Camioneros Rugby Club, el equipo del sindicato, elevó el pedido para que sea aceptado por la Unión Argentina de Rugby (UAR). “No nos dejan participar -dice Pablo Moyano, secretario general de Camioneros y presidente del club-, y tenemos toda la estructura”. Marcelo Rodríguez, presidente de la UAR, recibió a organismos de Derechos Humanos en la sede de San Isidro, capital del rugby en Argentina. De los 240 deportistas desaparecidos en la dictadura, 151 son rugbiers. Pasó un año. A pesar de la promesa, nunca llegó una respuesta al reclamo de reconocimiento. La aristocracia local, anglófila, cedió el fútbol a comienzos del siglo XX a las clases emergentes. Pero se atrincheró en el rugby. “Cuando hablamos de los valores del rugby hablamos de la moral victoriana -explica el investigador Carlos Aira, autor de Héroes de tiento-. El debate real es por qué no tenemos rugby profesional en Argentina. Y ahí comienza la cuestión de los valores, que con el dinero se perdería todo ese espíritu. Pero la realidad es que quieren que al rugby lo practiquen pocos. La UAR pone un dique de contención para que no puedan competir aquellos que no pertenecen a su clase social”.

Más de cien años después, Pablo Matera, capitán de Los Pumas, Guido Petti y Santiago Socino expresaron en viejos pero reales tuits, ya de mayores de edad, el clasismo del rugby. Discriminación, racismo y xenofobia contra negros, mucamas, judíos, paraguayos y bolivianos. La UAR primero suspendió a los jugadores. Y, a los días, levantó la sanción. El marco general, sin embargo, englobó poca autocrítica y mucha justificación. Tirar la basura debajo de la alfombra. “Ustedes los rugbiers -le dijo una vez Diego Maradona a Hugo Porta, emblema Puma que lloró su muerte- van a un lugar, rompen todo y está bárbaro. Nosotros tiramos un vaso y es como si hubiéramos matado a uno”. El rescate de los tuits, posterior al “homenaje” a Maradona con una cinta aisladora negra de Los Pumas ante la ofrenda ancestral de la camiseta de los All Blacks, la selección que visitó el museo de la ex ESMA, rescató una vieja frase repetida en el ambiente elitista: “El fútbol es un deporte de caballeros jugado por brutos, y el rugby es un deporte de brutos jugado por caballeros”.

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Los tuits de Matera y los jugadores de la selección eran de jóvenes que no pasaban los 20 años, al igual que los ocho rugbiers del Club Náutico Arsenal Zárate que mataron a golpes y patadas a Fernando Báez Sosa este verano en Villa Gesell. Eran adolescentes con discursos de odio. La UAR habló de “fallecimiento”. “A mi hijo lo golpearon por racismo. Tal vez se sentían superiores porque eran rubios y Fernando tenía la piel morena”, dijo Silvino Báez, padre de Fernando. “Linda mañana para salir en el coche a pisar negros”, escribió en Twitter Matera durante 2012, año en el que debutó en Los Pumitas. No es Matera. Las responsabilidades tienen en el vértice a la dirigencia. Si el rugby se autodestruyó en 48 horas, con el “no” homenaje a Maradona y los tuits, si los jugadores pasaron de “héroes” que le ganaron por primera vez en la historia a los All Blacks a “villanos” de la sociedad argentina, es porque el rugby expuso en 2020 su peor cara. La UAR, después del asesinato a Báez Sosa, puso en marcha el plan “Rubgy 2030, hacia una nueva cultura”. Suena a poco. Hay urgencias. Los autoproclamados “valores” y la autopercibida “superioridad moral” también se agotaron en 2020. Al margen de los jugadores, la cultura rugby ya entró en revisión. Nunca es culpa del deporte. Sí de años de normalizaciones dirigenciales.

El 95% de las personas que practican rugby en Argentina, según un estudio del Instituto de Investigación sobre Jóvenes, Violencia y Adicciones, son varones y, en su mayoría, de clase media alta. Y las mujeres que lo juegan lo hacen en disonancia con los “liderazgos” y “códigos”. Aun con excepciones aisladas, el rugby se prohíbe “mezclarse”, lo que empobrece su estructura y, sobre todo, trae problemas de fondo. “La dirigencia de la UAR es la máxima responsable de lo que pasó -escribió Jorge Búsico, periodista especializado en rugby-. Hizo lo de siempre: cortarle la cabeza a los jugadores. Los dejaron solos para que se los coman de todos lados. No era la manera, y esto no exime para nada a quienes escribieron esos tweets, pero por ahí no se empieza el trabajo que hay que hacer. Si esta sola es la medida, sin alcanzar a dirigentes y staff, todo seguirá igual. O cada vez peor, como está pasando minuto a minuto”.

El rugby suele a veces ser estereotipado y ridiculizado. Son los “chetos”. Los Dicky Del Solar. No es el camino. Facundo Sassone es hijo de padre rugbier, fue jugador, entrenador y ahora es dirigente de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó, un club periférico de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA). Sociólogo, integra la Comisión de Formación Integral y Mejora del Comportamiento (FIMCO) de la URBA. Creada tras el asesinato a Báez Sosa, pasaron este año por la comisión más de 4000 miembros de los 91 clubes de la URBA y de los 565 de la UAR. “El rugby -dice Sassone- tiene un sesgo clasista, no de ahora, sino desde los primeros tiempos. Hay un desprecio muy arraigado. Y nos creemos superiores sólo por jugar al rugby. Hay formadores buenísimos y formadores que reproducen lógicas sexistas y discriminatorias. A veces se dice: ‘Es la sociedad’. ¿Pero qué hacemos nosotros, porque el rugby es parte de la sociedad? Los hechos no son aislados, y si los pensamos así, cometemos el peor error. Hay mucha hipocresía. Hay que hablar menos de los valores y actuar con acciones positivas. Hay resistencia, pero es parte del proceso”.