Ellis, comenzó a jugarse al rugby. Pasó el tiempo, pero la historia parece repetirse, ahora con Jara y sus amigos en el club Los Pinos.